morábito, fabio

 

 

la lenta furia

 

 

 

1ª ed

Buenos Aires 

Eterna Cadencia

Editora, 2009

112 p .; 22×14 cm.

     

 

mi padre

 

 

 

Nunca supe bien cuál era exactamente el empleo de mi padre. No debía de ser algo que lo entusiasmara mucho porque ni una sola vez lo oí hablar de su trabajo y cuando volvía a casa en la tarde tenía la expresión de haber despachado un trámite enojoso, como un niño que acabara de recibir una inyección.

En lugar de arrellanarse en un sillón a descansar le entraba durante un rato una fiebre de actividad como si quisiera compensar el tiempo mal gastado en la oficina, pero no hallaba gran cosa que hacer, tenía un carácter volátil y le costaba trabajo aplicarse a una tarea. Lo que más le gustaba era caminar, y tampoco en eso tomaba una actitud apropiada, avanzaba a grandes trancos como si lo reclamara un asunto urgente, no con el sosiego de quien pasea.

En algún momento le pareció que yo podría representar el punto de orientación que le hacía falta y decidió llevarme a sus paseos para educarme. Yo era un niño algo crecido que podría prestarle atención y seguir sus consejos y obedecer sus órdenes, aunque él era la persona menos adecuada para aconsejar y ordenar. Nunca me reprendió ni me echó discursos. Me agarraba de la mano y no perdía la oportunidad de indicarme el trasfondo y las partes ocultas de cada cosa que hallábamos en el camino.

A eso se redujo desde el principio el contenido de mi “educación”.

Creo que ese afán suyo por ponerme en contacto con las cosas no visibles se debía al tedio que le provocaba su trabajo administrativo y a la necesidad que sentía, en medio de tanta superficialidad, de ver y tocar los armazones de fondo, las verdades insustituibles y elementales.

-Mira -decía extasiado frente a cualquier cañería herrumbrosa que trepara por el costado de una casa o de un edificio-, mira ese manojo de tubos, cómo sube.

No añadía nada más, porque su sentido práctico era nulo y no era capaz de distinguir una instalación de gas de una de agua, y yo aprendí muy pronto a no importunarlo con preguntas incómodas. Lo importante era ver, tomar acto, asentir frente a esas evidencias cristalinas con una especie de fe o gratitud. Con el mismo espíritu vigilaba las alcantarillas y me las señalaba mientras caminábamos.

Quería que no olvidara que debajo de la ciudad la vida prosigue y se extiende y forma otra ciudad más afanosa pero tan cierta como la que vemos. Y yo, oyéndolo hablar, imaginaba un hervor descomunal de galerías, de entronques y rampas iluminadas, con hombres que se cruzaban en cien direcciones distintas. Así, el día que nos topamos con una alcantarilla abierta y nos asomamos a ver, la vista de aquel agujero sucio me dejó helado y él debió de notarlo. 

-Ésta es apenas la entrada -dijo, y se veía tan desalentado como yo.

Era un hueco oprobioso, y yo me di cuenta de que al lado de un mundo esbelto y victorioso que le habla de usted a la materia, hay un enorme fondo impenetrable, una masa sin trabajar y sin redimir que todos cubren para no ver. Nos especializamos en esa miseria. Salíamos como unos botánicos en busca de una planta rara y yo tenía que esforzarme por igualar las zancadas de mi padre.

A veces nos bastaba algo tan simple como un terreno baldío rodeado por una valla de alambre. La valla, que protegía arbustos y hierbas, resaltaba lo infame del lugar, donde hasta las piedras tomaban un aire de sobrevivencia y esfuerzo.

Permanecíamos absortos detrás del alambrado como si de un momento a otro vaya a saber qué trasvases íntimos podrían ocurrir. Estaba lleno de baldíos en todas partes, con sólo buscarlos. Ahí estaba, como una mala conciencia o un duro rencor, la estrecha línea de tierra que separa la acera de la calle. Era uno de los sitios sagrados de mi padre, quien partía de ahí con el ojo para hallar insensiblemente que todo era lo mismo: tierra y polvo en diferentes grados de concreción.

Así, ante un edificio en obra, en lugar de admirar la audacia del concreto, veía las grietas futuras, la demolición, como si construir fuera un paréntesis o un malentendido. Podía acariciar un tubo o un pedazo de varilla con la misma piedad con que San Francisco acariciaba sus pájaros y sus leprosos. 

Donde otros veían mera inercia, o sea no veían nada, él veía devoción y esfuerzo; tal vez por eso le interesaban los trasfondos, pues descubría ahí que nada se encuentra totalmente abandonado y que en lo más recóndito no falta nunca el mínimo armazón que reanima la masa inerte.

Sobre todo lo atraían las piezas secundarias, de refuerzo, cuya utilidad nunca está del todo comprobada. Aunque no era experto en nada, las reconocía de golpe y les dedicaba toda su atención; eran como el trasfondo del trasfondo, el estrato más humilde y precario, y cometía a veces peligrosas acrobacias para encararse a esa rebaba.

Ninguna cosa es más importante que otra, decía al sacudirse la tierra del pelo, los pantalones y las manos. Y aunque debía de quejarse de su empleo rutinario, no creo que hubiera sido más feliz cambiando de trabajo. La insustancialidad de sus tareas le era necesaria para sorprenderse ante el abigarrado concierto de los cimientos, y de emplearse como mecánico o albañil, a la larga, estoy seguro, se hubiera hastiado de esa discontinuidad correosa que se le negaba en su empleo de oficinista.

La necesitaba tal como estaba, como algo casual e incomprensible, por eso me necesitaba a mí, pues gracias a mí se situaba en la justa distancia frente a todo eso y podía verlo como un hallazgo, como si el contacto de mi mano le diera un poco de clarividencia; en realidad, como cualquiera que educa a otro, todo lo veía con mis ojos, así que en cierto modo yo lo iluminaba a él, yo lo educaba.

Por eso, cuando me enfermé de los bronquios y estuve dos semanas en la cama, él no dejó de salir, pero regresaba temprano, a lo mucho después de una hora, con la ropa limpia, sin ninguna señal de esas contorsiones que hacía para alcanzar alguna pulpa secreta, y yo me preguntaba si habría deambulado con las manos en los bolsillos entre los pilares y las vigas de una obra, o, aburrido de tanto suelo y de tanto trabajo, no se habría ido por ahí anhelando un sitio de verdad virgen para empezar a poner en orden su vida.

No me contaba nada de sus excursiones y yo sentí que al enfermarme lo había traicionado. Traté de reponerme muy pronto, no obstante mi odio a la escuela, pero justo el día que dejé la cama a él lo ascendieron en su trabajo y obtuvo un puesto de responsabilidad. Le comunicó la noticia a mi madre sin alegría, como un deber cumplido, y mi madre exclamó levantando los brazos al cielo:

-Por fin podremos irnos de esta casa.

Entendí que acababa de ganar una larga batalla que habían librado ella y mi padre desde hacía tiempo, y por primera vez él se arrellanó en el único sillón de la casa, estuvo mirando con preocupación un punto en la pared y no me atreví a pedirle que saliéramos.

Cuando volví a mirarlo estaba durmiendo.

-Deja descansar a papá -murmuró mi madre.

-¿No vamos a salir?

-¿A pescarte otra bronquitis entre los tubos y

los charcos?

Luego añadió más conciliadora, sin mirarme:

-De ahora en adelante papá va a regresar tarde, casi de noche. Saldrán los sábados. Y pronto vamos a tener un coche, ¿no estás contento? Saldremos con           papá en el coche.

Y se volvió y me abrazó con fuerza.

-Ahora vete a hacer la tarea -dijo-, ¿ya hiciste la tarea?

Era la primera vez que me preguntaba eso.

-Sí, ya la hice -mentí.

-Bueno, vete a jugar por ahí, sin hacer ruido.

Me fui a mi cuarto y estuve jugando con mi hermanito de un año. A cada rato me asomaba a ver si mi padre seguía durmiendo. Había un silencio agobiante en toda la casa. Me puse a mirar por la ventana y jugué a empañar el vidrio con el aliento. Cuando mi hermanito se quedó dormido en la cuna empecé a dar vueltas por el cuarto con las manos en los bolsillos y en ese gesto reconocí un gesto de mi padre.

La mochila de la escuela me miraba desde un rincón. Volví a la ventana, luego miré un rato a mi hermanito que dormía. Era temprano para encender la televisión. Afuera comenzaba a hacerse de noche. Entonces me quité las manos de los bolsillos, agarré la mochila, saqué los cuadernos y por vez primera desde que estaba en tercero me puse a hacer la tarea.

 

 

 

 

 

 

 

 

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