wisława szymborska

 

prosas reunidas

 

traducción Manel Bellmunt Serrano

Malpaso Ediciones, S. L. U.

Barcelona

1ª edición: enero de 2017

 

 

 

 

un gran amor

 

 

 

La primavera de 1867, casi inmediatamente después de contraer matrimonio, Dostoyevski, que entonces contaba cuarenta y seis años, partió desde Rusia en dirección a Alemania junto a su joven esposa de veinte años.

Resulta difícil tildar a esta partida de viaje de novios o de luna de miel.

En realidad, el escritor huía de sus acreedores, y la principal motivación de su marcha eran los casinos alemanes, en donde pensaba amasar una gran fortuna.

Durante ese tiempo, Anna escribía un diario.

Desconozco quién fue el primero en bautizar esas anotaciones con el nombre de Mi pobre Fedia.

De él podría inferirse que la joven esposa sentía por su enfermo, maníaco y genial marido, sobre todo, compasión.

Por el contrario, Anna lo amaba de veras, con admiración, ciega y humildemente.

«Mi admirable Fedia», «Mi magnífico Fedia», «Mi más sabio Fedia», he aquí ejemplos de títulos más apropiados.

Desde un punto de vista objetivo, Anna vivió junto a su Fedia un infierno de miedo, incertidumbre y humillaciones.

Desde el subjetivo, experimentó también junto a él la felicidad: solo le bastaba con una sonrisa o una buena palabra y las lágrimas se secaban, Anna se quitaba de buen ánimo la sortija de su dedo, los pendientes de sus orejas, y el último chal de sus hombros para que Fedia pudiese venderlo todo, jugárselo y perderlo de nuevo.

Todo lo que pudiese, aunque fuese por un solo instante, producirle placer o servirle de consuelo en sus fracasos era también un consuelo y una satisfacción para ella.

Veía el mundo a través de los ojos de él, asimilaba sus opiniones, compartía sus complejos e imitaba su desagradable desprecio por todo lo que no fuese ruso.

Con el corazón en un puño, velaba por él cuando Fedia tenía —y por entonces tenía muy a menudo— ataques de epilepsia; soportó con perseverancia sus súbitos cambios de humor o sus escándalos en las tiendas, restaurantes o casinos.

Anna estaba embarazada por aquel entonces y lo pasó especialmente mal, quizá, a consecuencia de las constantes tensiones nerviosas.

Pero, como ya he dicho, era feliz a pesar de todo, quería serlo, se las arreglaba para serlo y era incapaz de imaginar una felicidad mayor que la suya…

Tenemos ante nuestros ojos uno de esos grandes amores.

Ante tales circunstancias, los observadores ajenos se preguntaban: «¿ Qué debe de ver ella (él) en él (ella)?».

Mejor no hagamos ese tipo de preguntas: los grandes amores nunca tienen explicación.

Al igual que un arbolillo en una ladera rocosa, uno nunca sabe cómo crecerá, qué es lo que lo sostiene, de dónde saca su sustento o qué milagro es el que hace que broten esas verdes hojas.

Pero ahí está con su verdor; es evidente que ha hallado en ese lugar lo necesario para vivir.

Ryszard Przybylski escribe en el prólogo, medio en broma (pero en serio), que el diario de Anna Dostoyevska podría servir como guía a las esposas: cómo tratar con un marido difícil, aunque lleno de buena voluntad.

Desgraciadamente, la experiencia de la autora no podrá servirle de mucho a nadie.

Anna no se valió de ningún método.

Simplemente, su paciente amor era inherente a ella.

 

 

 

 

 

 

 

Mi pobre Fedia, Anna Dostoyevska

traducción del ruso, prólogo y comentarios de Ryszard Przybylski

Varsovia

Państwowy Instytut Wydawniczy

1971

 

 

 


 

 

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