hablo con amancio

 

 

primera versión

 

 

De las moreras abrasadas por la luz, las visitadas por serpientes ciegas;

de los grandes perales en cuyos frutos se alimentan pájaros invisibles;

de los pinares inmóviles y de los fresnos temblorosos

 

surge la musculatura encendida en las cifras inversas que se desprenden de la serenidad y del dolor;

surge el bañista indeciso sobre el hermano amortajado en su propia luz;

surge el monstruo arrodillado ante sí mismo, el espectador del vértigo.

 

Surge el ser silencioso, el conocedor de abismos habitados por ancianos en cuyas venas hierve la misericordia;

surge el ser pensativo en su propia blancura y en la tristeza de sus genitales;

surge el ser andariego, el que lleva en sus brazos al animal herido por presagios;

surge el gigante insomne, el enloquecido por los astros y atormentado por la geometría.

 

Tú hieres y acaricias la madera en nombre de la libertad;

sueñas en el interior del bronce y en las celdas graníticas,

amas la luz de los cuchillos en las arterias vegetales,

creas al mismo tiempo el resplandor y la sombra y

llevas la vida al interior de la muerte.

 

Finalmente, conduces relámpagos a la quietud. Así, en tus manos,

la madera es sagrada.

 

 

 

 

 

segunda versión

 

 

 

De las moreras abrasadas por la luz, las visitadas por serpientes ciegas;

de los pinares inmóviles en el espesor del pasado;

de los grandes perales en cuyos frutos se alimentan pájaros invisibles

y de los fresnos temblorosos

 

surge la musculatura encendida en cifras incomprensibles, las que se desprenden de la serenidad y del dolor;

surge el bañista indeciso sobre el hermano amortajado en su propia luz;

surge el monstruo arrodillado ante sí mismo, el espectador del vértigo;

surge el ser silencioso, el conocedor de abismos habitados por los grandes bífidos y por los ancianos en cuyas venas hierve la misericordia;

surge el ser pensativo en su propia blancura y en la tristeza de sus genitales;

surge el ser andariego, el que lleva en sus brazos al animal herido por presagios;

surge el gigante insomne, el enloquecido por los astros y atormentado por la geometría.

 

Amancio: tú hieres y acaricias la madera en nombre de la libertad;

tú sueñas en el interior del bronce y en las celdas graníticas,

amas el resplandor de los cuchillos, entras en las arterias vegetales,

creas al mismo tiempo el resplandor y la sombra,

llevas la vida al interior de la muerte.

 

Tú atraviesas olvido y conduces relámpagos a la quietud. Así, en tus manos,

la madera es sagrada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dos versiones de un poema de Antonio Gamoneda dedicado al escultor leonés Amancio González Andrés, aprovechando que el artista muestra sus últimas obras.

La primera versión de este poema apareció publicada en el catálogo de la exposición ‘Entre Arte II’ (Palacio Revillagigedo, Gijón, 2007).

La segunda, reescrita con posterioridad por Gamoneda, es la que figura en la web del escultor leonés.