merodeando al cuervo que nos habita

 

El huérfano que todo lo ve está obligado a someterse en silencio. Su secreto es un caracol
criado con insomnio y precisión.

Vi una vez un niño ciego, y la naturaleza se había equi­vocado. Era doloroso sentirlo inquieto,
atento al menor rumor provocado por la brisa en las hierbas, con los ner­vios prontos a erizarse
en un estremecimiento que le re­corría el cuerpo alerta.

Al fondo de todo esto habita un niño, un viejo cuervo preocupado por la situación. El pulso de la velocidad
es la madre que lo habita. Los niños juegan con él como con un fantasma, lo escarnecen y él duerme durmiendo
parado ahí, en la lluvia. Lo oye todo mientras escribo estas pocas líneas.

La habitación se oscureció toda dentro de la oscuridad, aunque por más oscura que fuera esa habitación,
era clara. Porque el niño no tiene miedo en el miedo. No tiembla en el centro de esa difícil luz. Como si nunca
hubiera visto una flor. Una flor que era el alma de quien acababa de morir atravesando la noche interminable
con los ojos abiertos.

Su dulzura es la de quien asumió la vida y su arco iris. Aunque no abandona su vida secreta, la que se desarrolla
durante la noche. De esta manera se presenta en la oscuridad el cuervo que le espera, cuervo de realeza.

Se trata de una situación, de un hecho para contar y olvidar. Pero si alguien comete la imprudencia de detenerse
un instante más de lo que debe, un pie se le hunde dentro y queda comprometido. En ese mismo instante,
ya no
se trata de un hecho para contar.

La noche es a su vida como ese cuervo diabólico y él es el hechicero del horror. La vida triste que es la orgía de su vida. 

 

 

 

ángel ferrer
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