francisco umbral

mortal y rosa

 

 

…esta corporeidad mortal y rosa

donde el amor inventa su infinito

 

pedro salinas

 

 

  

El Metro, ya sabes, la noche rápida y fulgente, las filtraciones, los escapes, la vida, fracasado es el que a los cuarenta años viaja en Metro, recuerda, el que tiene una moneda la cambia, el que tiene una moneda la cambia, te lo decías en la conciencia, lo repetían las ruedas del Metro, el traqueteo, farallones de sombra, paredes humanas el descenso al Metro, qué inmersión en la catacumba rauda de los tiempos.

Volver al Metro. Cuando una ciudad tiene acacias, soles provincianos, cerveza, cuando una ciudad ignora el intestino férreo que le corre por el alma, el hombre de la calle, dicen, el hombre de debajo de la calle, y dabas la peseta, entonces el Metro valía una peseta, y te daban un billetito, un cartoncito, algo, consérvese a disposición de cualquier empleado de la compañía, consérvese a disposición de cualquier empleado de la compañía, era cuando entrabas en el Metro batiendo fuerte las puertas de hierro, inmenso útero latiente de multitud, de olores, de vendedoras, de carteles, y la mirada negra de empleado, bajo la gorra metropolitana y descosida, dando suelta al gas, al pitido, abriendo y cerrando las compuertas como una guillotina horizontal para el monstruo humano de mil cabezas.

Amor en el Metro, toda la charcutería de las manos aferradas a alta barra despintada, prohibido subir y bajar en marcha, antes de entrar dejen salir, prohibido vender en los coches, y el bajorrelieve de los rostros, la arcilla de la vida repartida en caras, muecas, cansancios, risas, estupefacciones y bocas.

Macerados de profundidad, herméticos de velocidad, obstinadamente desconocidos, mayoría silenciosa de allá arriba, nocturnidad de aquí abajo, cada cabeza con su aureola de olor, de sufrimiento, de pelo, el alma como una colonia pobre, el cuerpo como un saco muy usado, y las flores profundas de la axila, y el orín secreto de los años.

 

     

 

 

 

 

 

Viajar en Metro con un papel en el bolsillo, con el recado de vida, con la carta de recomendación o la factura del mueble, y el aluvión de las madres, los funcionarios, la juventud y los mendigos.

Todo un panel de ciudad, todo un mural de caras en el vagón, humanidad al temple, color bombilla, y la catástrofe rauda del Metro, su torpeza de hierros contra hierros, hasta la sonrisa inesperada de la muchacha pobre, el sol de las profundidades en un pelo de mujer o el agua quieta y cómplice de las miradas, entre tú y yo.

Viene de todo al Metro, ya sabes, de modo que cuidado con los hombres de mirada verde que miran al hombre, como leíste una vez, y sálvate en esa cara obrera, en ese zarzal de pecas, en la niña planchadora, recadera, oficiala, aprendiza, en la muchacha sin empleo fijo que tiene el perfilestremecido por los reflejos subterráneos y los ojos llenos de anuncios.

Te acercabas a ella cuando se removía la humanidad del Metro, y vuestro silencio comunicante sonaba ya más que todas las conversaciones del vagón a ése que le den por donde le gusta, te prometo que me quedan cinco duros, macho, estoy volcado, éste siempre corto de pasta, usted verá, doña Águeda, qué hacemos con él si en el Seguro no le dan la baja y el corazón lo tiene cada día más hinchado.

 

 

 

 

    

Un bloque de silencio entre tú y yo, una barra de silencio en torno de la cual saltaban las conversaciones intermitentes y desdentadas del Metro, hasta la estación final, o aquélla adonde tú te bajabas, con un giro leve del perfil, que no sé si era una invitación o una despedida, pero yo me iba detrás y salíamos a una plaza con jubilados, a un barrio grande y poblado, con muchos camiones escorados y muchos toneles de vino desguazados en mitad de la calle.

Era tu barrio, y qué difícil romper el acero de silencio que se había forjado entre nosotros, después de haberte visto subir las escaleras del Metro con prisa de gacela obrera, y tus piernas de andar y bailar, y un paraíso suburbial, con huertos y talleres. Pero no es verdad que me dieras la mano áspera y niña, y me salvases para siempre entre tus soles y tus girasoles de barrio, sino que estoy aquí para siempre, otra vez en el Metro, siempre en el Metro, como no es verdad que otra vida pase a través de mí, otro tiempo más claro, el que tiene una moneda la cambia, el que tiene una moneda la cambia, la vida sólo es el sueño alto y soleado de los que vamos en el Metro, de los que imaginan un allá arriba con niños y buen tiempo.

El hombre del Metro sueña una ciudad de sol y ocio a la que nunca sale, la ciudad de las estatuas y los bares es una pesadilla del hombre de allá abajo, del viajero hundido, del que va en el Metro, tú, yo, asiento reservado para caballeros mutilados, todos caballeros mutilados, las madres terribles con la bolsa de la compra abultada, como otro embarazo, y la chica leyendo un libro gordo, y el de los recados silbando en el Metro y el sembrado de cabezas que tengo de bajo de mí, una calva con mapas, una pelambrera con brillos, los cuatro pelos sobre un cráneo blanco y lechoso, la huella de las tenacillas en un pelo gris de mujer, como una ceniza en olas tenues de resignación, y el maíz violento de un pelo de muchacha, cebada adolescente que perfuma e ilumina.

No, la ciudad no existe, la ciudad una locura, una invención, una esperanza, una mentira. La sueña desde allá abajo los que van en Metro, ánimas del purgatorio en túnel, justos en multitud, limbo húmedo, catacumba veloz. No existimos, no tomamos café, no hacemos el amor. Sólo nos sueña, desde lo profundo, un hombre silencioso que va en Metro.

 

 

 

 

En atardeceres con niebla, cuando yo salía por la ciudad, entre una multitud de ojos luminosos, vagos y flotantes, mirado por todas las máquinas de la ciudad, y subía a tu casa, llegaba entre panaderías y discotecas, iba en un ascensor viejo, lento, que pasaba patios hondos, casas sin pared, envigados al aire, tendederos inmensos, y así hasta el silencio de una alcoba verde con señores de barba impresa, peces colgados del techo, una cesta con fruta podrida, el viento en la terraza, y un libro abierto y sangrante.

Tu pelo de costumbre, partido en dos, peinado por la soledad, y tus ojos de alcohol, un tabaco profundo y cansado, la arcilla apasionada de tu rostro, la boca rota y grande, historias de amor, recuerdos de recuerdos, manos duras y tibias, un cuerpo lleno de sexo y resentimiento, y mientras se consumaba la novela de las palabras, de los reproches, de los sueños, yo me enamoraba de tu pie breve, práctico, escueto, sin otra belleza que su esquematismo.

Todo el cansancio de las viejas psicologías, la historia triste del amor, los juegos del corazón, eso que estudiaban con minuciosidad y aplicación los novelistas del pasado, a la luz de sus quinqués burgueses, y yo en silencio, o monologando contigo, y enamorado realmente de tu pie, pensando en tu pie, sin atreverme a decir que la vida da igual, que los sentimientos son reversibles y que la única realidad reclamante, viva y concreta, era en aquel momento tu pie desnudo, puro como una piedra, seguro como un pequeño animal, dorado como un verano.

 

 

 

    

Son cosas que pasan. Eras la ciega vasija, algo con belleza de recipiente y eco de cansancio, o eras la violinista pálida, mucho más blanca que tú misma, el amor en habitaciones asimétricas, el desnudo descarnado de las bombillas, el agua fría que venía a nuestro encuentro en las cocinas deshabitadas, un olor a óleo y vecindad, o el bar con bocadillos antiguos, o aquella melena rubia que tenías, que tenía, ya no tu pelo partido y oscuro, sino un derramamiento de oro y música, un cuerpo largo, blando y enfermo, viajando por mi cuerpo, los tactos de una boca sabia, la destrucción como coito, la ruina de una arquitectura joven, qué oscura fiesta de sangre y luz.

O eras el zarzal de pecas —quién eras, quién eres, a quién hablo, qué escribo—, la manzana caída, un amor con muchos espejos, muebles ahogantes, muñecos, la mirada seca y pueril de cualquier adorno, y un cuerpo recobrado, una gloria a punto de arder, una risa que todavía ilumina tu carne optimista y cansada.

No sé quién, digo, qué desdoblamiento, qué poliformismo, siempre un claro coro de mujeres en tu vida, en aquella vida, siempre la mujer, espada de fuego, arcángel aguerrido, cuerpo desnudo, cercándote la vida, iluminándote.

Pero recuerdo los regresos, ya en la noche, niebla en la niebla, con el cuerpo vivo de latigazos, los ojos quemados de la cercanía de la carne y la nariz ebria de mezclados perfumes y sangres.

Regresabas de qué mujer, de qué batalla, otra vez solo en la noche de los faros, y la luz de un cuerpo se iba apagando en mi pensamiento, y me hacía opaco, pesado, oscuro, verdadero. Renovado fuego natural donde ibas poniendo a arder los días, como viejos leños crepitantes y marcados, talando el hondo bosque que tú eras. Reconociéndote.

 

 

         

Serena, breve y ágil, mira pasar la noche con ojos quietos, fuma en silencio, y su perfil de vasija se ilumina con las luces de la fiesta y del alcohol. Todo arde en torno de ella y el fuego apenas roza el granito de su tristeza.

Serena, silenciosamente, mira pasar el tiempo, los besos, las manos, las luces, los amores, hasta que la hoguera de la noche es un rescoldo y a sus ojos quietos no llega el sueño ni el amor.

Serena, breve y ágil, visita las tiendas del atardecer, se desnuda en los probadores, se pone y se quita lencerías rojas o blancas, mientras le cantan los espejos de los grandes almacenes en una confusión hebillas y maniquíes.

Serena consume un tabaco amargo o deja arder su cuerpo desnudo en el espejo del probador, mientras la ciudad se ilumina de paraguas. Serena, alta, larga, blanca, está desnuda al piano, rubia, y da suelta a unas notas como mirlos, o se calienta un té en el pequeño hornillo, o se masturba con el agua de la ducha.

Serena grita en el ataque o en el amor, y Beethoven la mira en silencio, mientras extiende lociones, cremas y luces por su cuerpo blanco. Convive con unos gorriones que duermen en el piano y entierra lámparas debajo de la cama.

Serena, ocre y pecosa, ríe o canta en la catarata de los automóviles.

Serena, de sidra y risa, habla en la entraña de los trenes, corre en los grandes circuitos vertiginosos, visita la nieve de las alturas o llora un llanto verde y silencioso.

Serena, plena y sola, bebe el alcohol de la culpabilidad y duerme entre muñeco y celuloide.

Serena rubia, Serena oscura, Serena densa, Serena ligera, serena alta, Serena íntima, unos pasos de mujer por la ciudad, y este canto a la criatura solitaria, a lo femenino eréctil, a la erosión de la luz decantando o consumiendo unos cuerpos.

 

 

O esa mujer que venía de su provincia, recargada de viejas elegancias, siempre el mismo ser reencarnado en cuerpos sucesivos, ese desconcertante parecido de la vida consigo misma, caligrafías femeninas de madrugada, amores tristes, el mensaje pálido de una criatura solitaria y mediocre que un día se hace presencia, peinado, pieles, la solemnidad pueril que lo reviste todo, la trascendencia de lo que está viviendo, esa trascendencia de la que yo debería participar o mejor dicho, que yo debiera presidir, mi infinita desgana y lejanía, cuándo seremos libres, olas salvajes sobre una roca ignorada, y no todo el lamentable ceremonial del sentimiento, estas admiraciones que ya de nada me sirven, y, más aún, me hacen sentirme cómicamente terrible, malo, con un satanismo fácil y pequeño que me llena de humillación, de mediocridad y cansancio.

El pensamiento de una ninfa, algo que me redima de tales amores, una ducha de juventud y libertad, no sé, quizá, pensaba, estás perdiendo el gusto por la mujer, la capacidad de aventura. Una mujer mediocre es como un libro malo: hacen dudar de la literatura entera, de lo femenino universal.

Sombras que retornan a su provincia, fuegos tristes que nunca debiste despertar, y el encuentro, como única y total liberación, con el día claro de invierno, cristal en bruto, bloque de tiempo, domingo helado, heme aquí paseando por la soledad con el cuerpo ausente, sin pasado y sin futuro, limpio de mujer, vacío de lujuria, ni alegre ni triste, motivo tan sólo, todo ya, para el encrespamiento del frío y la momentánea ondulación de lo inmóvil.

 

         
        

El pintor está ahí, el pintor enciende puros, los apaga, toma la gran copa de coñac, la vuelve a dejar, el pintor trabaja con las uñas, con los dedos, con papeles viejos, con herramientas de albañil, con el color directamente, y tiene en torno un coro de galerías vecinales, de casas derruidas, de patios lamentables.

El pintor, en lo alto de una escalera antigua y bamboleante, enciende el rojo, matiza el verde, rea el amarillo, inventa el negro, profundiza el naranja, enriquece el gris, sueña el azul.

El pintor tiene la cabeza gris, revuelta, roja, poderosa, despeinada, ahogada, terca, y le da al lienzo un viento de alta mar, lo hincha como una vela. Grifos goteantes, paredes enfermas, cocinas vacías, el canto invernal de los retretes, y sólo este calor de pintura, este fuego de colores, un ser que ha nacido, cómico y lírico, gordo y cruel, iluminado y feo, en la acumulación ferviente del óleo.

El pintor enciende puros, bebe coñac, se queja, ríe, baja las escaleras, las sube con pereza, habla por teléfonos desportillados, repite nombres de mujeres, canta, lee periódicos, se duerme de costado, se pelea, sale a la calle, vuelve, compra cosas, vende cosas, ve visiones, ama a la humanidad, o la desprecia, y luego sigue pintando.

El pintor está ante mis ojos, activo y duro, entregado al remolino del cuadro, o ultrajado de úlceras, reventón de vino y medicinas, una madurez en fervor, pintando, pintando. Uñas negras de pintura, alma de aguarrás, ojos de tiempo, revoltijo de vida, hijos, amor, pintura, amigos, ventanas, mujeres y enfermedades.

El pintor va solitario por calles iluminadas, habla con desconocidos, piensa en el suicidio y en los fantasmas, lee cosas del siglo diecinueve, y tiene corazón bueno y una lucha de colores en la cabeza que va dejando en el cuarto, día a día, hasta que de su soledad alumbra una persona. 

El pintor, el amigo, ante mis ojos, el espectáculo de un hombre ardiendo en los mil fuegos, cómo se consuma y se consume su vida, cómo el fuego que mata es el fuego que crea. Eso será el arte, quizá: este fuego mortal, domesticado por una mano que lo fija y lo realiza.

 

La materia que lo devora es la materia con que él pinta. Luego, apaga las luces, vuelve a encender una para mirar el cuadro por última vez, cierra la puerta, baja la escalera, sale a la calle, y deja una estela de patios, luces, colores, dolores y palabras. Reina en un mundo de periódicos arrugados, toma cosas en las barras de los bares, mira a las mujeres, orina tristemente y se compra un pincel que no va a usar, o un pantalón de pana para seguir pintando.

Una vida en combustión, un fuego alimentado de tabaco, medicinas, palabras, amores y siestas.

El pintor está más rodeado de cosas que los otros hombres, más acosado por volúmenes y formas, todo le hace gestos en todo ve fuegos, y he procurado siempre vivir cerca de algún pintor, porque son los seres más encarnizados con la vida, los que están en el reino de las cosas. Hasta las ideas se les corporeízan y les habitan como molduras.

El pintor ve más mundo que nosotros, conoce mejor la fisonomía de la vida, despierta colores y ademanes. Así quisiera uno escribir siempre, con la plasticidad directa del pintor, sin caer en el reino gris y condescendiente de las ideas. El pintor, ante mí, cree ciegamente en los contornos y azota el lienzo, lo castiga para que esté vivo, para que no se le muera, para que sangre sangre negra y heridas verdes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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