puertas

Nos protegemos, nos parapetamos. Las puertas paran y separan. La puerta rompe el espacio, lo escinde, impide la ósmosis,

impone los tabiques: por un lado estoy yo y rni-casa, lo privado, lo doméstico (el espacio recargado con mis propiedades: mi cama,

mi moqueta, mi mesa, mi máquina de escribir, mis libros, mis números descabalados de La Nouvelle Revue Française… ) , por otro

lado están los demás, el mundo, lo público, lo político. No se puede ir de uno a otro dejándose llevar, no se pasa de uno a otro ni

en un sentido ni en otro: es necesaria una contraseña, hay que franquear el umbral, hay que demostrar que uno tiene carta blanca,

hay que efectuar una comunicación, como el prisionero que se comunica con el exterior.

En la película Planete interdite, algunas de las características morfológicas de sus antiguos constructores pueden deducirse

a partir de la forma triangular y del enorme tamaño de las puertas; la idea es tan espectacular como gratuita (¿por qué triangular?)

pero si no hubiera habido ninguna puerta se habrían podido sacar conclusiones mucho más sorprendentes.

¿Cómo ser preciso? No se trata de abrir o no abrir su puerta, no se trata de «dejar su llave en la puerta»; el problema no es

que haya llaves o no: si no hubiera puerta, no habría llave. Evidentemente es difícil imaginar una casa que no tuviera puerta. Un

día vi una, hace varios años, en Lansing, Michigan, Estados Unidos de América. Había sido construida por Frank Lloyd Wright:

primero había que seguir un sendero suavemente sinuoso a la izquierda del cual se elevaba, muy progresivamente e incluso con

extrema indolencia, una ligera pendiente que, oblicua al principio, se aproximaba poco a poco a la vertical. Lentamente, como

por azar, sin pensarlo, sin que en ningún instante pudiera afirmarse la percepción de una especie de transición, de corte, de paso,

de solución de continuidad, el sendero se volvía pedregoso, porque al principio no había más que hierba y luego empezaban a

aparecer piedras entre la hierba, y después más piedras, hasta convertirse en una calle enlosada y herbosa, aunque a la izquierda

la pendiente del terreno comenzaba a parecerse muy vagamente a un murete, luego a un muro en opus incertum.

Después aparecía una especie de techado de claraboya prácticamente inseparable de la vegetación que lo invadía. Pero

de hecho ya era tarde para saber si se estaba fuera o dentro: al final del sendero, las losas estaban unidas por los bordes y era

lo que se llama habitualmente una entrada que daba directamente a una gigantesca pieza, una de cuyas prolongaciones terminaba

además en una terraza adornada con una gran piscina. El resto de la casa no era menos relevante, no sólo por su confort, ni

siquiera por su lujo, sino porque se tenía la impresión de que se había insertado en su colina como un gato que se arrebuja con

un cojín.

El poco interés de esta anécdota es tan moral como previsible: una decena de casas más o menos semejantes estaban

diseminadas dentro del perímetro de un club de golf privado. El golf estaba enteramente cercado; unos guardas que, fácil era de

imaginar, estaban armados con carabinas de cañones recortados (en mi juventud había visto muchas películas americanas),

vigilaban la única verja de entrada.

Edición española propiedad de Literatura y Ciencia, S. L.

Segunda edición: Octubre, 2001

Especies de espacios

Georges Perec

Traducción de Jesús Camarero