Aunque ya no me interesa ni a mí, diré que he estado unos meses viajando

por viajar, derrochando el dinero que tengo por castigo y perdiendo el tiempo

ya escaso de una vida que aprecio y desprecio, a partes iguales. 

Buscaba, sin pasión, la respuesta a una pregunta capciosa que me sorprendió

un buen día en la ducha: ¿hay, en este mundo ya tan viejo, algún hombre 

que pueda llamarse libre? Como es natural, la sola palabra libertad, ni siquiera

pronunciada, sino dicha para mis adentros, al modo que llaman verbum mentis, 

me puso los pelos de punta. 

Tal vez podría encontrar, me dije mientras me secaba, un cordero, un caballo, un

lobo al que llamar libre, por lo menos en el sentido restringido de semejante palabra. 

Pero no podía ni siquiera imaginar qué comportamiento, qué tipo de vida, qué

intereses o placeres tendría un hombre libre. 

 

En cualquier caso, estoy ya de vuelta y con hambre -no tanto de poesía, ya que

creo [sinceramente] que a eso que llamamos poesía le sobra una cosa, sólo una:

las palabras- sino con hambre de sentido, de significado. 

Veremos si existe y, sobre todo, si se puede incorporar a la propia vida, al cuerpo,

porque necesito sentir su peso entre las costillas: más o menos donde localizamos

el amor cuando es amor -y no, como tantas veces, la digestión del bocata de

calamares que nos hemos comido deprisa, sin masticar, pensando en cómo

ser libres, que tiene que ser mucho más que sólo estar sueltos. 

 

Saludos de vuelta

 

narcisodealfonso

 

 

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