eduardo moga

 

 

[creía que el insomnio… ]

 

 

 

 

Creía que el insomnio era un coágulo de silencio, un edredón lacerante que acallaba el estruendo de las rosas,

pero me equivocaba: puede oírse.

Chirrían las paredes del cerebro; producen, como cristales arañados por las sombras, un frufrú adusto: es la sangre,

cuyo fluir, exacerbado por la quietud, ensordece; es la insistencia del ser en ser, aferrado al reverso de los ojos,

a los salientes interiores de la piel; es la nada, que reside en mí, y martillea.

Oigo la maquinaria del cuerpo, engrasada por el tiempo o entorpecida por él [chapoteo en el tiempo: es arena.

Lo piso, pero no avanzo: las huellas son el yo; la ausencia de huellas también es el yo], y tropiezo en cada minuto:

en sus raíces impetuosas, que cuartean el asfalto por el que transito.

Oigo el tañido del ojo, que resuena en esta oscuridad blanca y vuelve, después, a su refugio orbital.

Repican las llagas que constituyen mis límites, partícipes de las heces y el espíritu, y se atienen al dolor, se interrogan

por que siga aquí, asediado por mi nombre, corroído por mi nombre, jadeante, muerto.

Suena lo encerrado en los pulmones, lo que discurre por los huesos y la soledad, lo que arraiga en la mirada

y propende a la luz.

Pero la luz carece de estructura: la atraviesan líneas adversas, ajenas a toda superficie, que urden un tapiz de 

sombras cenitales.

Gotea el hígado, y su supuración desconcierta a los relojes [el tictac de los hematíes se confunde con el mero

estar, con este desplomarse de lo inmóvil].

Me espanta la laxitud que soy. La vigilia, y no el sueño, es el simulacro de la muerte.

En esta turbulencia quieta, el sexo vibra: nos contiene, a la vez que nos destruye. El sexo nunca acaba, como la confusión.

Lo que no oigo es lo que no dejo de oír: el zumbido del acúfeno.

Al igual que la materia es la exasperación del vacío, delimitado por el girar de los átomos, el tinnitus es la exasperación

del silencio, delimitado por el griterío de las células.

Soy el destinatario de una reacción sin estímulo; soy la madera alrededor del clavo; rechino como el agua en la que

se clava un alfiler.

El acúfeno no tiene meandros: es una hemorragia funeral, brotada de un desencajarse sin causa.

[Recuerdo unos pechos apenas míos, un taxi descalabrado, un archipiélago de buganvillas, un domingo de ceramistas

callejeros, de sol numeroso. Le gustaban mis brazos, y cómo olía, y hasta mi sudor.]

Todo se proclama, como si hubiera dejado de latir, pero sobreviviese.

Las cosas alcanzan la plenitud que les concede el yo incesante, el yo devorado por su seguir siendo yo, el cuerpo

saturado de hechos corporales, esférico, eléctrico, con sus ejes sarmentosos y sus zonas átonas y sus rincones

de tempestad.

El despertador se agranda: su tristeza es plural. Los cajones, empapados de penumbra, son más sólidos que antes:

más cosa que cuando eran solo cajones.

Los abro con los dedos de los ojos, y respiran sin inmutarse, entre sombras álgidas. También los libros que entreveo

en la otra orilla de la oscuridad adquieren un rigor arquitectónico, la espesura sibilante de una arboleda o el sabor que

todavía siente una lengua cercenada.

La conciencia vaga por un desierto sin arena.

El desierto es lo que vemos y lo que no vemos; nosotros somos el desierto, y nuestra voluntad de abandonarlo.

Una leche multitudinaria aviva lo callado con fosforescencias negras, e insectos que no existen, y latidos que confundo

con susurros.

[El aire cruje, como una membrana solicitada por una boca.]

Esa leche es lo percibido y quien lo percibe; esa leche destructora, pero creadora, que se nutre de centímetros,

que se detiene en cada molécula de noche, que deposita en las hondonadas de la piel los escombros de la locura,

no me permite separarme de mí: asegura la presencia del miedo, despliega su armazón infalible y me consume, como

una herida transformada en nacimiento.

Perduro, me extingo en lo que persiste, promuevo una razón sola, una razón que delira, una supervivencia monstruosa,

una única deserción.

El tiempo muere si se interrumpe: si cesamos.

De otro modo, cabalga, como un plasma letal: como un abrazo que fuera también una tumba.

[Recuerdo la última frase de Te me moriste , de un joven escritor portugués al que muchos auguran un gran futuro,

pero cuyos poemas rechazamos en la editorial: « Nunca te olvidaré», concluye, refiriéndose a su padre difunto. Qué error.

Cómo se puede rematar una elegía con algo tan gregario, tan indolente.]

El yo sigue fluyendo, pero me contiene. El yo desborda la identidad, y se derrama por los sujetadores y las corbatas,

por los muebles maniatados —que, no obstante, gesticulan—, por las concavidades de lo oscuro.

¿Qué hacer con tanto yo?, se preguntó Cioran, otro gran insomne [desde los diez años; su forma de sobrellevar el

insomnio consistía en comprarlo: en tener tanto dinero que no tuviera que madrugar, ni que levantarse siquiera].

No me tolero: me abrumo, me excedo; caen fragmentos de mí con la inexorabilidad con que amanecen los días y

con que soporto los días. Quiero liberarme de la red que soy, de la sed que soy; ansío sumergirme en la lucidez

de la inmateria, la de las cosas exentas de sí, la del mundo encarnado en ausencia, y que esa ausencia sea salvación.

Y en ese mundo dilapidarme, sin minutos, sin órganos, libre de círculos y sílabas, asistido solamente por la felicidad

de la negación, por el resplandor de lo intangible.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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