fabio morábito

 

la lenta furia

 

1ª ed

Buenos Aires

Eterna Cadencia

Editora, 2009

112 p .; 22×14 cm.

 

 

de caza

 

             

 

Cuando fui a casa de Luis a preguntarle si quería ir a cazar lagartijas, me abrió su madre y me dijo malhumorada que Luis estaba (por su cara entendí que ella también) haciendo la siesta.

Pasé a casa de Osvaldo, pero Osvaldo también dormía (me lo dijo su hermana Concha, con los ojos amodorrados); fui a ver a Roberto, que afortunadamente estaba despierto pero tenía que arreglar no sé qué de la cañería del baño; y yo acababa de abrir la puerta para marcharme cuando de uno de los cuartos salió Arturo, el hermano menor de Roberto, y dijo que me acompañaría. Me había olvidado de él, como siempre. De haberme acordado no hubiera subido a casa de Roberto.

Arturo, que desde siempre se junta con unos muchachos de otra cuadra, se nos pega sólo de vez en cuando, cosa que todos le agradecemos, pues vive en un continuo estado de excitación, cuando habla grita, siempre se desvía del tema y cuenta unos chistes espantosos.

Además es feo, oblongo, con las piernas desproporcionadas para su cuerpo. Yo, que soy bajito, cuando lo veo doy gracias de mi poca estatura.

Y por si fuera poco, escupe cuando habla. Hay que oírlo de lado, esquivando sus salivazos. Mientras bajábamos las escaleras del edificio, me enseñó su flamante resortera y desde ahí empezó a caerme mal. Era una resortera de plástico, de esas que se venden en las papelerías para los babosos que no saben hacerse una con sus manos. Ninguno de nosotros las usaba, pero Arturo, que a lo mucho era la segunda o tercera vez que iba a cazar lagartijas (con sus amigos creo que sólo jugaba béisbol o basquetbol), me dijo que era infalible y daba resorterazos al aire para calentar la mano:

-Mira el ángulo de la horquilla, está perfectamente calculado

-y puso la resortera a unos centímetros de mis ojos, porque es típico de ciertos altos creer que a los bajitos hay que ponerles las cosas pegadas a la cara para que las vean. Me aguanté para no darle un manazo y él siguió hablándome de las ventajas de un arma como la suya. Yo todavía tenía la esperanza de encontrar aquello para lo que había salido de casa: el lagarto que tenía su guarida en un punto de la barda de la fábrica de ladrillos.

Anduvimos las seis cuadras hasta llegar a la fábrica y yo casi no abrí la boca, porque él no me dejó. Brincaba de un tema a otro mientras yo me agachaba para recoger piedras para la resortera. Pensaba en el lagarto y las fui eligiendo más gruesas que de costumbre. Arturo me imitaba, pero agarraba las piedras sin fijarse en la forma ni el tamaño, como si recogiera pasto, y se fue el segundo detalle que me cayó mal.

Yo llevaba apenas unas diez o quince y él ya se había atascado los bolsillos. Parecía que iba a una matanza de cucarachas y no a cazar lagartijas. La fábrica de ladrillos no era ninguna fábrica de ladrillos sino una barda interminable de cemento y nadie sabía qué había del otro lado. Estaba llena de agujeros pequeños y redondos que las lagartijas usaban como madrigueras. Cuando uno acercaba la cara a los agujeros, las lagartijas se escabullían por la parte opuesta. Había que esperar que salieran a tomar el sol sobre el muro y, una vez que corrían por la barda, se les disparaba.

Disparar a ciegas dentro de los agujeros, sin tomar la puntería ni nada, era cosa de idiotas, y naturalmente fue lo que hizo Arturo desde el principio. Se acercó al muro, puso cuidadosamente la resortera junto a un agujero y tiró.

Después se agachó para mirar y levantó los brazos:

-¡La maté, la maté! ¡Ven a ver!

Me imaginé soltándole un tiro en la nuca y lo vi desplomarse cuan largo era, apreté los dientes y seguí pensando en el lagarto.

-¡No la puedo sacar, ayúdame! -gritó él.

Su grito espantó una lagartija que estaba parada a media barda y yo no pude tirarle y vi cómo se colaba por uno de los hoyos. Me volví hacia Arturo sintiendo una punzada en el pecho. Con un palito estaba tratando de sacar la lagartija que había matado, desistió y tiró el palito. Seguí caminando, pero ya incapaz de concentrarme en las lagartijas, sintiendo cómo el odio me colmaba y nublaba. No pasó medio minuto y volvió a gritar: 

-¡Maté otra, maté otra! ¡Ven a ver!

Esta vez, ayudándose con un pedazo de alambre, el idiota logró sacar la lagartija del agujero y vino hacia mí sosteniendo el pequeño cadáver sobre una cajetilla de cigarros que recogió del suelo. Por poco me la vuelve a poner junto a los ojos.

-Ya van dos -y agitó triunfalmente su resortera, como para demostrarme que era mejor que la mía. 

Sentí los brazos pesados y calientes y tragué saliva. Miré la calle desolada y sentí todo el bochorno de la siesta; no hacía nada de viento, desde que estábamos ahí habían pasado sólo uno o dos coches. Arturo aventó la lagartija entre los arbustos y de golpe me pregunté qué hacia con una resortera en la mano persiguiendo lagartijas sobre un muro. Ya estaba grande. Por algo ninguno de mis amigos estaba conmigo, sólo Arturo.

Me sentí como si me hubieran agarrado robándome algo. ¿O era Arturo, con su absoluta falta de decoro para la caza, que me hacía sentir un estúpido? Me dieron ganas de tirar la resortera y regresarme, pero de sólo imaginar sus preguntas, sobre todo sus salivazos, me quedé quieto. Además él habría interpretado ese gesto como una aceptación de que mi resortera no servía para nada y preferí quedarme para no darle esa satisfacción.

Miré los matorrales pardos y luego la barda. Me di cuenta de cuán feo era todo, lleno de hedores y basura, y me pregunté qué había detrás del muro. Cuando andábamos en bola las lagartijas nos absorbían tanto que nadie pensaba en eso. Me acerqué para ver por uno de los agujeros, no había ninguna lagartija adentro, o acababa de huir, y Arturo me preguntó a gritos qué estaba mirando.

-Si ya llegaron las prostitutas -dije.

-¿Las qué?

-Las prostitutas. Las que se dejan coger por dinero.Las putas.

Me puse a mirar por otros agujeros, pero eran demasiados pequeños para poder ver algo. Arturo se había acercado:

-¿A poco hay putas del otro lado?

-Está lleno.

Me separé y lo miré gélido:

-¿A poco creíste de veras que venía a cazar lagartijas?

Se quedó con la boca abierta:

-Déjame ver -y se agachó sobre el agujero por el que yo acababa de mirar; le quedaba tan bajo que tuvo que echarse de rodillas.

-No se ve nada -dijo.

Entonces yo me alejé unos pasos del muro, como estudiando su altura, y Arturo me miró excitado:

-¿Te vas a subir?

Le dije que ya lo había hecho, pero ahora me dolía la pierna. Mientras mirábamos el muro, dos lagartijas salieron del mismo agujero y empezaron a trepar hacia arriba, pero no nos movimos.

-¿Y cómo se pasan del otro lado?

-¿Las lagartijas?

-Las putas.

Le dije que por una puerta de la otra calle, que estaba siempre cerrada con llave.

-¿Y qué hacen?

-No seas idiota, se encueran para que se las cojan.

Pregúntale a tu hermano. A la palabra “cojan” Arturo se pegó a otro agujero, poniéndose otra vez de rodillas.

-No se ve nada.

-Para verlas hay que treparse, mejor vámonos-me despegué del muro y me enfundé la resortera en los pantalones. Empecé a caminar, pero él no se movió. Me

paré y miré su cara cónica. Estaba estudiando la altura del muro. Aun teniendo su talla yo no me hubiera atrevido a trepar tan alto.

-No hay de dónde agarrarse -dijo.

Sin moverse le señalé dos pequeñas salientes, una cerca de la otra, que sólo una lagartija habría notado.

-Con lo alto que eres, subes en dos patadas -dije.

Miró las salientes, se mordió el labio y me miró a mí. Yo creo que al verme tan chaparro le picó el orgullo.

-Ayúdame -dijo.

Me acerqué al muro, doblé la pierna y él puso su pata sobre mi muslo, colocó la rodilla en mi cuello y con mucha torpeza, agarrándose del muro, logró pararse sobre mis hombros mientras yo me cimbraba todo.

-No alcanzo -dijo.

Sé que no lo dijo para ofenderme, pero me molestó. Tuve que poner la cabeza dura, sentí su patota sobre mi cráneo y esta vez alcanzó la cresta y lo empujé por abajo para que pudiera encaramarse hasta los codos; por fin, pateando como una araña, logró ponerse ahorcajadas sobre el muro. Cuando lo vi allá arriba, en precario equilibrio, me dieron ganas de marcharme y dejarlo que se las arreglara solo para  bajarse. Pero quería saber qué había del otro lado.

-¿Qué ves?

-No hay nada -dijo nervioso-, aquí no hay nadie.

-Agáchate, que no te vean.

Se agachó pegando el pecho contra la cima de la barda.

-Dime qué ves.

-Puros pilares de cemento.

-¿Es una construcción abandonada?

-Sí.

-Mira bien detrás de los pilares, ahí se ponen las putas.

Arturo, sin levantar el pecho del muro, empezó a arrastrarse con dificultad; al levantar la rodilla, su resortera de plástico, que le colgaba del bolsillo, se cayó y se hundió en unos arbustos, pero él no se dio cuenta y yo no dije nada.

-No hay nadie -le temblaba la voz-, ya me quiero bajar.

-Mira bien, a esta hora siempre está lleno.

-Ayúdame a bajar -graznó.

-A lo mejor hubo una redada.

-¡Ya me quiero bajar, ayúdame!

 -Mejor bríncate.

-¡Cómo me voy a brincar, me mato!

-Todos brincamos, pregúntale a tu hermano.

-¡No seas cabrón, ayúdame!

En eso vi el lagarto sobre el muro. Había salido de las hierbas y ahí estaba, abajo de Arturo, marrón e inmóvil, grueso como un sapo, como si lo hubiera parido el cemento. Arturo se puso blanco y no se atrevió a moverse. Yo cargué la resortera. El lagarto lo miraba a él, y en seguida, como obedeciendo a un impulso eléctrico, trepó unos centímetros más y volvió a pararse.

-¡Mátalo, mátalo! -Arturo levantó las nalgas del muro, listo para saltar, y yo solté el tiro. Por un pelo le doy, el lagarto subió disparado y Arturo brincó, vi sus

patotas en el aire y no me di cuenta de que había saltado hasta que cayó sobre los matorrales pardos. Cayó mal, o será que un alto como él produce una sensación lastimosa al despeñarse.

Vi al lagarto alcanzar la cima y desaparecer del otro lado, me acerqué a Arturo que gritaba agarrándose la pierna, traté de levantarlo pero no quiso y vi que tenía el brazo y la mano derechos cubiertos de una pelusa verdosa. Había caído justo sobre unos matorrales de ortigas. Le dije que se calmara, me agaché a revisarle la pierna y lanzó un grito cuando le toqué el pie.

-Es el tobillo -dije.

Miré el muro para asegurarme de que el lagarto no venía de regreso, luego lo ayudé a levantarse, él se quedó parado sobre un pie y entonces gimió por el dolor en la mano y en el brazo, que se habían puesto rojos por las ortigas. Parado sobre una pierna, se rascó con frenesí y de la desesperación le salieron unas lágrimas. Tuvo que recargarse en mi hombro. Sólo podía pisar con un pie y empezamos a caminar muy despacio, pero a los pocos metros tuvimos que pararnos para que se rascara con furia.

Lloraba sin lágrimas, de la pura desesperación, y hasta me dio lástima. No me pregunten cómo anduvimos las seis cuadras hasta llegar a su casa. Él era un solo gemido y yo le hablaba de la redada a las putas.

Lo ayudé a subir las escaleras de su edificio, y su madre, cuando nos abrió, se llevó las manos a la cara.

-Me rompí la pata -fue el escueto anuncio de Arturo.

Entre su madre y yo lo sentamos en una silla y yo acerqué otra silla para que Arturo depositara su pierna. Roberto había salido a un mandado. Ante los gritos de su madre, alta y oblonga como él, Arturo mantuvo la calma y dijo que había tropezado en un agujero en medio de unos arbustos de ortigas. 

-¡Por andar matando lagartijas! -gritó ella, y Arturo, que ya se sentía un poco más aliviado, me miró con aire de inteligencia. Entonces se palpó el bolsillo, vio que

había perdido la resortera, le entró la desesperación y otra vez rompió a llorar, cosa que me dio gusto.

-¡Me da gusto -dijo su madre-, así no vuelves a esos lugares!

Arturo le contestó de mala manera, empezaron a gritarse (los gritos de la gente alta tienen algo de cómico, como si se fueran a despegar) y yo aproveché ese momento para deslizarme hacia la puerta, murmuré un tenue “con permiso” y me despedí con varias inclinaciones de cabeza, pero no me vieron. Juré que nunca más volvería a esa casa.

Me imagino que después, esa misma tarde, hablando con Roberto, Arturo se enteró de que yo le había tomado el pelo con la historia de las prostitutas.

Debió de odiarme porque las pocas veces que volvimos a vernos se las arregló para no dirigirme la palabra, cosa que le agradecí. Había librado a los otros y a mí mismo de su nefasta presencia, ya que nunca más, después de que le quitaron el yeso, volvió a cazar lagartijas con nosotros, y yo me enteré de qué había del otro lado de la barda.

 

 

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