Con los ojos grises y la respiración pulmonar, Amanda es (parece ser) una chica sana y decente,

dulce y encantadora, con esa belleza que tienen (a veces) las chicas bien de las familias bien.

Sabe manejarse en sociedad, llevar pamela y decir ‘par delicatesse j’ai perdu ma vie’.

Optimista, alegre y buena ciudadana, cualquiera que necesite un favor civilizado recurre, sin dudarlo,

a Amanda, que confía plenamente en la bondad del género humano y nunca tiene deseos desviados.

Su alma está ordenadísima, tiene un lugar en la gran familia de las cosas y, desde que era niña,

para no sentirse sola se coge a sí misma de la mano. Sabe que hay cosas que sólo se perciben si se

está siempre, siempre, intentando la felicidad.

Su belleza, limpia como su mirada, es bonita y simétrica, sin desgarros ni segundas intenciones.

Lo único que cabe decir de las personas a las que nada se les puede reprochar es que suelen resultar

poco interesantes. ¿Diremos, como el poeta, que es una mujer guapa, pero que en conjunto no es hermosa,

ya que no hay ni una pizca de sal en su cuerpo de doncella? ¿podemos argumentar contra su belleza

que su vida ha sido plana hasta el día de hoy, sin relieve, impersonal y sosa? ¿es como nosotros,

suciamente humana, con suturas o cicatrices que muestren que ha perdido algo, algo?

El poeta dice que el amor empieza cuando se rompen los dedos, y cuando te has quedado muchas

veces silencioso hasta la maldición: así aprendes cómo anuda el amor, y cómo alienta sobre el vinagre

hasta volverlo azul.

Amanda es una mujer guapa, bonita, con los ojos grises y la respiración pulmonar.

 

 

 


 

 

 

 

 

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