Georgina ha dado cuerda a sus dos brazos principales y los ha triangulado en la altura,

de axilas y de codos, y parece preparada para soltar el aeroplano elegante de sí misma

y descender planeando con los ojos abiertos, sostenida por el viento tibio, sobrevolando

los altos cocoteros y la desembocadura anchísima del río, siguiendo la línea de la playa

hasta el faro grande donde entrenan a los caballos a correr en la arena.

Sin quitarse el sombrero ni salir del silencio, Georgina vuela tocando la lenta perfección

del universo, que hoy está reducido de tamaño general y encogido de hombros, tal vez

por las primeras lluvias del otoño.

Georgina está hermosa de cabello y de boca fruncida, de lugares simétricos y de ojos de pájaro,

con todo lo purísimo en su sitio colonial y con todo lo impurísimo a la espalda.

Suenan los colores oscuros como gallinas negras que Georgina no oye ni escucha porque está

sobre todo espontánea o eterna y va de cinco en cinco a la unidad: sólo quiere soltarse de una vez

y sentir cómo el viento la ciñe por la cintura.