wisława szymborska

 

prosas reunidas

 

 

traducción Manel Bellmunt Serrano

revisión de la traducción de

Lecturas no obligatorias:

Karolina Todorowa

 

Malpaso Ediciones, S. L. U.

Barcelona

1ª edición: enero de 2017

 

 

 

     

ver la luz

 

 

 

 

Expresar con palabras las obras de Vermeer es un esfuerzo en vano.

En su caso, un cuarteto musical con dos violines, un fagote y un arpa sería un medio de expresión mucho más apropiado.

Sin embargo, los historiadores del arte están obligados a hacer el esfuerzo verbal, ya que esa es su vocación y su profesión.

Kuno Mittelstädt halló una salida relativamente sencilla: representar la pintura de Vermeer sobre el trasfondo de su época, y al mismo maestro como a su portavoz. Desgraciadamente, no hay creador que pueda expresar completamente su época y, a este respecto, Vermeer resulta ser un bardo de un pedazo de realidad muy limitado e íntimo.

 

¿Pero acaso esto mengua la grandeza de su obra?

Por supuesto que no, ya que la grandeza con frecuencia reside en otros aspectos.

Sin embargo, Mittelstädt no lo quiere comprender y busca en las obras del maestro holandés elementos de crítica social, así como indicios de rebelión contra la floreciente burguesía. Y si no puede encontrarlos, trata de ver en algunas obras lo que no hay.

Así, por ejemplo, en el célebre cuadro Alegoría de la pintura percibe un irónico contraste entre la cocina del artista y la modelo ataviada como una musa.

La artificial pose de la modelo es aquí un «mecanismo de desenmascaramiento» de los gustos de una burguesía encaprichada con la idealización de la vida y las alegorías. La interpretación nos parecerá sensata siempre y cuando no miremos al cuadro.

La modelo a la que se atribuye el rol de desenmascaradora es una muchacha que modestamente dirige al suelo su tierna mirada y que está envuelta por un azul arrebatador; naturalmente, ha sido colocada en una pose determinada, pero para que esta sea lo menos ostentosa y forzada posible.

Si hay en ella ironía, esta no deriva del contraste compositivo, sino que inunda la totalidad de la obra y está presente en el brillo de la trompeta, en los pliegues de la cortina y en la luz que, desde la ventana, desciende sobre el embaldosado blanquinegro.

Además, esta ironía aparece con la misma prodigalidad en cualquiera de las otras obras del maestro.

De la misma forma, me sorprendió la apreciación de Mittelstädt sobre uno de los últimos lienzos del tempranamente desaparecido Vermeer.

Me refiero a La mujer con la espineta.

Según el crítico, esta obra marca el ocaso de una época y la decrepitud de la inspiración creativa.

La obra es rígida, fría y calculada. La dama que está de pie junto al instrumento se encuentra, a su entender, «aislada» del interior con su «monumentalmente congelado ademán…».

Miro una y otra vez y no estoy de acuerdo con nada de lo dicho.

Veo el milagro de la luz del día cayendo sobre diferentes tipos de materia: sobre la piel humana y la seda de un vestido; sobre el tapizado de una silla y la blanqueada pared.

Un milagro que Vermeer repite constantemente, pero siempre con nuevas variantes y originales revelaciones.

¿Qué diantre tienen que ver la frialdad y el aislamiento con todo ello?

La muchacha pone sus manos sobre la espineta como si quisiera tocarnos un pasaje, para hacernos una broma, para recordarnos algo.

Vuelve la cabeza hacia nosotros con una hermosa media sonrisa sobre su no demasiado bello rostro.

En esa sonrisa hay una reflexión y una pizca de indulgencia maternal.

Y así ha estado mirándonos durante trescientos años, críticos incluidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jan Vermeer Van Delft

Compilado por Kuno Mittelstädt

traducción del alemán de Anna M. Linke

once láminas en color y otras cinco en blanco y negro

Varsovia

Arkada

1970