Supongo que es la inocencia de la humanidad, la humanidad inocente, no culpable,

la humanidad previa, anterior a los circuitos sociales o insociales del abuso, engaño, menosprecio,

prejuicio, consumo, venalidad y tal.

Aquí está ella, con su cazadora de cremallera y cuello vuelto, con su bolsa o su mochila, con su cara

de expresión adolescente y su cola de caballo. ‘Me advirtieron sobre las mujeres y el alcohol, pero nunca

me dijeron nada sobre las adolescentes y la cocaína’.

Tal vez los adolescentes leen la vida demasiado deprisa o demasiado despacio, no sé; tal vez los

adolescentes todavía no han entrado en el tiempo de los relojes –‘el tiempo tiene un miedo ciempiés

a los relojes’- dijo el poeta; que es un tiempo negociado, adulto, rígido, mortal.

Aquí esta ella, ya hermosísima: hija, sobrina, hermana, madre, tal vez tía de la belleza, incluso nieta

o abuela, en todo caso emparentada con la belleza y sus formas: ya de la ilustre parentela de las mujeres 

hermosas. Está de pie, es bípeda, y se peina; y ya sabe, quizá, esperar lo inesperado; y podría morir

por una causa; es ya individual pero colectiva: sus largas cejas apuntan al infinito, su larga boca besa

la eternidad.