breves apuntes sobre

la poesía de

adam zagajewski

 

xavier farré

 

 

  

Adam Zagajewski es uno de los poetas más importantes del panorama literario contemporáneo.

Sus poemas se han traducido a numerosas lenguas, y en todos los países que ha sido publicado ha obtenido siempre elogios, tanto por parte de la crítica como por parte del público. España también ha sido un país donde su obra ha tenido una cálida acogida. No obstante, cabe decir que en casi todos los casos, se presenta a un poeta ya en su madurez, y que son muy pocas las lenguas (por no decir casi ninguna) que pueden contar en su haber con los primeros libros de poemas de Adam Zagajewski.

Unos libros que formaban parte de una estética muy determinada que tendríamos que leer en el contexto de la tradición literaria polaca. No diremos, claro está, que la visión que hay de su poesía es incompleta. En absoluto. Pero sí que hay que tener en cuenta que a la hora de presentar la obra del poeta de Tierra del Fuego al lector español, el condicionante de los libros seleccionados que se han publicado tiene un papel fundamental. Por este motivo, mis observaciones se basarán en una lectura de la etapa poética de Adam Zagajewski que empieza a partir de List. Oda do wielosci (Carta. Oda a la multiplicidad), y sobre todo desde Jechac do Lwowa (Ir aLvov).

Seamus Heaney presenta una anécdota que ilustra perfectamente la impresión que provoca en un lector la poesía de Adam Zagajewski, aunque el autor de La muerte de un naturalista no se refiriera directamente a su creación, sino a la de otro poeta polaco. En uno de sus ensayos recogidos en el volumen The Government of the Tongue, el autor irlandés relata cómo Robert Pinsky le lee en voz alta, en un ático donde estaban los dos reunidos, el poema Encantamiento de Czeslaw Milosz. Lo primero que le sorprende a Heaney es la utilización de conceptos abstractos que indicaban una estética totalmente alejada para alguien que se había formado en el A few dont’s de los imaginistas.

Y a pesar del uso de aquellos conceptos abstractos para él impensables, el poema se erigía como una construcción muy cercana al lector, a partir de la seguridad que emanaba de la voz poética. Presentaba el atrevimiento, en el poema mencionado, de mostrar una jerarquía de valores que los avatares de la historia habían intentado eliminar no tan sólo de la poesía o la creación artística sino también de la vida cotidiana.

Ese uso de conceptos abstractos, la creencia de que existe una jerarquía de valores, a pesar de tantos postmodernismos que se suceden en la actualidad, aparece en la poesía de Adam Zagajewski con una dimensión completamente nueva. En Milosz, la época de las grandes ideologías todavía no se había apagado. En Zagajewski, la época de las grandes ideologías no es más que un rescoldo ya sin fuerza, sin ningún viento que lo pueda avivar.

No obstante, la impresión que tiene el lector de sus poemas no se debe de alejar mucho de la que describe Heaney al poeta de Salvación. La tradición sigue bajo una nueva forma, las cualidades enunciadas por el mismo Milosz de la “escuela de la poesía polaca” perduran y tienen un digno sucesor en el pintor polaco nacido en Lvov.

 

“Es un lugar donde se fundieron el sufrimiento

con la admiración, dos sustancias

que se conocen desde hace mucho tiempo”

 

dice el poeta en Square d’Orleam (Deseo), y prosigue el poema: ‘Ahora aquí tiene su sede un banco”.

Después del deslumbramiento, de asistir a un momento de elevación desde lo abstracto personalizado, volvemos a la realidad, a la gris realidad, a través de la ironía. En todo el poema hay un balanceo, un equilibrio preciso entre lo sublime y lo cotidiano, para llegar al último verso y concluir:

 

“Si algo nos atormenta, aunque nada

nos atormente, es sólo el vacío”

 

 

    

Tan sólo en estos en conjunto cinco versos del poema Square d’Orleam se encuentra condensada la mayoría de elementos que convierten a la poesía de Adam Zagajewski en uno de los refugios para el lector contemporáneo.

Es, por una parte, ese equilibrio antes mencionado, entre lo sublime y lo cotidiano, entre lo superior y lo inferior, entre nuestra vida llena de preocupaciones mundanas y la vida (o el pensamiento, el lenguaje) que desemboca en la elevación por encima de lo que somos. Es lo que nos acerca el arte. Por otra parte, la dimensión histórica.

En los versos citados, ésta aparece de una manera tangencial, pero en otros poemas se hace mucho más evidente, aunque siempre como un motivo más dentro del poema, raras veces, sobre todo en la producción de los últimos años, como el elemento principal. En un tercer lugar, aunque no menor en importancia, la epifanía y un tono claramente definido en todos sus poemas.

La voz poética de Adam Zagajewski destaca por su serenidad, por su tono conversacional que en cualquier puede desembocar en una súbita iluminación. Es una poesía epifánica, o si se me permite, llena de epifanías, en el mismo sentido no ya que tenemos en Joyce (y, antes de él, en la poesía romántica, principalmente en Wordsworth) sino también en el sentido y la función que le otorga Czeslaw Milosz:

”la epifanía interrumpe el fluir del tiempo cotidiano y se adentra como un momento privilegiado en el que se produce una comprensión más profunda, más esencial de la realidad contenida en las cosas o en las personas”.

Zagajewski nos acerca a esta comprensión, nos adentra en el misterio de la realidad, en el misterio de nosotros mismos, en el misterio de encontrarnos ante lo innombrable, ante el deslumbramiento, ante la poesía. Se adentra en la estela aún visible de su admirado Holderlin. El autor de Deseo es un poeta de la afirmación, y esto lo convierte en un caso muy particular en la poesía contemporánea, lo convierte en un poeta ajeno a las modas imperantes, al discurso a veces ininteligible de algunos poetas que se encierran en su propia metapoesía que sería la moderna torre de marfil, al discurso pesimista y de derrota que rezuma la lírica de nuestros tiempos.

En cierto paralelismo con el pensamiento que analiza nuestra contemporaneidad, Adam Zagajewski, en esta línea afirmativa, es un poeta mucho más cercano a Charles Taylor que a la concepción de la “modernidad líquida” que no podemos asir de Zygmunt Baumann. Una modernidad líquida que reverbera en tantos y tantos poetas. 

W. H. Anden decía que la “poesía puede hacer muchas cosas, puede cautivar, entristecer, inquietar, divertir, enseñar, puede expresar todos los matices de los sentimientos, y describir cualquier tipo de acontecimiento, pero hay una cosa que todo tipo de poesía tendría que hacer: tiene que celebrar todo lo que pueda por el mero hecho de que existe y de que acontece”.

Parece que estas palabras sean como una directriz en la poesía de Adam Zagajewski. En el poeta reviven las ciudades (las propias y las ciudades que ha querido incorporar a su imaginario de viajero que todo lo absorbe, las ciudades del sur de Italia, por ejemplo, bañadas en la luz mediterránea que impregna también sus poemas), en el poeta reviven los recuerdos, los compañeros y amigos, los mirlos, los tilos, los ruiseñores, las estaciones, los aeropuertos, todo en una celebración constante.

Tal como dice Czeslaw Milosz (poeta con el que tiene más de un punto de contacto, especialmente en el carácter epifánico de la poesía) es ésta una poesía en la que “el microcosmos se refleja en cada detalle, como si fuera el sol en una gota de rocío:’ Y a pesar del carácter de celebración, de estas concomitancias con el concepto que en occidente se percibe de la poesía oriental, es una poesía, la de Adam Zagajewski, claramente enmarcada en el mundo moderno y dentro de su propia tradición.

La poesía polaca, especialmente en el siglo XX, ha intentado mantener siempre una relación muy cercana con el lector, el poeta se sabe miembro de una comunidad, y sabe que las tragedias históricas no son meros hechos, son circunstancias de participación. Pero, a la vez, la tragedia histórica se refleja en cada una de las personas que, lo quieran o no, se ven impelidas a participar de la misma. Es, pues, una tragedia particular, un reflejo en el detalle. En la “escuela poética polaca” no encontraremos que el poeta se queda ensimismado en los propios problemas. La realidad entreteje un mundo de relaciones en las que estamos atrapados como en una telaraña. El poeta ve el peligro que le acecha, y a la vez no puede dejar de mirar la luz del sol que traspasa la telaraña en un momento determinado.

El horror y la belleza. Nuestro mundo compartido. Ya que nos hemos adentrado en la tradición, será necesario destacar, no podía ser de otra manera, la marcada conciencia de la historia, apuntada muchas veces en la poesía de Zagajewski en un solo verso que funciona como contrapeso a la epifanía que acaba de aparecer o a la que está a punto de aparecer, creando así una sensación de iluminación y de choque de conciencia moral simultáneamente en el lector, y es éste un gran hallazgo y una de las claves del éxito de su poesía.

 

   
       

 

Nos recuerda que un lago se llamaba Adolf Hitler, que cuando Europa se duerme, Bosnia está en los brazos de Serbia, en el poema Kathleen Ferrier (Antenas) nos recuerda que también era la época de Goebbels, y estaba tanto la voz de la contralto inglesa como la del ministro de propaganda del III Reich, en Griegos dice que le gustarla haber sido contemporáneo de los griegos, hablar con los discípulos de Sófocles, pero, por desgracia, cuando él nació “todavía vivía y gobernaba el georgiano picado de viruelas y sus lúgubres policías y teorías”o también la sombra de la historia en los siguientes versos:

 

“en la penumbra de una espesa floresta quizá se oculten las sombras

de los que vivieron poco, con temor y sin esperanza, las sombras

de nuestros hermanos y hermanas, las sombras de Kolimá y Ravensbrück,

ángeles pobres de negra salvación, y nos miran con avidez”

 

o también, del libro Antenas, el poema Jedwabne, que representa un escollo insalvable en la traducción, donde asistimos otra vez a esta agridulce combinación de horror y belleza en una recreación lingüístico-cultural que es la base del poema.

Joseph Brodsky afirmó, en un ensayo a propósito de Tsvietáieva, que

 

“en el arte se alcanza un nivel tan alto de lirismo que no hay ningún equivalente físico en el mundo real”.

 

Son estas dosis elevadas de lirismo las que encontramos en la poesía de Zagajewski a través de la feliz combinación de los elementos presentados. El tono y la voz poética, el carácter epifánico combinado con los elementos de carácter histórico o de carácter moral en otras ocasiones, la ironía perfectamente dosificada, el equilibro entre la cotidianeidad y el estilo elevado, la celebración y también el tono elegíaco que se transforma en canto, en celebración de nuevo, caracterizan y hacen inconfundible la poesía de Adam Zagajewski.

Y son estos elementos, aparte de una cierta cadencia en el lenguaje que hay que reproducir, los que no se pueden perder a la hora de trasladar su poesía a otra lengua. El traductor deberá encontrar también las soluciones en su propia tradición para llegar a este equilibrio. Los conceptos abstractos determinan una jerarquía de valores, el tono determina una manera de ver y describir el mundo, la ironía es un antídoto ante la excesiva pomposidad en que se puede caer con el lenguaje, o un antídoto contra la seriedad y la tragedia de nuestra época, la epifanía determina que llegamos a una comunión con lo misterioso. Y de ahí surge la poesía.

El mismo Zagajewski explica que al igual que de repente bajo la pala del trabajador brilla el espejo del oro, en nuestra rica cotidianeidad se topan entre sí momentos mortales y elementos inmortales. Así también en la poesía, en su poesía que nos permite acceder a estos momentos inmortales. No es de extrañar la recurrencia de los motivos pictóricos en su obra, y entre éstos, la elección de la pintura flamenca (como en el poema Pintores holandeses, de Tierra del Fuego). La pintura flamenca es el perfecto correlato de la poesía de Zagajewski, está el mundo de los interiores (en un doble sentido de la palabra), las escenas cotidianas, el juego de los claroscuros, y la súbita iluminación que aparece en el lugar e instante precisos.

     

 

¿Podríamos hallar algunas afinidades electivas de la poesía de Zagajewski en el contexto contemporáneo? 

Son unas afinidades que nos permiten dilucidar que no está solo en esta búsqueda de lo inefable, del misterio, sin renunciar a la claridad. Si tuviera que citar a algunos poetas, los primeros que presentaría son el escocés John Burnside y el sueco Tomas Transtromer. No obstante, en el gran poeta sueco la presencia de la muerte como elemento de misterio, de encuentro, cobra mucha más importancia que en la poesía de Zagajewski.

Si nos centramos en el ámbito de la producción en España, el primer nombre que considero que persigue elementos comunes a los de Adam Zagajewski es el de Álvaro Valverde, con su voz serena, con sus paisajes (muy diferentes, por otra parte, de los del poeta polaco) que acompañan en la reflexión, y la hondura moral que trasluce su poesía.

Buscamos un instante de belleza. Puede ser una manzana dorada por el sol de invierno, sola, en un frutero que no constituye una naturaleza muerta; el andar armonioso de una joven que despierta el deseo; los guijarros que ruedan lentamente por la grava de la playa. Lo imprimimos en la memoria, pero las preocupaciones cotidianas parecen borrarlo, como si no hubiese existido. Y no obstante, fue real. Lo sabemos. Pero ya no podemos expresarlo, porque nos acucian las facturas del teléfono, qué vamos a hacer para comer.

Como en un recuerdo, después lo encontramos en un poema. decimos, sí, yo también lo vi. No es ahora un pálido reflejo, antes bien, brilla como un anillo en una ciénaga. Con toda su intensidad. Es el encuentro con lo innombrable a través del lenguaje. La recuperación, la memoria en el lector. El proceso de lectura ante un poema de Zagajewski.

El tono de la poesía Adam Zagajewski se amolda perfectamente a cada nueva tradición, a una nueva lengua. Es particular y universal. Formar parte de una rica tradición, y ser uno de los continuadores de los grandes nombres de la poesía polaca que alcanzó su esplendor en la segunda mitad del siglo XX (con el cuadrunvirato conocido fuera de las fronteras: Czeslaw Milosz, Zbigniew Herbert, Wislawa Szymborska, Tadeusz Rózewicz) no es óbice para poder integrarse en otras tradiciones.

No representa extrañeza alguna su poesía dúctil, pausada, a veces meandrosa. Es como si escucháramos la voz de alguien que está haciendo una confesión, para parafrasear otra vez a W. H. Auden, una confesión donde se encuentran todas las contradicciones de nuestro deambular por los caminos de la historia, de la realidad, de las impresiones que de ambas se derivan. Una confesión que, como dice en uno de sus poemas acerca de la poesía, es una búsqueda de resplandor. Ahí radica la singularidad y la fuerza de sus poemas, y ahí está tal vez el secreto del éxito de su poesía en España. 

 

 

 

 

 

 

 

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