fabio morábito

 

la lenta furia

 

 

1ª ed .- Buenos Aires

Eterna Cadencia Editora

2009

112 p .; 22×14 cm.

 

el tapir

 

 

Mi madre decía que Justo se había vuelto medio bruto por los golpes en la nuca que le propinaba su padre cuando se equivocaba al dar el cambio a los clientes de la verdulería, cosa que ocurría frecuentemente, pero a mí no me parecía bruto, ya que ese verano lo dejaron despachando solo en la tienda mientras su padre atendía un negocio de venta de conejos.

Claro que siendo tiempo de vacaciones las ventas de la verdulería eran escasas y por eso su padre se había animado a confiarle el negocio a Justo. Cuando le dije que no me parecía costeable mantener abierta la verdulería con tan pocos clientes, Justo me confesó que el municipio le daba a su padre un subsidio por no cerrarla durante el verano y encima le surtía la mercancía a mitad de precio. Vi que estaba avergonzado de ese arreglo.

Aunque se pasaba el día maldiciendo el calor y la fruta, Justo era un verdulero de raza y le dolía esa especie de beneficencia.

-¡Según mi padre les estamos haciendo un favor a ellos dejando abierto el changarro! -se quejaba mientras vaciaba alguna caja de tomates o perseguía una        mosca con el matamoscas.

Cuidaba de tener muy pulcro el local, cosa nada difícil debido a la escasez de clientes, y aunque me dejaba comer la fruta que quisiera, vigilaba cada uno de mis movimientos para que no ensuciara. Apechugado detrás del mostrador con su matamoscas en la mano, detectaba la menor gota de jugo que cayera de mi boca y me obligaba a levantarme de la silla, ir por la jerga y limpiar el lugar que había ensuciado.

Ahora que se encontraba libre de la presencia de su padre, podía imitarlo en la manera algo afectada de despachar a los clientes. Tomaba profesionalmente cada fruta con la punta de los dedos, como desprendiéndola de un nicho precioso en el que hubiera estado dormida mucho tiempo y, elevándola ligeramente a contraluz, le daba un giro imperceptible antes de meterla en la bolsa de papel de estraza, sugiriendo con ello una mínima pesadumbre por tener que separarse de algo tan perfecto y valioso.

Ese amaneramiento era más notorio porque contrastaba con sus uñas mugrosas y lo desaliñado de su persona. En cuanto a mí, que me pasaba las horas sentado en una pequeña silla leyendo unos viejos cómics que Justo me prestaba, la presencia de un cliente me hacía encogerme en un rincón y a menudo pasaba inadvertido. Sin embargo, a eso de las once, Justo me dejaba unos veinte minutos al mando de la verdulería (para esa hora su padre ya había venido a echar un ojo a la tienda malhumorado y no había peligro de que apareciera de nuevo) y se largaba a entregar varios melones y unos kilos de fresa a la nevería de la señora Consuelo, que quedaba a tres cuadras de distancia.

Era la hora en que la señora Consuelo, que vivía en un tercer piso encima de la nevería, subía a ver a su marido enfermo y su hija Coral bajaba a reemplazarla atrás del mostrador. Era también la hora en que el Tapir comenzaba a dar vueltas a la cuadra con la motoneta que le había regalado su padre.

La primera vez que pasó frente a la verdulería y yo le pregunté a Justo qué le parecía la motoneta, él me preguntó quién era el Tapir. No conocía a nadie por el nombre ni por el apodo, sino por el apellido, como nos conocía su padre. Yo no era Enrique, sino el hijo menor del señor Somonte. Antes que amigos, éramos clientes de la verdulería.

-Ahí viene -le dije.

El Tapir volvió a cruzar frente a nosotros a discreta velocidad y Justo, que estaba acomodando unos melones, levantó la cara y dijo con indiferencia: 

-Es el hijo del señor Saldívar.

Luego dijo que había que ser un idiota para dar vueltecitas a la cuadra con aquel trasto entre las piernas; él se hubiera largado a la laguna, o quizá más lejos.

Mi único lujo diario era el hot fudge que tomaba por la mañana en la nevería de la señora Consuelo y descubrí que el Tapir frecuentaba también esa cuadra. Se oía el ronroneo del motor y a los pocos segundos cruzaba frente a uno, agachado como si manejara un bólido. La señora Consuelo lo traía entre ojos:

-No se cansa de dar vueltas por aquí, me desespera.

-Le dicen el Tapir.

-¿El qué?

-El Tapir, por la nariz de trompa.

Me sirvió el hot fudge y espetó:

-Ya sueño esa motoneta.

Entró en ese momento un muchacho güero y la hija de la señora Consuelo, Coral, abandonó el mostrador y se acercó a su mesita para atenderlo mientras la señora Consuelo siguió mirando en dirección del Tapir hasta verlo doblar la esquina.

Yo no podía hacerme a la idea de que Justo, con su delantal sucio, su eterno matamoscas en la mano y sus modales léperos, pudiera gustarle a Coral o a cualquier otra. Cuando Coral empezó a buscarlo en la verdulería todas las tardes, devolviéndole la visita que él le hacía por la mañana, la subestimé, luego me dije que era por el tedio, por el calor agotador, y que una vez que se acabara el verano y la gente regresara de vacaciones y todo volviera a la normalidad, ella se olvidaría del hijo del verdulero.

No me gustaba ella. Justo la llevaba a la trastienda y yo tenía que dar la alarma si entraba un cliente. Oía los murmullos de los dos, el breve ruido del contacto de sus bocas y me imaginaba a Justo acariciándola con la punta de los dedos como acariciaba la fruta frente a los clientes.

La señora Consuelo, cuando se convenció por mis frecuentes visitas a la nevería de que no me marcharía de vacaciones, me preguntó el motivo. 

-Mi padre tiene otra vez problemas con la fábrica.

Estaba trapeando el piso con una jerga y se enderezó para secarse el sudor de la cara: 

-Te compadezco.

Lo que yo llamaba fábrica era un tallercito con cuatro obreras metido en un sótano al otro lado de la ciudad donde mi padre hacía trabajos de serigrafía por encargo. Mi tío decía que mi padre, incapaz de conformarse con una tranquila existencia de empleado, insistía en ser capitán de un barcucho que había zozobrado desde el comienzo.

-Es una lástima a tu edad quedarse varado aquí en vacaciones -sentenció la señora Consuelo mientras se agachaba para remojar la jerga en una cubeta llena

de agua; su escote se aflojó con el movimiento y me quedé viendo su amplio busto bullir en el sostén, ella se dio cuenta y me miró lenta y enfáticamente.

Luego, cuando se acercó a retirar de mi mesita el vaso vacío de hot fudge, volvió a clavarme esa mirada. En eso entró el muchacho güero de la otra vez, y Coral, que estaba en la caja, se arregló el pelo y la señora Consuelo se volvió para tomarle la orden. Casi inmediatamente oímos un zumbido lejano.

-Ahí viene -dije yo.

El Tapir se recortó en el fondo de la calle con su cara cónica y sus lentes gruesos, agarrotado el manubrio en posición aerodinámica. El muchacho güero se torció en su silla, lo siguió con la mirada hasta que dobló la esquina y cuando el Tapir reapareció en el otro extremo de la calle, se volvió hacia mí y declaró con aire de entendido la cilindrada de la motoneta.

Yo ni lo miré ni asentí con la cabeza. Había decidido que el tipo no me caía bien, se veía demasiado pulcro y bien peinado. Me levanté y fui a pagar al mostrador. Coral, al recibir el dinero, me dijo en voz baja para que no la oyera su madre:

-Dile a Justo que no me espere, tengo quehacer.

Fue una de las pocas veces que me dirigió la palabra. Cuando en la verdulería le di el recado, Justo, que estaba pasando de una caja a otra los higos que le habían entregado los del municipio, se puso tenso y desvió la vista; yo abrí un cómic, me senté en mi silla y lo observé de reojo.

-¿No había un güero en la nevería, tú? -espetó sin mirarme.

Levanté la cabeza y dije que sí.

Se endureció en algún punto y yo estiré un brazo para tomar un durazno. Entonces oímos el zumbido de la motoneta. Se fue agrandando, se abrió en el aire como algo hediondo y después lo engulló el calor de la calle. Di unas mordidas al durazno y dije para hacer conversación:

-Yo, en lugar de ese idiota, me largaría a la laguna, ¿y tú?

Justo, en lugar de contestarme, vio un brillo en el piso y espetó:

-¡No seas cochino, siempre ensucias!

Luego siguió ordenando los higos mientras yo iba por la jerga y limpiaba diligente la pequeña gota de jugo.

Esa noche tuve el presentimiento de que en mi casa no teníamos dinero. En pleno julio mi padre todavía no me había pedido que fuera a la fábrica a “meter el hombro” y llevaba una semana sin ir a trabajar; daba vueltas por la casa con su cara angustiada y su eterno cigarro entre los dedos, hablando por teléfono o asomado a alguna ventana durante horas como un enfermo o como alguien que espera una noticia de vida o muerte.

No le pregunté nada a mi madre por miedo a desatar otra pelea entre los dos, pero adiviné que estaban tratando de vender la fábrica y a partir de ahí no volví a pedir nada para mis gastos diarios. A la mañana siguiente, cuando entré a la nevería, supe que iba a comer el último hot fudge del verano, y la señora Consuelo, al verme, se arregló el pelo y me pidió que me sentara a la barra porque todavía no había limpiado las mesitas de afuera. Me encaramé en uno de los taburetes y vi que Coral no había bajado.

Sin preguntarme nada, la señora Consuelo sacó de un estante un vaso alargado para hot fudge y yo seguí sus movimientos mientras vertía el chocolate caliente en el fondo del vaso y luego hundía la bolera de metal en el cubo del helado de vainilla para extraer una bola perfecta que dejó resbalar dentro del vidrio como si tapara una cañería con un émbolo.

Miré toda la operación con nostalgia. Derramó otra porción de chocolate caliente, espolvoreó el todo con trocitos de nuez y coronó el borde del vaso con una nube de crema batida. Luego colocó el hot fudge frente a mí, retuvo su mano sobre el vaso y me miró como el día anterior. Sentí un hervor en el vientre, ella sonrió, respiró con énfasis y se quedó ahí, expuesta como un clavadista en el filo del trampolín, sin soltar la mano del vaso, ofreciéndome con un gesto invisible la desobediencia de sus senos que desbordaban el brasier negro sobre el mostrador de formica, y después, puesto que yo permanecía inmóvil, más bien tercamente estático detrás del hot fudge, vi algo que enfriaba sus ojos, soltó la mano del helado, desvió la vista y se agachó para coger un trapo húmedo con el que empezó a limpiar bruscamente la superficie de formica.

Bajé los ojos, me refugié en el hot fudge y lo fui consumiendo a lentas cucharadas, indiferente a su sabor y manteniendo la vista en el vaso, mientras ella, ya lejos de mí, terminaba de limpiar con el trapo. Entonces entró en un cuartito donde guardaba los enseres de la limpieza y yo aproveché ese momento para dejar las monedas contadas sobre el mostrador y escabullirme.

No tenía ganas de ir a ver a Justo, caminé con las manos en los bolsillos hasta llegar al parque Rodétum, que en tiempos normales era visitado por las parejas de enamorados y ahora lucía descuidado y frondoso, me interné en el parque todavía excitado por los grandes senos sobre el mostrador de formica y al final de un camino de grava vi a dos muchachos abrazados detrás de un arbusto de siempreviva. Eran Coral y el güero.

Apenas pude agacharme para que no me vieran. Él la estrechaba por la cintura con una firmeza casi militar, como inmerso en una brisa propia que lo exentaba del bochorno de la hora, mientras ella lo apretaba, lo jalaba y lo besaba en la boca. Me fijé por primera vez en sus senos, grandes como los de la madre, luego me alejé de ahí sin hacer ruido y reanduve el breve trecho hasta salir del parque.

Justo estaba barriendo el piso de la verdulería y apenas me miró cuando entré.

-No seas cochino -dijo señalando unas manchas de tierra donde yo acababa de pisar. Pero esta vez me senté en mi silla sin hacerle caso. Él dejó de barrer.

-¿Estás sordo? Limpia eso.

Por primera vez me dio lástima. Viendo que no me movía, apoyó la escoba en la pared y de un manazo me agarró de la camiseta y me arrancó de la silla.

-¿Qué, muy gallito?

-Fui al parque Rodétum -dije-, ahí están la Coral y el güero besuqueándose.

Se aflojó. Cuando me hubo soltado fui por la jerga, la arrastré hasta las manchas de tierra, las limpié y luego tomé un racimo de uvas y me acodé en el mostrador a gozar de la brisita del ventilador.

Él salió, se apoyó contra el muro debajo de la estrecha tira de sombra que formaba el voladizo de la verdulería y ahí se quedó hecho de plomo mirando la acera de enfrente. Yo retomé mi cómic. Un par de minutos después se oyó el bramido del motor; creció como de costumbre, pero en seguida degeneró en varios eructos hasta que se apagó, giré la cabeza y Justo ya no estaba en su lugar. Dejé el mostrador y en el momento de asomarme afuera oí el ruido de la caída y vi al Tapir rodando en el suelo y a Justo en medio de la calle que se agachaba sobre la motoneta y la alzaba del suelo por el manubrio.

Se trepó al sillín, me vio y gritó: 

-¡Vámonos a la laguna!

Corrí hacia él mientras el Tapir tanteaba el suelo buscando sus cristales rotos, me trepé en el portabultos de la motoneta y sentí el empujón hacia adelante y la bofetada caliente del aire.

Pero no tomamos rumbo a la laguna sino al parque Rodétum. Cuando llegamos dimos una vuelta completa al parque, luego Justo frenó y yo aproveché para bajarme a orinar contra un árbol. Mientras orinaba le señalé el lugar, él no quiso bajarse y yo tuve que adelantarme por el camino de grava hasta el arbusto de siempreviva. El güero y Coral ya no estaban.

Volví a subirme al portabultos y dimos otras dos vueltas al parque. Justo no le hallaba gusto a la motoneta, íbamos lentísimo y hacía un calor del demonio. En el parque no había nadie fuera de una pareja de ancianos que tomaba la sombra en una banca.

-¡Damos vueltas como el Tapir! -dije yo.

-¡Si no te gusta, bájate! -reaccionó él, y aumentó de velocidad y abandonamos el parque. Pero no tomamos rumbo a la laguna sino a la verdulería. El Tapir ya no

estaba y Justo se bajó y entró en la tienda mientras yo recostaba la motoneta contra el muro. Lo vi pararse en seco y me llegó el hedor. Lo primero que vi fue una sandía reventada, luego las otras sandías, los melones, las uvas, los aguacates, los mangos y el resto de la fruta destrozada en el suelo. Los huevos aplastados chorreaban por el mostrador y de la revoltura de cáscaras y pulpas emanaba un tufo dulzón. Se estaba llenando de moscas.

Me bastó una ojeada para ver que el Tapir había dejado hecha un bodrio toda la estantería. Justo se llevó las manos a la cara, se dejó caer en una silla y al principio no comprendí que lloraba. Eran unos sollozos duros, sin efusión, como un hipo. Me quedé inmóvil rodeado de aquella porquería en el suelo, con el miedo de que entrara un cliente. Supe que al día siguiente Justo empezaría a cuidar conejos en el pequeño criadero de su padre después de una tunda tremenda.

Todavía quedaban dos semanas de vacaciones y me pregunté dónde podría refugiarme de ahí en adelante. Tal vez tenía razón mi madre cuando decía que Justo era medio bruto. Salí de la tienda y me apoyé contra el muro, a la sombra del alero, y miré los edificios de enfrente con sus persianas bajadas, evacuados la mayoría de ellos, y odié a Justo. En eso vi un gran racimo de uvas a mis pies, intacto y orondo, el único sobreviviente de aquella masacre, y lo aplasté para emparejarlo con el resto sin que nadie me viera.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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