wisława szymborska

 

prosas reunidas

 

traducción Manel Bellmunt Serrano

Malpaso Ediciones, S. L. U.

Barcelona

1ª edición: enero de 2017

   

 

 

 

los manitas

 

 

 

 

No me gusta la palabra «manitas», pero sí, y mucho, el tipo de gente a la que designa.

Su habilidad para todo tipo de trabajos manuales me hace pensar en las comunidades primitivas, en las que todo el mundo hacía de todo.

Según parece, estas reliquias vivas anteriores a la época de la división del trabajo se han adaptado perfectamente al tiempo de la crisis de los servicios a la población. Además del invencible instinto de batallar contra la materia, estas gentes han conservado aún otro rasgo característico del hombre primitivo que continúa, aún hoy, siendo terriblemente útil para nosotros: la predilección por recolectar.

Pues bien merece la pena agacharse a recoger cualquier pedazo de aluminio o cualquier tornillo que se encuentre por la calle, porque aunque no sirva de nada hoy, probablemente lo hará dentro de diez años.

Mientras que otros entran en las ferreterías acuciados por la más urgente necesidad, ellos penetran en esos lugares para tomar aliento.

Lo revuelven todo con sus cinceles durante una hora y gruñen.

El manitas debe nacer; no es posible convertirse en uno de ellos, así, de repente, cuando ya se tiene una edad.

Como en el ballet, hace falta un cierto entrenamiento desde pequeño, porque, de otra manera, no se llega a ser un auténtico maestro. El manitas ha gozado de una adolescencia exuberante y sabe perfectamente qué significa balancearse al filo de la muerte entre fluidos corrosivos, cristales rotos, cortocircuitos y detonaciones experimentales.

Sus padres suelen visitar la escuela más de lo debido, donde se enteran de que su hijo ha instalado un eficiente aparatejo que emite unos golpecitos bajo la silla del profesor.

La madurez del manitas estriba principalmente en que el contenido de sus bolsillos se traslade a sus cajones. Cuando el manitas se muda a una casa nueva con el suelo abombado y toda una retahíla de deficiencias semejantes, ya cuenta con una experiencia de muchos años.

Podría decirse incluso que es la persona adecuada para ese lugar en concreto.

El peán [canto de fiesta, de victoria o de guerra de la antigua Grecia] que aquí recito en su honor guarda solamente una ligera relación con el libro Reparando y transformando mi casa.

El manitas, por la gracia de Dios, nunca compra libros como este, ya que no los necesita para nada.

Este genio siempre ha visto antes en alguna parte cómo se deben colocar las cerraduras de seguridad, ya que ver, aunque solo sea durante una fracción de segundo, es más importante para él que estudiar durante noches enteras tomos y tomos de teoría sobre cómo colocarlas.

El libro está destinado más bien a ingenuos desmañados.

Infunde en sus corazones la engañosa esperanza de que el primer gancho que se clave en la pared siguiendo sus instrucciones será un gancho bien clavado. La gracia de reparar acaba con la llamada a un especialista, quien, melancólicamente, tardará un par de semanas en dignarse a visitarnos.

Y he aquí la única utilidad del libro leído: el poder charlar durante un rato con ese especialista con nuestro saber delicadamente fingido, tal y como lo haría antaño el mismo Tuwim con su cerrajero [Julian Tuwim, poeta polaco, también desempeñó otros trabajos más allá de la poesía, como en la literatura infantil y en la música].

¿Acaso merecería la pena vivir si no pudiésemos conversar?

 

 

 

 

 

Reparando y transformando mi casa

Hanna y Wojciech Mieszkowski

Varsovia

Watra

1971

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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