Anna nos envía sus piernas, que cruza en los tobillos, quizá para mantenerse lejos, distante, ajena:

para que nos ocupemos de sus piernas en vez de ocuparnos de ella, o para que sus piernas sean

para nosotros un obstáculo, un espacio que no se debe rebasar.

Se ha sentado —de pie— en un sillón escaso y, con la mano izquierda, sostiene una cruz relativamente

grande, colgada de una cuerda.

Anna está como con sueño, cansada de ojos o de mirar, tendida en el sillón, con los ojos entrecerrados.

Tal vez ha entrado ya en esa zona de aguas dudosas para resbalar hacia el sueño, porque, a menudo,

uno se va hacia el sueño por deslizamiento, como un pez que se escapa de las grandes manos duras

de la realidad.

Para dormirse, no sólo es necesario aceptar el extravío, la entrega, el abandono en el sueño, sino también

que el extravío, la entrega y el abandono del sueño lo acepten a uno como digno, como bello durmiente.

El juicio, el criterio de realidad de la escena no está roto: aunque la carga de irrealidad sea alta —por el

ambiente, o la estética de irrealidad— no alcanza la irrealidad irreal: todo es extraño, con una atmósfera

enrarecida en penumbra, pero no hay elementos irreales: la coherencia se mantiene.

Anna está hermosa como un cadáver que se nos entrega, con los pies por delante, como una difunta de

buen ver, una finada bonita con unas piernas preciosas.

 

 

 


 

 

 

 

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