merodeando al huérfano que nos habita
Todos tenemos un huérfano que nos habita. Esa parte de nosotros que recibe los embates
de la vida a pesar de la familia, a pesar de nuestras relaciones de amistad, de pareja. Hay alguien
ahí dentro que soporta todo en silencio.
Un silencio más o menos extenso, más o menos profundo. Cuando decimos que el autoconocimiento
es importante es como decir que hay que llegar al huérfano que nos habita,
a la consciencia de él.
El huérfano siempre está en el camino; incluso cuando no hay camino. Nacemos huérfanos y en llanto.
Un quejido que se va apagando necesariamente con los días para favorecer nuestro crecimiento
y comprensión de la vida y el mundo que nos rodea en silencio.
Un silencio que aumenta el espacio abstracto en el que vive el ser hasta el desierto.
Los choques de nuestra alma contra la valla del Tiempo hacen que nuestro huérfano se exprese,
explore los exteriores de una vida en la que no está incluido; agrande el campo de visión de lo que existe
más allá, lo no visto.
Muchas veces buscamos la paz, aunque es nuestro huérfano el que nos la exige. Exige nuestro trabajo
en encontrarla. Hay algo que nos molesta y no sabemos qué es. Y distraemos la mirada interna con placeres
momentáneos abandonando al huérfano que nos habita a su propia suerte.
Cuando le vemos empezamos a vivir para nosotros mismos. Ese abrazo necesario que provoca una reacción
para seguir a pesar de no ser nuestro universo, ni tener el privilegio de una melodía,
el de ser escuchada sin ningún eco.
ángel ferrer
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