wislawa szymborska

 

prosas reunidas

 

MALPASO

 

 

 

 

la importancia de asustarse

 

 

 

 

A cierto escritor dotado de una vívida imaginación se le pidió que escribiera alguna cosa para los niños.

«Excelente —dijo con alegría—, justamente tengo algo pensado sobre una bruja.»

Las señoras de la editorial agitaron los brazos: «¡ Nada de brujas, no hay que asustar a los niños!».

«¿ Y qué se supone que hacen los juguetes que se venden en las tiendas o esos ositos bizcos de felpa violeta?», preguntó el escritor.

 

Por lo que a mí respecta, veo la cosa de diferente manera.

A los niños les encanta asustarse con los cuentos. Sienten la necesidad natural de vivir grandes emociones.

Andersen atemorizaba a los niños, pero estoy segura de que ninguno de ellos le guardaba rencor, incluso después de haber dejado de serlo.

Sus hermosísimos cuentos de hadas están repletos de criaturas indudablemente sobrenaturales, sin contar a los animales que hablan y a las elocuentes herradas.

No todos los miembros de esta hermandad eran amables e inofensivos.

La figura que con más frecuencia aparece es la muerte, un personaje implacable que penetra en el corazón mismo de la felicidad y arrebata lo mejor, lo más amado.

Andersen trataba a los niños con seriedad.

No solamente les hablaba de la gozosa aventura que es la vida, sino también de sus infortunios, las penas, y sus no siempre merecidas calamidades.

 

Sus cuentos de hadas, poblados por criaturas de la imaginación, son mucho más realistas que todas esas toneladas de páginas que forman la literatura actual para niños, la cual se preocupa por la verosimilitud y evita lo fantástico como si del demonio se tratara.

Andersen tuvo la valentía de escribir cuentos de hadas con un final triste.

Consideraba que no se debía intentar ser bueno porque valiera la pena (tal y como obstinadamente propagan los cuentos actuales con su moraleja, aunque, en este mundo, no siempre ocurra así), sino porque la furia procede de una limitación emocional e intelectual y es la única forma de pobreza por la cual se debe sentir aversión.

¡Y es tan graciosa…! Andersen no hubiese sido tan gran escritor de no ser por su sentido del humor, que hace gala de una rica gama de matices, desde la sonrisa bondadosa hasta la mofa.

Y, de la misma manera, creo que tampoco se hubiese convertido en tan gran moralista siendo él mismo la bondad personificada.

Pues no lo era.

Tenía sus caprichos y debilidades, y era un individuo difícil de soportar a diario.

Dicen que Dickens bendijo el día en que Andersen fue a visitarle y se hospedó en un cuartito repleto de flores de bienvenida.

Lo mismo hizo al día siguiente cuando su invitado se marchó y desapareció en la niebla de Copenhague.

Todo parecía indicar que aquellos dos escritores que tantos rasgos en común compartían se mirarían a los ojos hasta el final de sus días.

Pero no pudo ser.

 

 

 

 

 

 

Cuentos de hadas, Hans Christian Andersen, traducción de Stefania Beylin y Jarosław Iwaszkiewicz,

Varsovia, Państwowy Instytut Wydawniczy, 5. ª edición (¡ vaya!) 1969

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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