unos días escritos

 

antonio muñoz molina

 

 

[DE UN DIARIO INÉDITO DE MUÑOZ MOLINA]

 

 

The ultimate impulse to write? Because all

this as going to vanish. The only things left

will be the prose and poems, the books, what

is written down.

James Salter

 

 

6

de noviembre |

En la mañana de sol suave y luz húmeda empiezo un cuaderno nuevo, que compré en Amsterdam, en aquella papelería exquisita que visité tantas veces, y adonde llevé a Miguel y Arturo, que comparten conmigo el amor táctil por las tapas de cartón y las hojas en blanco. Creo que va a ser un cuaderno propicio. De algún modo refuerza el estado de expectativa y de sueño lúcido que se me ha ido filtran­do estos días a la conciencia, y que pa­rece contener el inicio de una historia.

 

9

de noviembre |

La tierra y las plantas del jardín empapa­das de tanta lluvia. Las hojas an­chas de la higuera y de los plátanos del vecindario adheridas al suelo mojada Silencio en la mañana del día absurda­mente festivo —la Virgen de la Almudena. patraña de Madrid—. Creo que saldré a dar un paseo en la bici, aprove­chando la ciudad casi desierta. Días laboriosos, tranquilos, gra­tamente monótonos. Pocas obliga­ciones, algunas de ellas que voy pos­tergando.

Leo con fervor El astillero y Ulysses. En los dos casos la prosa tiene la intensidad y la pureza de la lengua poética. Ulysses me recuerda cada vez más el Quijote, o una mezcla del Quijote y Persiles, porque tiene por igual el amor por lo real y la volun­tad de construir una fábula poderosa. Pero la burla de los lenguajes heroicos es la misma en Cervantes y en Joyce, y también la furia ética y política, que a Cervantes se le acentuó al envejecer. En anteriores lecturas no me había dado cuenta plenamente de que en Ulysses hay una diatriba furiosa con­tra el nacionalismo irlandés, al mismo tiempo que una denuncia y una burla del dominio británico sobre Irlanda.

 

10

de noviembre |

El des­ánimo público le infecta a uno el alma, ensombrecién­dole hasta los reductos más privados de la vida. Casi cada día se suicida una persona que iba a ser desahuciada por el banco. El porvenir da mucho miedo. En el periódico están despidiendo a mucha gente valiosa a la que cono­cemos: Ramón Lobo, Ángeles García

 

15

de noviembre |

Ayer, huelga general. Por la tar­de hubo una manifestación enorme por el centro de Madrid.

Yo había quedado con Michael Reid, el editor para España y América Latina de The Economist. Habíamos hablado ya otra vez hace años, cuando España vivía aún en pleno defirió. Es un hombre cultivado y sensato, con esa disposición anglosajona a obser­var y aceptar la realidad de las cosas que a los hispánicos nos cuesta tanto. Perspicacia y también voluntad de comprender, dejando en suspenso en lo posible las ideas previas de uno.

Claro que con toda esa sensatez los anglosajones se dejaron arrastrar igual a la invasión delirante de Iraq.

El otro día, leyendo maravillado y emocionado El astillero, pensé que la novela también trata de eso: la incli­nación hispánica por las fantasmago­rías, el hábito de seguir viviendo al margen de la realidad y de ver no lo que existe sino lo que uno está empe­ñado en ver.

 

17

de noviembre |

Crucé Madrid entero en bici has­ta el Palacio Real, para ver la exposición sobre Goya y el infante don Luis que ha organizado Calvo Serraller. Sucesión rápida de las imágenes de la ciudad, como una película acelerada: los compradores de oro en la Puerta del Sol, el humo de los puestos de castañas asadas, el aceite barato de las fritangas de los bares. Había una niebla en la que se traslucía un poco de sol, aunque no llegaban a proyectarse sombras.

Lo mejor de la exposición es el gran cuadro de Goya, el de la familia del in­fante don Luis. Hay un personaje con cejas anchas y ojos muy negros que mira al espectador con una cara de guasa que es del todo contemporánea. La impresión que da el cuadro es de un terrible aburrimiento nobiliario. Y Goya en un ángulo, pintando, como en cuclillas, joven, un sirviente más.

En la cama casi todo el día, con un catarro pesado pero no molesto. Por la claraboya veía las nubes viajeras y la parte más alta de la copa de un plátano con todas las hojas amarillas, oscilan­do en la brisa. Me quedaba adormila­do y oía la lluvia, en rachas breves, que se desvanecían enseguida

Una lectura perfecta acentuaba la indolencia- el Journal of the Beagle, la prosa limpia y detallada de Darwin, esos paisajes desiertos de Argentina y Uruguay poco después de la indepen­dencia. La esclavitud, las matanzas de indios. Me parece que tengo doce años y que estoy leyendo Los hijos del capitán Grant.

 

4

 de diciembre |

Lisboa. Casi trece años sin venir. El recono­cimiento llega despacio, prece­dido por las sensaciones inmediatas, la templanza en el aire, la suavidad de los colores, tonos pastel ajados, como usados por la intemperie y el tiempo, los muros rosados, o de un ocre casi gris, o azul, los tejados, las perspecti­vas de la lámina ancha del rio al fondo de una calle.

Estamos en un hotel que no es un hotel, una casa antigua rehabilitada por una española que alquila habita­ciones y prepara desayunos. Su nom­bre profesional es María en Lisboa. Todo tiene un aire confortable y algo bohemio, en los altos del barrio de Graça, que yo no conocía Desde las ventanas se ve una ladera boscosa que asciende hacia la torre blanca y el mi­rador de una iglesia, y más allá está la colina con el castillo de San Jorge, y al fondo del todo, iluminado ahora, de no­che, la guirnalda del puente 25 de Abril.

Nos encontramos con Arturo y su novia Paula. Ella muy guapa, una mujer ahora más hecha, y Arturo con un aspecto saludable, muy contento de estar aquí, con sus trabajos de tra­ducción y sus estudios de portugués. La melodía exótica del idioma. Come­mos ricas cosas populares, bacalao con garbanzos, lomo de cerdo alentejano con almejas, migas con huevo frito, pan consistente y sabroso. Su­bimos y bajamos cuestas imposibles, por las que se encaraman sin dificul­tad los pequeños tranvías, destarta­lados y eficientes, con su perdurable tecnología de hace un siglo.

Parece que uno está predestinado a enamorarse de ciertas ciudades co­mo de ciertas mujeres: Amsterdam, Lisboa, tan distintas entre sí, tan co­nectadas cada una a su manera con las navegaciones oceánicas y el comercio de Oriente.

Mucha basura por las calles, mea­dos, grafitis inmundos ensuciándolo todo, hasta los costados amarillos de los tranvías.

Ganas de escribir: aquella historia de los siete días que pasó en Lisboa, un poco antes de que lo detuvieran, James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King.

 

5

 de diciembre |

Visto y no visto. Llegamos anteayer a Lis­boa y nos vamos mañana. Para mí lo mejor ha sido ver a Arturo bien instalado en la ciudad, muy bien acom­pañado por Paula, los dos envueltos en una especie de inocencia que los hace parecer vulnerables y a la vez protegi­dos el uno en el otro. Hemos cenado con ellos estas tres noches. Hoy nos han enseñado el apartamento donde viven, pequeño y bastante espartano, pero se ve que muy disfrutado por los dos. Está en lo alto de una escalinata en la Alfama, al fondo de un callejón. Lue­go hemos paseado un poco por el ba­rrio, que sigue oliendo a comida casera y a sardinas asadas, como en mi primer viaje, hace veintiséis años: la edad que Arturo tiene ahora.

Esta mañana había en el aire una neblina plateada. Hemos bajado a la Praga do Comércio, a la escalinata en la que rompe el río. Me he acordado de la primera vez que llegué aquí, vinien­do de la estación de Santa Apolonia, después de una noche entera de viaje. La luz húmeda de la primera hora de la mañana, las fachadas desconcha­das y los azulejos, la ropa tendida en los balcones.

 

7

 de diciembre |

Nos despe­dimos anoche de Arturo y Paula en una esquina en cuesta de la Alfama, después de cenar con ellos en un restaurante del barrio. Yo creo que a Arturo le gustaba mucho enseñar­nos esos lugares que ahora son parte de la vida que tienen en común.

Nos hemos ido con pena de Lisboa. Es una ciudad de la que uno se enamora de otro modo a como se enamora de Nuera York o de Amsterdam, con una intensidad más secreta, porque casi todos sus atractivos son poco acen­tuados, como en tono menor.

Algunas zonas de Madrid tienen un encanto parecido: el de lo muy usa­do, lo que no es espectacular ni impe­cable, lo que ha ido haciéndose despa­cio a lo largo de mucho tiempo, al hilo de las vidas comunes, no de proyectos ingentes. Cada vez soy más sensible a esa forma de belleza.

La exuberancia de la contención, cuando la contención se desata.

No quiero que se me olvide la llo­vizna tenue como una casa, cayendo de un cielo entre despejado y nublado, el sol brillando en las gotas de agua, o las chispas de luz en la superficie mó­vil del río, delante de los peldaños en los que termina la Praga do Comércio, resbalosos de algas en la marea baja.

En el aeropuerto leía en estado de trance los poemas de Alvaro de Campos tan torrenciales, tan oraculares, entre Whitman y Lorca.

En Madrid hace un tiempo co­mo el de Lisboa, nublado, sin lluvia, el pavimento mojado. Fui a la calle Barbieri a comer con Tom Kallene, el sueco estrambótico amigo de Elvi­ra, que lo conoció cuando trabajaban los dos en la radio, en el programa de Toni Garrido.

Tom es excéntrico, pero también es muy verdadero, sin sombra de po­se. Como se convirtió al catolicismo, se persigna antes de comer. Con die­ciséis años se fue a Estados Unidos y acabó trabajando de cowboy en un rancho de Montana y jugando al ba­loncesto en la reserva de los indios Nez Percé. En Nashville, junto a la puerta de un estudio de grabación, vio a Johnny Cash, que había salido en un descanso a fumar un cigarrillo. Tom se acercó a saludarlo y Johnny Cash fue muy amable con éL En la gente grande de verdad siempre hay sencillez.

Comemos en Casa Salvador, por­que además de católico, Tom es un tremendo taurino. Platos excelen­tes, modestos y auténticos, como de Lisboa: habas tiernas fritas, potaje de garbanzos con espinacas, coliflor rebozada. 

El dueño, que conoce a Tom, se sienta al final con nosotros. Nos cuen­ta que llegó al barrio en 1948, cuando estaba lleno de prostíbulos. Casas caras de cien pesetas el polvo, y luego más modestas, hasta las de veinticin­co, donde iban los soldados. El traba­jaba de botones en este mismo restau­rante, que era de un tío suyo. Vio en él varias veces a Ava Gardner y a Luis Miguel Dominguín. De Ava Gardner dice que le impresionaba su belleza y la desenvoltura con que dejaba ver las piernas desnudas.

 

10

de diciembre |

Ter­miné de leer el libro de Françoise Gilot sobre Picasso. Se ve que es una mujer inte­ligente y fuerte. Siendo tan joven fue capaz de resistir el hipnotismo de­predador de Picasso. Algunas imáge­nes poderosas: Picasso yendo a todas partes con una maleta llena de dine­ro, contando billetes y perdiendo la cuenta,y queriendo imitar la destre­za manual de Chaplin cuando cuenta dinero en Monsieur Verdoux: cuando se afeitaba por las mañanas, para en­tretener a sus hijos pequeños, se pin­taba una nariz y una boca de payaso con la brocha y la espuma, delante del espejo.

 

15

de diciembre |

Una de las formas más bellas de la simplicidad es el silencio. Lo disfruto esta mañana de sábado, sin más alteración que un perro la­drando a lo lejos. Sábados y domin­gos en esta casa son de una quietud admirable.

Ayer por la mañana iba en un taxi, mirando sucederse la ciudad en el día oscurecido de invierno, y el taxista me sacó del ensimismamiento al pregun­tarme si quería que pusiera la radio. Entonces me di cuenta del silencio que había ido disfrutando.

Hoy continúa la perfección del invierno. El viento y la lluvia casi han terminado de derribar las últimas ho­jas en los árboles. En las ramas pela­das se posan pájaros diminutos, como inquietos o ateridos por el frío.

 

18

de diciembre |

El Oratorio de Navidad de Bach. Soy un ateo que se pasa la vida emocionándose con la música religiosa.

Ayer tarde me sacó del agobio y el remordimiento de las obligaciones un concierto de música para piano de John Cage en el Auditorio Nacional. Tocaba un pianista francés muy bueno, Bertrand Chamayou. El mejor Cage es el que hace esa música contemplativa y sin peso. Por momentos me hizo dis­frutar de un estado casi de trance.

Vino Antonio a comer, con todo el cansancio de su trabajo. También apareció Miguel, resfriado y conten­to, atareado en mil cosas. Y como ha­bía hablado por teléfono con Arturo y Elena, fue mi día colmado en el campo de los amores filiales.

 

20

de diciembre |

Voy a la Complutense esta mañana, a la Facultad de Letras. Me había invitado a hablar en su clase Erik Koenen, el traductor al holandés de Sefarad. Erik tiene una cara áspera y atractiva, como de in­temperie. Se parece a Trevor Howard. Tiene propensión a decir las cosas con una franqueza brusca, como pa­ra hacer evidente su voluntad de no halagar. Cuando me contó que estaba leyendo mi libro sobre Córdoba, me dijo: «Me gusta mucho más tu estilo de hace veinte años que el de ahora». Y hoy al decirme que ha leído los cuen­tos de Nada del otro mundo se apre­sura a especificar: «Me han gustado el primero y el último». Quizás en eso no le falta razón.

Pero es muy buena persona, y muy afectuoso. Ha adoptado, con su mujer, a dos niños gitanos húngaros, dos her­manos de 8 y 4 años.

Daba algo de escalofrío temporal pasar junto a la horrenda arquitec­tura de la Facultad de Periodismo, o de las llamadas ciencias de la infor­mación, y hacer la cuenta de que han pasado treinta y ocho años desde que anduve por allí. Pero el recuerdo per­sonal es menos vivo, y hasta menos preciso, que el de Ignacio Abel yendo a buscar a Judith Biely a la facultad de Filosofía, recién inaugurada, en la primavera de 1936.

Erik me presenta a una alumna bióloga especializada en Zoología. Amable, asertiva, de unos cincuenta años, con el pelo corto y gris, guapa. Me dice que está terminando Filolo­gía, y que sus conocimientos zoológi­cos le ayudan a comprender mucho mejor las Metamorfosis de Ovidio.

También me cuenta, con la misma sonrisa apacible, que tiene un cáncer y que se va a morir de él. Empezó sien­do un cáncer de mama. Le quitaron los dos pechos, pero se ha reproduci­do. Si se operara otra vez tendrían que vaciarle el tórax. Lo peor de la quimio­terapia, me dice, no es quedarse calvo: es quedarse sin cejas. Al que se queda sin cejas se le borra la cara, y por lo tanto la identidad.

 

23

de diciembre |

Un consejo de Saúl Steinberg: un aficionado al arte debe recorrer los museos en pati­nes y no quedarse en cada sala más de cinco minutos.

Las llegadas compensan la pro­pensión melancólica de estas fechas. Arturo vino de Lisboa ayer por la tarde y Elena llegará de Sevilla dentro de un rato. Me gusta el tono a la vez liviano y verdadero de los encuentros familiares. Ayer cenaron con nosotros Arturo y nuestra amiga Teresa, recién venida de Japón para las vacaciones. Hoy comemos con Arturo, Inma y Antonio. Quedamos en la Taberna del Puerto, en la calle Menorca, y como hace una mañana tan espléndida, Ar­turo y yo vamos dando un paseo de ca­si una hora desde casa, charlando todo el camino, mientras atravesamos el barrio de Salamanca por la calle Ge­neral Pardiñas, que tiene una belleza modesta y distinguida de Madrid, con edificios armoniosos, árboles, tiendas pequeñas, algunas de mucha tradi­ción, con buenas rotulaciones, lo cual es un alivio para la mirada.

Ya no hay conversaciones que no tengan que ver con la crisis, y con el desastre de la política. Durante la co­mida Antonio y Arturo expresan opi­niones muy firmes, muy racionales. Por fortuna ya pasaron aquellos tiem­pos del hosco silencio adolescente en la mesa.

He escuchado hace un rato en la radio el final prodigioso de la Sinfonía número 15 de Shostakovich: un extin­guirse lento, sin énfasis, una disolu­ción en el silencio.

 

27

de diciembre |

Me levanto a las siete, por­que Arturo tenía que marcharse temprano. Mientras él se ducha y recoge sus cosas, yo preparo el desayuno. En ese silencio la tarea diaria de hacer el café, disponer las tazas, las cucharillas, el azucarera et­cétera. cobra un aire más acusado de ritual monástico.

Arturo está tranquilo y animado, y desayuna bien: el café con leche, el zumo de naranja, la carrot cake que hizo Elvira. Hace mucho frío y ya está amaneciendo cuando nos despedi­mos con un abrazo en la puerta del jardín. Ahora va a Granada, y luego a Úbeda, a ver a mi madre, y por fin regresa a Madrid de camino hacia Lisboa, así que es probable que vol­vamos a verlo antes de irnos a Nueva York.

El día de Navidad, mientras co­míamos, o más bien un momento antes, cuando nos habíamos senta­do los seis a la mesa y Elvira estaba a punto de servir los platos del potaje de garbanzos con espinacas, con su aroma tan suave y sus colores tan alegres —ella había pasado toda la mañana cocinándolo—, tuve un mo­mento de felicidad y de congoja, y hubiera querido que existiera la costumbre formal de la acción de gra­cias. Dar las gracias por el esplendor de ese momento, por los hijos ma­yores encaminados en sus vidas, por los regalos que estábamos apunto de intercambiar. Al prescindir de esas formalidades se le ha quitado poesía implícita a la vida. ■