Roberto Juarroz

Poesía y creación

Diálogos con Guillermo Boido

Ediciones Carlos Lohlé

Buenos Aires – Argentina

Primera edición, marzo de 1980

 

Índice

Prólogo por Guillermo Boido

Entrevistas:

I. Poesía y creación

II. La poesía y el poeta

III. Poesía y literatura

IV. Poesía y sociedad

V. Poesía y realidad

Textos complementarios

1. La poesía, la realidad, la poesía

2. La crítica de la poesía

3. Antonio Porchia o la profundidad recuperada

 

Poesía y realidad: sumario

No hay propuestas poéticas fuera de la poesía.

La visión del poeta ante la poesía y ante la realidad.

La poesía como historia de la realidad.

Relaciones significativas que pueden iluminar el nexo

entre poesía y realidad.

La poesía, lo posible y lo imposible.

La poesía es otra lógica.

Poesía y locura.

Poesía y revés.

Poesía, vacío y abismo.

Poesía y i negó. Poesía y espejo.

Poesía y palabra.

¿Es la palabra un signo arbitrario?

Palabra y caridad.

En la poesía, la palabra desnombra y acaso transnombra.

Poesía y amor.

La búsqueda de un más allá del amor.

Poesía y situaciones límites: la vejez, la enfermedad y la muerte.

Poesía, realidad e irrealidad. El sentido último de la poesía.

 

5

poesía y realidad

Podríamos quizá, en esta parte final de nuestro trabajo, sintetizar algunas de las aproximaciones

a la poesía que usted ha desarrollado. Bien podría ocurrir que ellas, en su conjunto, constituyesen

una poética, o al menos los lineamientos de una concepción de la poesía que surge de la vinculación

entre poesía y realidad. En primer lugar: ¿es posible en su caso afirmar que de su obra surgen

ciertas proposiciones poéticas?

—Me han formulado hace poco una pregunta similar. Y tuve que aclarar que no entiendo bien ese lenguaje en relación con

la poesía. La poesía no propone, sino más bien presenta. No hay propuestas del poeta afuera de la poesía que él crea.

Por eso en aquel momento cité, no como propuestas poéticas formales, sino como ejemplos de algunas presentaciones

que pueden ser reveladoras a propósito de la pregunta, ciertos planteos o configuraciones que aparecen en mi poesía.

Por ejemplo, cuando hablo de lo imperfecto como la forma: que la perfección asume / para poder ser amada. O también:

la poesía como creación de presencia, el mundo como segundo término de una metáfora incompleta y que tal vez estuvo

siempre trunca, el otro lado como algo simétrico de éste o la sospecha de no poder dejar de estar ya en la página que

sigue, aunque la hayan arrancado. Podríamos agregar aquí muchas otras, como aquella de ponerle pruebas al infinito para

ver si resiste. O la necesidad de preparar al pensamiento para las elocuciones de su ausencia, educándolo para cuando

no exista el pensamiento. O el hecho insoslayable de que tal vez alguien pueda compartir la soledad pero nadie podrá nunca

explicarla. Creo que se puede aclarar mucho más la visión de la poesía de un poeta por el acercamiento a los núcleos

irreductibles y definidores de su obra que por medio de aquello que se puede decir en forma más o menos lógica.

¿Qué revelarían exactamente esos acercamientos, ya que no se trata —-como usualmente lo

concibe la crítica— de una especie de “desmontaje” del poema, en procura de hallar y exponer

discursivamente los recursos o los resortes ocultos que mueven al creador?

—Revelarían dos aspectos fundamentales. Uno, como ya dijimos, la visión personal del poeta ante la poesía misma. Y el otro, la

visión de la realidad que emerge ante el poeta a través de su propia poesía. Creo que de la consideración o meditación acerca de

las relaciones entre poesía y realidad es posible, sí, una aproximación al sentido último del proceso creador.

Comencemos entonces por el primer término: la poesía. ¿Cómo se manifiesta la necesidad de que

la poesía dé cuenta de lo real, lo indague o lo cree? Me gustaría además que vinculase sus respuestas

con aquellos núcleos de su obra que en cada caso resulten particularmente significativos.

—Me parece adecuado recordar aquí una de las aparentemente más sencillas aproximaciones a la poesía, que es aquella de

Antonio Machado. La poesía es; dice Machado, la palabra esencial en el tiempo. O sea, la palabra que indaga en la esencia,

en el corazón de lo real, en lo sustancial. Y además, añade el poeta español, es un proceso misterioso que ocurre en lo transitorio,

en lo que pasa, en lo perecedero y lo efímero: en el tiempo. Al darse en el tiempo, de alguna manera hace que todo eso, efímero,

pasajero, deje de serlo. En esta asociación me parece ver uno de los puntos más neurálgicos del sentido último de la poesía

como creación. Así como dijimos, recordando a Octavio Paz, que la poesía es antihistoria, podríamos suponer que la poesía

es también antitiempo, y lo es desde el tiempo. El tiempo es tal vez lo más trágico que le acontece al hombre, pero también lo

más singular y deslumbrante. De allí la necesidad de que la poesía se dé en él para trascenderlo, y busque más allá eso que

llamamos realidad, He escrito alguna vez en una nota, que la poesía no es algo así como una ciencia ficción o una alocada fantasía

del espíritu que traza sus piruetas más o menos herméticas, cantarinas o celebratorias como un extraño barrilete en el aire del

hombre, sostenido por el hilo del lenguaje del hombre, sino que es mucho más: una misteriosa función de nuestra necesidad de

realidad. Tal vez una misteriosa pregunta o respuesta, pero quizá sobre todo una presencia para esa necesidad. Para que algo

no esté tan solo en alguna parte, que no sabemos bien cuál es. Usted me pide que vincule estas reflexiones con algunos de mis

textos poéticos. Me parece oportuno hacerlo, pero antes quisiera subrayar el sentido que pueden tener los acercamientos a mi

propia poesía en esta parte final de nuestros diálogos. No intento exhibirla como ejemplo o paradigma, sino tan sólo mostrarla como

el último y más decisivo vehículo al que puedo apelar para configurar algo más mi visión de la poesía o, si se quiere, para transmitir

en forma ya casi indecible las relaciones entre poesía, realidad y creación que hemos tratado de aclarar un poco aquí.

Así, por ejemplo, podríamos recordar este poema:

Una rosa en el florero,

otra rosa en el cuadro

y otra más todavía en mi pensamiento.

¿Cómo hacer un ramo

con esas tres rosas?

¿O cómo hacer una sola rosa

con las tres?

Una rosa en la vida.

Otra rosa en la muerte.

Y otra más todavía.

Quiero eludir la tentación de “comentar” el poema, pero tal vez sea posible un acercamiento al borde de lo que él sugiere.

Uno siente a veces que hay diversos niveles de realidad: una rosa en el florero, otra en el cuadro. Y que uno de ellos está

además en uno mismo: otra rosa en el pensamiento. Y se plantea la apetencia de reunir esos niveles: ¿cómo hacer un ramo

con esas tres rosas? Y todavía un paso más: hacer de todos ellos un nivel único. ¿Cómo hacer una sola rosa con las tres?

Ahora bien, uno comprende también que los niveles de la realidad se vinculan con la angustia máxima del hombre, que es

la contraposición de esos niveles excepcionales que son la vida y la muerte. De allí la referencia final del poema. Hay una

rosa que está en la vida, y otra que está en la muerte. ¿Habrá una tercera rosa?

Aquí tenemos, entonces, el segundo término: la realidad. Siglos de filosofía, teología y aun ciencia

se han empleado para debatir y clarificar qué debemos entender por ello, y qué posibilidades se

le presentan al hombre de acceder a lo real. ¿Cuál es la perspectiva que, a su entender, ofrece la

poesía a propósito de esta indagación al parecer interminable?

—En un momento anterior de nuestra conversación señalábamos la contraposición entre poesía e historia. Decíamos que la

historia se caracteriza por un tiempo lineal, mientras que la poesía considera múltiples variaciones del tiempo vivido, al que

sin duda hace referencia Machado en ese pensamiento que citábamos hace un momento. Podríamos sospechar ahora que

tal vez la poesía sea otra forma de la historia, algo así como una historia profunda, o una historia del ser o de la realidad total,

de acuerdo con lo que el hombre puede percibir de ella. Lo que me preocupa es la historia de lo no aparente del hombre. No

la historia de los hechos visibles, exteriores y controlables, sino esa corriente subterránea, de fondo, secreta. Sólo en este

sentido la poesía sería una historia de la realidad. Claro, usted me pregunta ¿qué es la realidad? Por encima de acercamientos

más o menos definitorios o de formulaciones filosóficas estrictas, cuando hablamos de realidad nos referimos a lo que es, a

lo que existe, a lo que hay, a lo contrario de la nada. A la existencia verdadera y efectiva de algo. Tal como se ha dicho alguna

vez, la realidad es el ser que no es mera ilusión y apariencia. Lo real sería entonces lo consistente, lo permanente. Y si quisiéramos

apelar a alguna reflexión con autoridad histórica en la filosofía, podríamos recordar a Platón cuando dice que la realidad consiste

en el ser que es, lo que subsiste frente a cualquier cambio. Pero no nos interesa aquí discutir las distinciones tradicionales acerca

de qué es la realidad subjetiva u objetiva, relativa o absoluta, o las diferencias entre esencia y existencia, o lo real y lo ideal. La

filosofía muestra hasta qué punto es utópico definir la realidad. Y por otra parte, ya vimos que lo mismo acontece con la poesía. Así

que, en esta parte final de nuestro diálogo, estamos encarando la relación entre dos imposibilidades en cuanto a definiciones. Aquí

tendríamos que resumir algunas de las reflexiones anteriores. Quizá tal cosa no sea redundante, porque ellas nos ayudarán a mostrar

cuál es la perspectiva que ofrece la poesía en relación con la realidad. Ya dijimos que la poesía es una forma de reconocimiento de

la escala total de la realidad, es decir, una dimensión que no se conforma con lo aparente de esa realidad ni con sectores o segmentos

de ella, sino que tiende como pretensión última a ser el mayor realismo posible, el mayor acoso posible a la totalidad de lo real. En ese

sentido sería la actitud humana que esencialmente deja de lado la parcialidad y los múltiples pretextos que el hombre fabrica para no

enfrentarse con la realidad total. También recordamos una frase escrita por mí hace tiempo, donde se dice que la poesía es una explosión

de ser por debajo del lenguaje. Pienso que en casi todos los casos podríamos reemplazar la palabra ser por la palabra realidad. Y por

ello se nos aparece la idea aquella de que la poesía no es sólo el reconocimiento del ser, sino también creación de ser y por ende creación

de realidad, de presencia. Me parece que ésta es una de las hipótesis o afirmaciones más dignas de consideración de todo lo que

hemos conversado.

Siempre desde esta perspectiva, podríamos encarar ahora aquellas relaciones o asociaciones significativas

que usted considere iluminadoras de la vinculación entré poesía y realidad. Podría resultar ilustrativo que,

como antes, se remita a algunos núcleos de su obra donde esas visiones se manifiesten.

—Me parece bien, aunque algunas de esas visiones o relaciones nos han ocupado en momentos anteriores. Por ejemplo,

hemos hablado de la vinculación entre la poesía y la libertad, la soledad, el silencio, el absurdo, la intensificación de la vida,

el pensamiento, la crítica o la sociedad. Creo que en cada caso se han manifestado las conexiones entre poesía y realidad.

Sin embargo, me parece útil complementar algunas de esas vinculaciones y agregar otras que no hemos mencionado todavía.

Podríamos indagar por separado acerca de los nexos entre la poesía y lo imposible, la locura, el revés, el vacío, el juego,

el espejo, la palabra, el amor, las situaciones límites y la irrealidad.

1

En primer lugar tenemos la relación entre la poesía, lo posible y lo imposible. La poesía profunda es, en el plano de la palabra

o la expresión humana, lo humano más que humano de Nietzsche. Siempre hay que ir más allá, y uno no sabe dónde queda ni

si será capaz de llegar. Tal vez en los creadores de la poesía profunda todo consista en un cambio de actitud, tensión, palabras

e imágenes, para decir los límites de lo posible y lo imposible. Podríamos evocar aquí la idea de que la poesía es algo así como

la otra verdad. Lo que comúnmente entendemos por verdad, aunque suene redundante y paradójico, en un momento dado lo

sentimos como no verdad, y debemos apelar entonces a otra posibilidad de encuentro con lo verdadero.

La poesía es un salto de la razón, pues con ella aparece la idea de otra lógica, otro eslabonamiento en la persecución de un

sentido. Además, en este encuentro de poesía, posible e imposible, nos aparece la idea de que ese salto es el último riesgo y el

último abandono. Lo he dicho en este poema:

Todo salto vuelve a apoyarse.

Pero en algún lugar es posible

un salto como un incendio,

un salto que consuma el espacio

donde debería terminar.

He llegado a mis inseguridades definitivas.

Aquí comienza el territorio

donde es posible quemar todos los finales

y crear el propio abismo,

para desaparecer hacia adentro.

En una aproximación al sentido último del poema, podríamos decir que para la lógica común aparece como imposible

el hecho de que un salto pueda mantenerse siendo salto. Para que eso ocurra, el hombre debe convertirse en otra cosa. Debe

acceder n una especie de incendio de sí mismo, a una especie de consumación, donde el salto ya pueda mantenerse siendo salto,

donde pueda ya no concluir. Y esto no se nos aparece como seguridad, sino como una inseguridad que ya nunca más podrá dejar

de serlo. Por eso se dice: he llegado a mis inseguridades definitivas. Pero en esa inseguridad, en ese incendio, es posible arrojar

a la hoguera lo más tremendo quizá para el hombre, que es tener que terminar. O sea: arrojar allí, para que se consuman, todos los

finales. Y entonces, un poco misteriosamente y también milagrosamente, aparece no el abismo, anónimo, frío, sino el propio abismo,

donde al menos es posible desaparecer hacia el centro de uno mismo, hacia lo mucho o lo poco que hemos sido. A propósito de esto

hay también otra sospecha, y es que de alguna forma la poesía, entendida como creación, hace posible lo imposible.

En un poema hablo de

recoger el futuro,

ya que no sabemos recoger el pasado,

ni hacer un ramo del presente,

ni secuestrar la eternidad.

Y el texto finaliza:

Y aprender así que lo imposible

no está un paso más allá de lo posible,

sino un paso más acá.

La poesía quiere traer lo imposible a la dimensión del hombre. También podríamos recordar un texto escrito por mí

donde se habla de la poesía como un salto más allá, el salto que nos hace posibles. Si lo pensamos un poco, el hombre aparece

como una imposibilidad. ¿Qué es esto de surgir aquí como algo efímero, perecedero? Algo que debe terminar y, sin embargo,

siente, en el fondo de sí mismo, la esencial necesidad de no terminar. ¿No seria entonces la poesía el imposible verbal que nos

hace posibles? Llevado esto a un plano más discursivo, podríamos decir que si bien la poesía no es un pensamiento lógico,

tampoco es ilógico o alógico, sino tal vez metalógico o aun intralógico. No se trata de enfrentar a la poesía con la lógica usual,

pues ella no es una antilógica, sino otra lógica.

2

Podemos considerar ahora otra relación que me parece particularmente importante y que origina, en mi caso, una preocupación

especial. Me refiero al nexo entre poesía y locura. No vamos a encarar una especie de fórmula sobre qué entendemos por locura.

De alguna forma es una ruptura de lo humano, una fractura de ese equilibrio que llamamos hombre. La locura es una zona donde

pareciera que el hombre pierde el timón de sí mismo. Y cuando el hombre pierde el timón de sí mismo ¿quién lo toma? ¿Qué se

siente cuando uno experimenta la noción de que comienza a no ser su propio conductor y amenaza quedar sometido a fuerzas

desconocidas y más o menos ciegas? Se me ocurre que ésta ha de ser una de las experiencias más cruentas y, en el caso del poeta,

una de las vecindades más peligrosas que tiene su poesía. Porque la poesía está siempre enclavada en la zona que separa al hombre

normal del que está más allá o afuera de lo normal. Hay un poema mío, reciente, que no comprendí del todo después de escribirlo,

pero que luego, poco a poco, fue resurgiendo. Dice:

¿Es la poesía un pretexto de la locura?

¿O es la locura un pretexto de la poesía?

¿O las dos son un pretexto de otra cosa,

de otra cosa excesivamente justa

y que no puede hablar?

Yo encuentro en este texto la sospecha de que, más allá de la poesía y de la locura, tiene que existir la posibilidad de apelar

a algo que las reúna en un equilibrio que esté fuera de todos los desequilibrios posibles. Pero entendiendo que ese otro

equilibrio no tiene manifestaciones, no puede hablar, y sin embargo se expresa a través de la locura y la poesía. Quizá por eso

he sospechado que al mismo tiempo la poesía nos conduce hacia la locura y nos salva de ella. Y también que la última tensión,

exigencia o costosidad de la poesía es casi ya locura. Tal cosa ocurre en ese extremo del hombre que es la creación, cuando

se entrega o se da a la poesía, Y sin embargo, paradójicamente, casi milagrosamente, la poesía es lo único que nos salva de

la locura. Dicho de otra manera, la poesía es una forma soportable y vivible de locura, en la que el hombre no se pierde a sí

mismo. Cierta vez un poeta hispanoamericano me dijo: no es loco el que quiere sino el que puede. Esto es: la poesía y la locura

aparecen como posibilidades para alcanzar, posibilidades que hay que llegar a ser. Yo diría más bien que es loco el que es,

aunque no quiera y aunque no pueda. La poesía tiene siempre algo de locura porque tiene siempre algo de salvación y de

perdición simultánea. La poesía es la forma de la locura que nos salva de la cordura y de sus múltiples ídolos estúpidos que

devoran a la vida y los hombres. Es una “locura” que nos hace vivir y morir como nosotros mismos. Y pensando en estas cosas,

quizá se justifique aplicar a la poesía aquello del clásico: El que entra aquí debe dejar toda esperanza. Pero tal vez para ganar

algo mayor que la esperanza.

3

Otra relación que es un tema recurrente, una asociación de las más próximas o inmediatas en mi poesía, es la que podemos

hallar entre poesía y revés. Aunque ya hemos hablado de ella antes, me gustaría señalar que la búsqueda del otro lado de la

trama es esencial cuando se considera el vínculo entre poesía y realidad. La poesía es una forma de inversión, una inversión de

las cosas para encontrar su realidad última. Por eso se acompaña con la idea de lo absurdo, de lo inexplicable, de lo opuesto a lo

que aparentemente debería ser y que, sin embargo, es lo que debe ser. Hay un poema que puede aclarar esta sospecha y que

está en mi primer libro:

Sí, hay un fondo.

Pero hay también un más allá del fondo,

un lugar hecho con caras al revés.

Y allí hay pisadas, pisadas o por lo menos su anticipo,

lectura de ciego que ya no necesita puntos

y lee en lo liso

o tal vez lectura de sordo

en los labios de un muerto.

Sí, hay un fondo.

Pero es el lugar donde empieza el otro lado,

simétrico de éste,

tal vez éste repetido,

tal vez éste y su doble,

tal vez éste.

Creo que la idea de revés como revelación de la realidad verdadera de las cosas es una de las sospechas más

entrañables de la poesía entendida como creación. Y esto nos lleva de inmediato a la idea de contradicción o antítesis. La

realidad es contradictoria, nos ofrece una apariencia que es aparentemente lo contrario de su esencia. Y por eso tenemos

que dar vuelta las cosas. Aquí, a propósito de esa oposición entre lo aparente y lo no aparente pero esencial, podríamos

recordar un poema que he dedicado a Paul Eluard:

Una mosca anda cabeza abajo por el techo,

un hombre anda cabeza abajo por la calle

y algún dios anda cabeza abajo por la nada.

Tan sólo tú no andas esta tarde,

a menos que las ausencias puras

inventen otra forma de andar que no sabemos:

andar cabeza arriba.

Creo que de este fragmento podemos inferir aquella idea de que la inversión es el único camino que nos puede hacer

desembocar en la realidad última de las cosas, no en la realidad “dada vuelta” sino en la realidad, por así decir, “puesta hacia

arriba”. Por eso el poema finaliza:

Allí te encontraremos

y juntos echaremos a andar cabeza arriba.

Y habría otra idea en relación con esto. Ya dijimos que el poema, y el arte en general, son formas de organización de

las cosas, formas contrarias al mero azar, a la casualidad o el capricho con que a veces parece ofrecérsenos la realidad. Pero

tendríamos que agregar: si son formas de organización de un caos, deben ser al mismo tiempo formas que no lo destruyan.

A través de ellas, el caos debe manifestar toda su potencia. De allí aquel poema donde se dice:

Un caos lúcido,

un caos de ventanas abiertas.

Una confusión de vértigos claros

donde la incandescencia se construye

con el movimiento total de la ruptura.

4

También convinimos en reflexionar acerca de la relación entre poesía y la idea de vacío. ¿Cómo se vincula lo que entendemos

por vacío, abismo y espacio? Claro, la meditación aquí es permanente. Nos lleva, o debería llevarnos, toda una vida. Por

ejemplo: nuestra noción de abismo ¿supone de alguna forma la noción de espacio vacío o de espacio no vacío? Hay un poema

que tal vez sirva como aproximación:

El bloqueo ha elegido

la estratagema del vacío

y nos sitia con nada.

Y ese poema termina:

El pozo se ha hecho pozo en superficie.

Se me ocurre que una de las finalidades de la poesía, una de las necesidades por las cuales existe, es arrojar al hombre

en el abismo para salvarlo del vacío. Y para eso recurre a la aparente paradoja. Yo no creo que pueda ser simplemente paradójico

aquello que responde a lo real, a menos que lo real sea paradoja. Tal vez este breve poema sea significativo:

Primero,

pintar retratos sin modelo.

Después,

pintar autorretratos sin modelo.

Quizá se pueda entonces

pintar la nada con modelo.

En primer lugar se nos plantea algo que parece imposible: pintar retratos sin modelo. ¿Cómo se puede retratar algo

que no existe? Pero luego se nos plantea: ¿qué hace el hombre, ya no para trazar un retrato de algo exterior a sí mismo, sino

su propio retrato? Y entonces se abre otra vez el abismo: pintarse sin tomarse como modelo. ¿Es que nuestro modelo, nuestra

imagen, está sólo en nosotros o de alguna manera no existe y hay que crearla, y entonces hasta nosotros mismos sobramos

como modelo? Por eso el poema dice: pintar autorretratos sin modelo. Y ahora, en este arrojarnos al abismo, desembocamos

en el último momento del poema: quizá se pueda entonces / pintar la nada con modelo. O sea: ganar el abismo, y a través de

la negación llegar a alguna forma de la afirmación, de la antinada, en donde la nada haya encontrado su propia contraparte y

su propia realidad. Pintar la nada con modelo.

5

Me apasiona también la vinculación entre la poesía y el juego. Entendemos aquí la palabra juego como la designación de

esa actividad gratuita a través de la cual quien la ejerce accede a cierta forma de la alegría. A veces se confunde lo que tiene

de juego la poesía con lo que puede llegar a tener el juego como actividad tonta. Una de las modas actuales de ciertas

manifestaciones de la literatura consiste, no en el reconocimiento del juego como un componente de la realidad, sino en la búsqueda

del juego como actividad llamativa que permite escapar de ella. Son los juegos con la forma de la poesía. Quiero recordar aquí

una idea notable de Hebbel cuando dice: Hay también una profundidad de la forma. Me parece que ella va más allá de aquella

otra que suele mencionarse y que afirma que no hay diferencia entre fondo y forma. A mi ver, conduce a entender que el juego

de la poesía es infinitamente serio, a diferencia de lo que ocurre con el que suele confundir a las llamadas “vanguardias” o “modas”

literarias. Podríamos mencionar este pequeño poema mío:

Estamos aquí

como juguetes de alguien

que no sabe jugar.

Los juguetes

deben enseñarle a jugar a quien los hizo.

Me parece que aquí está la trágica, pero también maravillosa seriedad de la poesía como juego.

6

Una de las obsesiones humanas más intensas y misteriosas consiste en la persecución de la propia imagen y la búsqueda

de su reflejo en las cosas. Por ello hablamos de una relación entre poesía y espejo. En el hombre se presenta algo así como

una duda referente a su propia identidad. Necesita reconocerse, no confundirse con todo lo que no es, distinguirse, verse. Pero

el espejo le transmite una imagen invertida, simétrica, que no tiene las dimensiones del hombre. Además, el espejo ofrece una

copia del hombre. ¿Confiamos en nuestras copias o desconfiamos de ellas? Esto lleva a una relativización de las cosas a partir

de la relativización del hombre mismo. Yo y el otro que soy. Yo y mis otros yo posibles. Yo y yo. Yo y lo otro. Yo y mi realidad.

Yo y mi irrealidad. Me gustaría recordar un poema que precisamente se refiere al espejo:

El misterio está de este lado del espejo.

Del otro lado todo existe.

Desde allí, por ejemplo, sale a veces una mano

que trae 

una lámpara encendida

para alumbrar lo que nosotros creemos que es el día.

El misterio no está ni siquiera en la superficie

que separa ambos lados del espejo,

ya que esa superficie no existe,

como no existe ninguna superficie:

sólo es una ilusión que nosotros inventamos

al mirar al revés.

El misterio está en mirar desde afuera

y no desde adentro del espejo,

desde afuera

y no desde adentro de las cosas.

Podríamos sospechar que el hombre siente siempre frente al espejo su trágica situación de mirarse a sí mismo desde afuera.

7

No podemos, claro está, dejar de regresar a la relación entre la poesía y la palabra, la poesía y el lenguaje. Recordábamos

antes aquella idea de Mallarmé, aparentemente redundante, acerca de que la poesía está hecha de palabras. Es decir: hecha

de hombre, y no de dioses o ángeles. Como se ha dicho alguna vez, un dios no escribiría poemas. La poesía está hecha de

palabras que tratan de llegar a algo que está más allá de la palabra. El sentimiento de la propia palabra en el poeta y cómo él

siente su vinculación con el lenguaje me parecen una de las vías fundamentales para llegar a comprender lo que busca. ¿Cómo

se da en cada poeta el ser de la palabra y la reflexión sobre la palabra? Sabemos que una de las nociones fundamentales de la

lingüística moderna es la de la palabra concebida como un signo arbitrario, convencional y reemplazable. Pero el poeta no trata de

fundar una lingüística, pues su objetivo está mucho más allá, en la poesía misma. Y si tratara de fundar una poética debería

comenzar por el reconocimiento de que la palabra no es un signo arbitrario sino necesario. Es mucho lo que podríamos agregar

acerca de esto, pero tal vez podamos sintetizarlo recurriendo nuevamente a algunos poemas. Por ejemplo, aquel donde se afirma:

Una palabra es todo el lenguaje,

pero es también la fundación

de todas las transgresiones del lenguaje,

la base donde se afirma siempre un antilenguaje.

Dicho de otro modo, una palabra es lo que quiere decir y mucho más de lo que quiere decir. Y al mismo tiempo es

la negación de lo que quiere decir. Pero ésta no es una arbitrariedad o una convención, sino la esencia misma de la palabra,

entendida como una abertura. ¿Qué se proponen las palabras? Aquí hay otro poema, y se refiere a eso:

Las palabras son pequeñas palancas,

pero no hemos encontrado todavía su punto de apoyo.

Las palabras del hombre buscan levantar algo, o evitar su caída, sostenernos. Si hubiésemos encontrado realmente

algo donde apoyarlas, si las hubiésemos afirmado en la realidad, las palabras levantarían al hombre. Pero ¿qué hacemos con ellas?

Las apoyamos unas en otras

y el edificio cede.

Las apoyamos en el rostro del pensamiento

y las devora su máscara.

Las apoyamos en el río del amor

y se van con el río.

Y seguimos buscando su suma

en una sola palanca,

pero sin saber qué queremos levantar,

si la vida o la muerte,

si el hecho mismo de hablar

o el círculo cerrado de ser hombres.

Y algo más, quizá vinculado con aquel sentido un poco mágico que a veces se atribuyó a las palabras. Creo que se

puede ejemplificar con este poema:

Crear algunas palabras para no decir,

tan sólo para contemplarlas 

como si fueran rostros

de recién nacidas criaturas del abismo.

Crear esas palabras

con la exaltada gratuidad

de un fuego que no va a ser utilizado

y que sólo arderá como un espejo hipnótico

de nuestra propia gratuidad fundamental.

Crear esas palabras

únicamente para que el juego continúe

como si cierto mar que no existe

esperara a la vez

ciertos peces que no existen

y ciertas olas que sin embargo existen.

Es decir: la función de la palabra no se agota ni en su significación ni en su búsqueda, ni siquiera en el hecho de ser

una presencia. Hablé de un sentido un poco mágico de la palabra, pero en realidad no es eso, sino algo difícil de explicar.

Sería un sentido de la palabra como vehículo de una especie de caridad última que tal vez exista en el universo. De pronto la

palabra deja de lado su sentido habitual y entonces sólo podemos contemplarla como una visión o una abertura. Además,

sospechamos a veces que la palabra propia del hombre / todavía no existe. Si entendemos la poesía como creación de presencia,

como la dimensión de la última exigencia del hombre, todavía la palabra está por hacerse y decirse. Se me ocurre que podríamos

recordar, por último, la necesidad de trascender la palabra como nombre, como vehículo de designación de las cosas. La poesía

no es simplemente nombrar. En la poesía, la palabra renuncia a uno de sus oficios aparentemente más inesquivables, como es

el darle a cada cosa aquello que la llama o la convoca. Allí la palabra no sólo no nombra, sino que además desnombra. Si la primera

etapa es nombrar y la segunda es desnombrar, podríamos sospechar que hay otra posible función de la palabra, una tercera etapa

que únicamente ocurre en la poesía: sería una especie de transnombrar. Creo que el sentido de esta función, que se puede vincular

con otras ideas ya expresadas, es el de un poema que dice:

Desbautizar el mundo,

sacrificar el nombre de las cosas

para ganar su presencia.

8

Hemos dicho antes, recordando un poema, que la poesía es un acto de amor. Esto nos lleva a una relación de particular

importancia: la que existe entre la poesía y el amor. El mayor riesgo es aquí confundir la poesía con la efusión sentimental

o la expansión que forma parte del gozo de amar. La poesía es celebración, y como tal es también celebración del amor.

Pero se trata de la búsqueda de la esencia del amor, del reconocimiento de algunas de sus manifestaciones menos visibles,

expresables o aparentes. En uno de mis poemas he tratado de aproximarme a uno de esos aspectos: el amor como el último

límite de la confianza que un ser humano puede depositar en otro ser humano. El poema dice:

Eres mi abandono más completo,

mi indefensión, mi zona franca,

lo que me exime de cuidarme.

Tal vez por eso en ti se juntan

mi mayor recuerdo y mi mayor olvido

y no sé si eres mi compañía

o eres ya mi soledad.

¿Qué mayor confianza que no distinguir ya entre el olvido y el recuerdo, que no tener necesidad de distinguir entre

soledad y compañía? Y otro aspecto del amor, al que la poesía puede acceder, es el del reemplazo de un hombre como tal por

aquel a quien está unido por el amor. Porque ¿quién otro podrá reemplazarlo? Esto he tratado de decirlo en un poema que

comienza:

Miro un árbol.

Tú miras lejos cualquier cosa.

Pero yo sé que si no mirara este árbol

tú lo mirarías por mí

y tú sabes que si no miraras lo que miras

yo lo miraría por ti.

Ya no nos basta

mirar cada uno con el otro.

Hemos logrado

que si uno de los dos falta,

el otro mire

lo que uno tendría que mirar.

Y todavía más:

Sólo necesitamos ahora

fundar una mirada que mire por los dos

lo que ambos deberíamos mirar

cuando no estemos ya en ninguna parte.

El amor aparece aquí como la fundación de una mirada que no sólo puede reemplazar a uno u otro, al que falte, sino

que pueda incluso reemplazar a los dos cuando ya no existan. Finalmente, quisiera mencionar un último núcleo en relación con

todo esto, y es la búsqueda de un más allá del amor. Cabria citar aquí este poema:

Un amor más allá del amor,

por encima del rito del vínculo,

más allá del juego siniestro

de la soledad y la compañía.

Un amor que no necesite regreso,

pero tampoco partida.

Un amor no sometido

a los fogonazos de ir y de volver,

de estar despiertos o dormidos,

de llamar o callar.

Un amor para estar juntos

o para no estarlo,

pero también para todas las posiciones intermedias.

Un amor como abrir los ojos.

Y quizá también como cerrarlos.

Retomando la primera línea, podríamos decir que la poesía busca y es un amor más allá del amor.

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Ya hemos señalado que en ciertos extremos de la condición humana, de la vida del hombre, en esas situaciones últimas o límites,

es donde la poesía verdaderamente prueba que es capaz de sostenernos, o bien de ayudarnos a caer. Allí donde parecen ceder

los soportes, los andamiajes, los sistemas, la poesía no cede. Por ello es esencial considerar la vinculación entre poesía y situaciones

límites, aquellas donde el hombre queda despojado, desnudo, abandonado, y aun llega a sospechar que el abandono constituye el

fondo de todo. Creo que se dan especialmente en relación con los “fantasmas” que evoca el budismo: la vejez, la enfermedad y la muerte.

Quisiera acercarme a estos momentos tan particulares de la vida por medio de ciertos núcleos de mi poesía. Con respecto a la vejez,

creo que puede ser entendida corno una de las dimensiones del reconocimiento, es decir, de la comprensión de lo que es el hombre y

de lo que es el otro ser. Quisiera recordar a propósito un fragmento de un poema que he dedicado a mi madre:

Ahora tan sólo,

en este pobre rostro en que te caes,

he visto el rostro de la niña que fuiste

y te he sentido varias veces mi madre.

Y ese poema finaliza;

He demorado mucho,

he demorado todas los mujeres

y también todos los hombres,

he demorado el tiempo interminablemente largo

de la vida interminablemente breve,

para llegar a ser varias veces tu hijo.

La poesía es siempre revelación, y lo es doblemente en esas situaciones últimas. Allí se prueba algo decisivo para el

poeta, que es su fe en la poesía, su vivir la poesía como destino. En relación con el segundo “fantasma”, la enfermedad, quisiera

recordar un poema escrito al borde de la muerte, y que me ha hecho sentir el poder casi de resurrección que puede tener la poesía:

el volver a traer, a llamar, el dar la fuerza necesaria para regresar. Dice:

Cuando se ha puesto una vez el pie del otro lado

y se puede sin embargo volver,

ya nunca más se pisará como antes

y poco a poco se irá pisando de este lado el otro lado.

Y el poema termina así:

El otro lado es el mayor contagio.

Hasta los mismos ojos cambian de color

y adquieren el tono transparente de las fábulas.

Sólo la poesía puede recoger y expresar el mayor contagio, el del otro lado. En cuanto a la muerte, ya dijimos que es

inevitable su encuentro con el poeta en su poesía, y tan sólo quiero recordar aquí una línea de un poema mío:

Mientras haces cualquier cosa,

alguien está muriendo.

Me pregunto: si esto es cierto, y si estamos tratando de relacionar a la poesía con la realidad, ¿qué mayor realidad que

aquello que se da siempre? Es por eso que el poema finaliza:

Si te preguntan por el mundo,

responde simplemente: alguien está muriendo.

Yo creo que la poesía es el mayor encuentro posible con la muerte antes de morir. Y es un encuentro sin condiciones,

sin preconceptos, con todo el abandono y la angustia, con toda la plenitud humana y todo el sentimiento de pérdida que la muerte

supone. No es disertación acerca de la muerte o del sentimiento que nos provoca: es la experiencia misma de la muerte.

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Tal vez podamos ahora dar un matiz final a estas últimas reflexiones sobre poesía y realidad. Hemos hablado de la poesía

como reconocimiento y creación de realidad, entendida desde una escala total. Pero hay una sospecha que todavía va más

allá, y es que a la poesía no le alcanza, en sus últimos límites, el sentimiento de la realidad como realidad, sino que —por así

decir, y un poco paradójicamente— debiera poder encontrarse con la fusión y la unidad de lo que llamamos realidad y lo que

llamamos irrealidad. Ésta es, entonces, la relación final que hacemos: entre poesía e irrealidad. He tratado de decir algo de esto

en un poema, que quizá pueda servir para presentar este aspecto de búsqueda última de la poesía. Finaliza así:

La realidad se hunde palmo a palmo,

la realidad, que ya no se conforma

con ser nada más que realidad.

Acerca de esto he citado otras veces un pensamiento de Montherlant, que quiero repetir ahora:

Hay lo real y lo irreal. Más allá de lo real y más allá de lo irreal hay lo profundo.

Creo que allí está la clave.

Y también quizá, aclare el carácter de verticalidad que usted ha querido dar a su obra.

—Es posible.

¿Habría algún poema vertical que de algún modo sintetizara entrañablemente el sentido

último de su poesía?

—Sí. Podría ser éste:

El mundo es el segundo término

de una metáfora incompleta,

una comparación

cuyo primer elemento se ha perdido.

¿Dónde está lo que era como el mundo?

¿Se fugó de la frase

o lo borramos?

¿O acaso la metáfora

estuvo siempre trunca?

No deja de ser inquietante que nuestra conversación finalice con una pregunta.

—Tal vez así comience la poesía.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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