merodeándonos con los obispos de la vida
Los obispos de la vida van por el run con la cabeza más alta que los demás, sin saber
que tener la cabeza alta es otra cosa bien distinta, que cada fallo es una elevación. La vida
se ejerce en libertad, con aciertos, pero también con errores, con zancadillas que provocan
esos errores. No se dan cuenta de que son perfectos porque no conocen la zancadilla. Algo
de lo que se han librado por azar.
Siempre tienen el control de sí mismos, un control bien fundamentado en la ética más pura
y humanística, ideal, pero no práctica, es decir, con el corazón en negativo. Por eso juzgan
desde su alegría implacablemente, —sin esa mirada antropológica que te hace chocolate azul
para desayunar—, porque se visten con los faustinos del amor.
La diferencia entre un ser perfecto y otro perfecto es que el perfecto no involucra a otros.
La habilidad más preciada del obispo es pasar la responsabilidad a otro por la espalda.
Siempre van por delante y no les gusta que les adelanten. Son negociadores de intereses
en caso de adelantamiento y después se ríen del contrato por la espalda.
Prohibido evolucionar por delante de los que mandan, de descubrir más allá del ambiente
construido que respiramos. Se aceleran los flujos en el tiempo. Y frente a frente, imbatidos
en lo parasimpático caminamos con el espíritu abatido.
Mientras tanto, los pájaros, esos pequeños cúmulos de entusiasmo alado nos dicen que otra vida
es posible. Pero caminamos mientras nos rozamos en el paso de peatones, así, tan cerca
y tan lejos. Así, en involución; en la disolución del ser. Acompañadamente condenados entrechocando.
Silenciosos, lo que da opciones diferentes a los hilvanadores que tejen un ovillo más amplio abarcando
varias redes en una sola red.
Esas leyes sin amor hacen que por entre los cauces vuelen depósitos de lava y hielo. Y el glucocálix
de nuestra inconsciencia se rompe derramándose los líquidos que entran en conflicto en la batalla.
Después del estrago, desconfiamos de los hilos. Nos responsabilizamos no sé si felices, solos y protectores,
como quien conduce mientras algunos duermen involuntariamente vivos. Y en ese momento nos preguntamos
si solo somos infinito tiempo contenido mientras tejemos mismascircunstancias.
ángel ferrer
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