merodeando a los obispos de la vida
Los obispos de la vida van por el run con la cabeza más alta que los demás, sin saber que tener
la cabeza alta es otra cosa bien distinta, que cada fallo es una elevación. La vida se ejerce en libertad,
con aciertos, pero también con errores, con zancadillas que provocan esos errores. No se dan cuenta
de que son perfectos porque no conocen la zancadilla. Algo de lo que se han librado por azar.
Siempre tienen el control de sí mismos, un control bien fundamentado en la ética más pura y humanística,
ideal, pero no práctica, es decir, con el corazón en negativo. Por eso juzgan desde su alegría implacablemente,
—sin esa mirada antropológica que te hace chocolate azul para desayunar—, porque se visten con los faustinos
del amor. Por esto seré respetuoso con ellos, exactamente hasta el punto en que lo merezcan, ni un milímetro más.
La diferencia entre un ser perfecto y otro perfecto es que el perfecto no involucra a otros.
El problema del bien y del mal añade una innecesaria y oscura confusión que sus próceres han aprovechado
a lo largo de la historia para, prescindiendo de la verdad y de la justicia, dedicarse directamente a controlar
a través de unas leyes sin encanto ni amor.
Para la mayoría de la gente la nostalgia vive en el sexto, tira un papel por la ventana y por un segundo
se confunde con el vuelo migratorio de un pájaro que quiere aparearse. La mierda que lanza desde su arriba
cae sobre la raya en medio de un preso en libertad condicional que no recuerda cómo se iba a su casa.
Aquí, el niño que lo ve todo crea en ese momento un comienzo de neura que asociará a la placidez veinte
años más tarde.
Un obispo es un tirano flaco, maleador y esquivo; imberbe que me gasta. Usa lentes de sol y altanería,
y un palo para dar las órdenes al perro. Tiene la solidez de un tratante irritable y el aplomo sarcástico
de las rameras viejas. Derrocha tino y fibra en fijando la pieza, y sus sortijas rapiñan el oro del cadáver.
El tesón y el talento de su porte rijoso le dotan de una estética emoción imperturbable. Y remata el más
sabio seductor poderío al recoger los bártulos de la tierra, y se va.
Por esto, nosotros, indecorosos, aborrecemos la apariencia de nuestra envoltura carnal, el tejido fugaz
cosido sobre el hueso, la vestidura del esqueleto, ese ropaje sin vellón ni pelo. Aborrecemos la capa
del mal y la desesperación. El velo largamente violado por las caricias de la mano y el ojo.
Hagamos, pues, caso omiso de los falsos atavíos del sentido para dormir impúdicamente como el más
encarnado y carnal de los espectros.
ángel ferrer
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