El que lee el poema es objeto de un desafío. A pesar
de su brevedad y de su sencillez, el poema nos interpela
en el fondo de nosotros mismos: «resuelve mi belleza»,
parece decirnos. Y si lo olvidamos, vuelve de nuevo a
nuestra conciencia: «resuelve mi belleza».
Nadie cuenta por sí mismo con los recursos necesarios
para descifrar la perfección del poema, sólo se puede hacer
un acto de vaciamiento y ponernos ante el poema como
ante un espejo. Únicamente así podremos lograr, tal vez,
ser un poco menos desconocidos para nosotros mismos.
ndalfonso
haiku-do
El haiku como camino espiritual
Vicente Haya