unos pocos

poemas

josé emilio pacheco

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ecuación de primer grado con una

incógnita

En el último río de la ciudad, por error

o incongruencia fantasmagórica, vi

de repente un pez casi muerto. Boqueaba

envenenado por el agua inmunda, letal

como el aire nuestro. Qué frenesí

el de sus labios redondos,

el cero móvil de su boca.

Tal vez la nada

o la palabra inexpresable,

la última voz

de la naturaleza en el valle.

Para él no había salvación

sino escoger entre dos formas de asfixia.

Y no me deja en paz la doble agonía,

el suplicio del agua y su habitante.

Su mirada doliente en mí,

su voluntad de ser escuchado,

su irrevocable sentencia.

Nunca sabré lo que intentaba decirme

el pez sin voz que sólo hablaba el idioma

omnipotente de nuestra madre la muerte.

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joaquín o giannuzzi

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cuando el mundo es puesto en duda

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Entre verso y verso se instala una pausa
donde el mundo es puesto en duda: entonces
pongo mi amarga cabeza a circular por el jardín.
Busco un rumor terrenal
a un costado de la escritura consciente.
Palpo un higo maduro, una dalia inclinada
por el peso del agua
hacia este oscuro planeta. No residen aquí,
en estos suaves acuerdos, las negaciones
de la existencia, su sonido negro. Al pie del muro
un susurro de violetas, la humedad feliz
de la vida individual. Del otro lado
los días de la muchedumbre que alza los puños
poseída por un conocimiento decisivo. Estas cosas
han optado por sí mismas. Toman la tierra
por asalto, la fecundan con un sentido
que me estoy debiendo. Ahora suena un disparo:
¿debo elegir? ¿mentir en la oscuridad de mi
habitación?
¿Cómo ser exacto? La época apresura su pánico
dentro de mi cabeza, allí
donde un aullido oscila oscuramente
de un extremo a otro de lo desconocido.

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antonio gamoneda

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diván en nueva york

 
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Tú en la tristeza de los urinarios, ante las cánulas de bronce
(amor, amor en las iglesias húmedas);
ah, sollozabas en las barberías (en los espejos, los agonizantes
estaban dentro de tus ojos):
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así es el llanto. 
Y aquellas madres amarillas en el hedor de la misericordia: 
así es el llanto.
Ah de la obscenidad, ah del acero. 
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Vi las aguas coléricas, y sábanas, y, en los museos, junto a la dulzura, vi los imanes de la muerte.
Te desnudaron en marfil (ancianas, en los prostíbulos profundos) y te midieron en dolor, oscuro:
así es el llanto, así es el llanto.
Ten piedad de tus labios y de mi espíritu en los almacenes;
ten piedad del alcohol en los dormitorios iluminados.
Veo las delaciones, veo indicios: llagas azules en tu lengua,
números negros en tu corazón:
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ah de los besos, ah de las penínsulas.
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Así es el llanto;
así es el llanto y las serpientes están llorando enNueva York.
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Así es el llanto.
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roberto juarroz

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a partir de cierto instante

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A partir de cierto instante
sólo queda el tiempo del abismo. 
con rosas o sin rosas, 
con muelles o sin ellos, 
con otros rostros o sin nadie. 
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No importa hacia dónde miremos
o hablemos o callemos. 
El tiempo del abismo teñirá
cada momento y cada cosa, 
como un ubicuo colorante
que no excluye ni siquiera la ausencia. 
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El tiempo del abismo
parece más firme y seguro
que la no confirmada eternidad.

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blanca varela

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el rayo ha perfumado ferozmente

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El rayo ha perfumado ferozmente nuestra casa.
Tenemos sed, tenemos prisa por golpear 
con el hueso de una flor en la tiniebla.
Hay un árbol talado en esta historia.
Contemplamos el cielo. No hay señales.
¿Es de día? ¿Es de noche?
Murió la araña que medía el tiempo, 
sólo hay un viejo muro y una nueva familia de sombras.

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almudena guzmán

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nunca más volviste

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Nunca más volviste,

Daniel.

 

Desde entonces ya no hubo patio

ni baúles con especias,

ni la luz posó sus labios

en los membrillos del aparador.

 

Y en vez de tu cuerpo fue la fiebre,

la humedad,

el tremendo cansancio

fluyendo de los frascos de perfume.

 

Por la tarde se me caía el cabello

en un charco de polvo.

 

Por la noche agrietaba con los nudillos

el ventanal de mi cuarto.

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efraín huerta

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el caballo rojo

Para Eugenia Huerta

Era un caballo rojo galopando sobre el inmenso río.

Era un caballo rojo, colorado, colorado

«como la sangre que corre cuando matan a un venado».

Era un caballo rojo con las patas manchadas de angustioso cobalto.

Agonizó en el río a los pocos minutos. Murió en el río.

La noche fue su tumba. Tumba de seco mármol

y nubes pisoteadas.

St. Louis, Mo., 1949

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luis rosales

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la ola inmóvil

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Es curioso saber que todo empieza en la transmigración de la saliva

y mis ojos dentro de poco van a cumplir dos años.

Lo cierto está tan cerca que el silencio me ha cortado los pies

y la sangre gotea sobre la alfombra

ya que no basta ver lo que se ve, es necesario adivinarlo.

Lo que se ve es un cuerpo en la penumbra,

un cuerpo que en la noche de amor tiene la plenitud de una

ola inmóvil,

que está siempre en su altura de dominio.

¿Nunca has pensado, amiga mía, que el cuerpo al desnudarse

está más junto?

y luego,

en el momento en que lo miras,

cobra su exactitud porque el mirar lo va configurando.

Todo consiste en la transmigración,

y hoy al verte he sabido

que el tacto es el recuerdo más antiguo que tiene el hombre,

y a veces puede aterrorizarnos

con su temblor de miel

lenta y originaria y envolvente.

El tacto es como el mar

y el cuerpo amado es de agua despacísima que no se mueve

sino hacia adentro,

desnaciéndose,

ya que la carne tiembla porque mira y al entregarse está

mirándonos.

Hay zonas de tu cuerpo que en la sombra relumbran

y tienen un calor reverberante

y un temblor desciñéndose que es la memoria de su origen,

y ya sabes que a veces

el cuerpo participa de la luz

pues el que toca lo cierto muere,

y noche adentro sientes que la profundidad del mar se hace

inmediata

con el roce más leve

pues lo profundo aterra: es desnacer,

y el agua de tu cuerpo está muy junta y muy temblada

ascendiendo de la sombra a la luz,

y nunca acaba su ascensión,

su encendimiento gradual,

y el pulso empieza en las estrellas,

y la creación del mundo se suspende hasta que ya en el mar

sólo queda una ola,

sólo cabe una ola que al llegar a la playa queda en vilo,

sabiendo

que no puede romper sino acabándose.

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charles simic

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piedra

Meterme en una piedra

aquél sería mi camino.

Deja que otro se convierta en una paloma

o que rechine con el diente de un tigre.

Soy feliz de ser una piedra.

Por fuera la piedra es una adivinanza:

nadie sabe cómo resolverla.

Sin embargo dentro, debe ser fresca y silenciosa

aunque una vaca la pise con toda su fuerza,

aunque un niño la arroje a un río;

la piedra se hunde, lenta, imperturbablemente

hacia el fondo del río

donde los peces vienen a llamar en ella

y escuchan.

He visto salir chispas

cuando dos piedras se frotan,

así, quizás, dentro no esté oscuro después de todo;

quizás haya una luna que brilla

desde alguna parte, como detrás de una colina-

suficiente luz para descifrar

los extraños escritos, el mapa de estrellas

en las paredes interiores.

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marosa di giorgio

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Cuando nací había muchísimos higos. No puede ser,
me dirán, si era invierno y hacía frío.
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Sin embargo fue así; estaban en todos los árboles,
aun los que no eran higueras, y en medio de las flores. Oscuros, celestes o rosados; algunos desde el origen traían adherida una violeta o una mosca. O en el
punto central entresacaban una perla (nunca la
dieron del todo). O se desprendían girando como
astros envueltos en anillos de colores, hasta que casi exánimes tornaban al lugar.
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Se sentía un aroma a almíbar y azucenas.
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Yo, en medio de mi primer lloro, pues era a los pocos minutos de nacer, dije a mi madre: Hay higos.
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Y mi madre miró sonriendo a mi Rosa abuela, y le dijo: Mira lo que dice.
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Y mi abuela se aproximó, demasiado, con los ojos
bajos, la sonrisa fija, y una tremenda corona de higos negros, gruesos y atormentados.

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blanca varela

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secreto de familia

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soñé con un perro
con un perro desollado
cantaba su cuerpo su cuerpo rojo silbaba
pregunté al otro
al que apaga la luz al carnicero
qué ha sucedido
por qué estamos a oscuras

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es un sueño estás sola
no hay otro
la luz no existe
tú eres el perro tú eres la flor que ladra
afila dulcemente tu lengua
tu dulce negra lengua de cuatro patas

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la piel del hombre se quema con el sueño
arde desaparece la piel humana
sólo la roja pulpa del can es limpia
la verdadera luz habita su legaña
tú eres el perro
tú eres el desollado can de cada noche
sueña contigo misma y basta

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