wisława szymborska

 

 

prosas reunidas

 

traducción Manel Bellmunt Serrano

Malpaso Ediciones, S. L. U.

Barcelona

 

 

 

 

 

jaula de cristal

 

 

 

«El emperador lleva una vida excelente…»

Que Dios nos guarde de tanta excelencia.

«Justo al amanecer le sirven el café en la cama…»

Es decir, que el sirviente del turno de mañana entra en el dormitorio para relevar a su compañero del turno de noche. Al emperador no se le puede quitar el ojo de encima ni por un segundo, y no puede estar desatendido o desguarnecido.

El ritual que se seguía en la corte napoleónica no era ni la mitad de riguroso que, por ejemplo, el de los Habsburgo, para el que resultaba inconcebible que el emperador se lavase, se peinase o se abrochase los pantalones él mismo.

El emperador ni siquiera se levantaba de la cama por su propio pie; lo levantaban.

Más tarde, sin apenas dilación, caía de las manos de los ayudantes de cámara para acabar en los brazos de los secretarios y ayudantes de campo.

Tras lograr llegar a ese lugar al que incluso los monarcas deben ir a pie, desfilaba ante los testigos de dicho acontecimiento, que se erguían firmes y prevenidos o se postraban en señal de reverencia.

Cuando regresaba a su gabinete con el propósito de poder trabajar un poco con cierta tranquilidad, oía el jadeo del fiel Constant al otro lado de la puerta.

Debió de gozar de una extraordinaria concentración, pues nada de ello le importunaba. Sus numerosos y un tanto sórdidos amoríos eran discretamente organizados por un tercero.

Nunca podía quedarse completamente solo, desaparecer de la vista o dejar de ser el centro de atención universal, aunque solo fuera durante unos días; siempre había alguien con el oído puesto tras la puerta, alguien a quien ni siquiera merecía la pena gritarle «vete al infierno», ya que, con ello, únicamente retrocedería un par de pasos.

Una vida así se me antoja horrible.

Quien opine que, pese a todo, ser Napoleón resultaba muy agradable, posee unas evidentes inclinaciones exhibicionistas.

El divorcio entre Napoleón y Josefina, junto con todas las circunstancias que lo precedieron, tuvo lugar (no es necesario ni siquiera decirlo) ante los ojos de toda la corte.

Josefina se desmayó en público, mientras que su ambicioso esposo palideció, también en público, inquieto e irritado.

Evidentemente, no podía haber ningún fotógrafo presente, pero bastó con Constant, quien más tarde se convertiría en el autor de estas memorias.

Napoleón no es una de mis figuras históricas favoritas; no obstante, tras leer este libro, he sentido por él algo parecido a la compasión: ese tipo de piedad que se experimenta hacia el tigre que se encuentra encerrado en una jaula.

Pero dudo mucho que sea esta una buena comparación. El tigre es arrojado a la jaula por la fuerza; en cambio, Napoleón entró muy gustosamente en ella.

Supongo que sufrió mucho en su herido orgullo el que lo encerraran en la isla de Santa Helena, pero dudo que llevase mal el modo de vida que le impusieron.

Continuaba siendo el protagonista principal en su nuevo ambiente, continuaba bajo la atenta mirada… ¿del lacayo?, ¿del guarda?

¿Qué diferencia hay después de todo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Memorias del ayudante de cámara del emperador Napoleón

Louis Wairy Constant

traducción del francés de Tadeusz Ewert

introducción y notas de Jerzy Skowronek

Varsovia

Czytelnik

1972

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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