wisława szymborska

 

 

prosas reunidas

 

 

traducción Manel Bellmunt Serrano
Malpaso Ediciones, S. L. U.
Barcelona
1ª edición: enero de 2017

 

 

 

la vida psíquica de las mascotas

 

 

 

 

En este libro de enfermedades caninas encontramos artículos

sobre casi todas las afecciones humanas, desde la anemia hasta

la ictericia.

Los perros sufren y mueren de lo mismo que las personas. Incluso

en esto se esfuerzan por acompañarnos.

Naturalmente, sufren de un modo mucho más discreto: no nos

hablan de su malestar, no mueren como consecuencia de una

hipocondría insoportable, ni tampoco acortan sus vidas fumando

cigarrillos o bebiendo vodka.

Esto no significa que su salud sea estadísticamente mejor que la

humana, ya que, además de las enfermedades que comparten con

nosotros, hay otras que las sufren únicamente ellos.

El libro, no sin motivo, tiene más de cuatrocientas páginas y da

la impresión de tratarse de una obra exhaustiva. Sin embargo, no

lo es.

El autor pasa por alto las enfermedades más comunes entre los

perros, es decir, todos los tipos de neurosis y psicosis. La medicina

veterinaria antigua ni se molestaba en estudiarlas, pero, hoy en día,

la vida psíquica de los animales domésticos se ha convertido en un

campo de investigación muy interesante.

Lástima que no podamos leer nada sobre ello en esta obra.

Probablemente nos enteraríamos de que a nuestras mascotas no les

resulta nada fácil vivir con nosotros.

Durante toda su vida tratan de comprendernos, de adaptarse a

unas normas de comportamiento que les son impuestas, de captar

a través de nuestras palabras y gestos un sentido que les concierne.

Esto supone un esfuerzo inmenso, una tensión constante.

Cada vez que salimos de casa, el perro se desespera, pues cree

que nos marchamos para siempre.

Cada vez que volvemos es para el perro una alegría que linda

con la conmoción: como si un milagro nos hubiese salvado.

Estas bienvenidas y despedidas nos conmueven, pero deberían

asustarnos también.

Cuando nos marchamos durante algunas semanas, no podemos

de ningún modo comunicar a nuestro

perro qué día volveremos, como tampoco podemos consolarlo

con una postal del viaje o una llamada telefónica.

El perro está condenado a una exasperante y eterna espera.

Y no todo se acaba aquí: hay un centenar de situaciones diferentes

en las que el perro pierde ese equilibrio que sirve de constante

balanza entre las exigencias de su propia naturaleza y un mundo

humano que le es extraño.

Al final, tarde o temprano, comienza a corretear detrás de su

propia cola, circunstancia que, al contrario de lo que nos han dicho,

no es un juego divertido, sino una señal de que nuestro pupilo

está perdiendo contacto con la realidad.

En los humanos, dado que no tenemos cola, esa etapa de la

enfermedad pasa inadvertida.

 

 

 

 

 

 

Cuando el perro enferma

Peter Teichmann

traducción del alemán de WJadysJaw Kermen

Varsovia

Pañstwowe Wydawnictwo Rolnicze i Lesne

1974

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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