el hombre

másafortunadodelmundo

 

Entonces pasaron un montón de cosas.

Un ateísta me dio un palo en la cabeza.

Nunca volví a recuperar la confianza. Todavía hoy me asustan las cosas más pequeñas.

La Vieja Madre Hubbard anidó en la herida, y durante muchos años tuve que atarme la cabeza con cordones.

Fingí ayudar a todos.

 

Me desembriagué.

Me enfrenté a mi miseria.

Aparecieron los pinos, las montañas grises, los horizontes nebulosos en la madrugada, gente con vidas interesantes.

Dios, tu vida es interesante, nunca dejé de decirlo.

Nunca dejé de mover la cabeza con sociable incredulidad.

 

Hay tantas cosas que quiero decirte.

Soy el hombre más feliz del mundo.

Aprendí a despellejar un conejo con muy pocas incisiones y mucha determinación.

Pascua es mi época favorita.

Todo sale de un tirón, lo rellenas con Kleenex y lo vendes.

 

La noche del sábado, como se suele decir, es «la noche más solitaria de la semana».

Me agacho con la radio y unos ovillos de bramante, por si se me ocurriera atar alguna cosa.

Dejo que la cabaña se enfríe y me alegro de mi suerte.

A veces una araña baja por su horrible hilo húmedo y amenaza mi desinterés ganado con mucho trabajo.

Mi consejo es muy valioso.

 

Por ejemplo, no mees encima de una gran piña. Quizá no sea una piña.

 

Si no tienes claro qué arañas son venenosas, mátalas a todas.

La díptula no es una araña auténtica: de hecho pertenece a la familia criminal de los Seratonio.

Aunque los insectos aprecien sus vidas, y a pesar de que su incesante industria sea un ejemplo para todos nosotros, muy pocas veces piensan en la

muerte, y cuando lo hacen, no sienten intensas emociones, como nos pasa a ti y a mí.

 

Apenas discriminan entre la vida y la muerte. En este sentido, son como los místicos, y como los místicos, hay muchos

venenosos.

Es difícil hacer el amor con un insecto, sobre todo si estás bien dotado.

Por mi experiencia, ni un solo insecto se ha quejado nunca.

 

Si no estás seguro de qué místicos son venenosos, lo mejor es matar al primero que veas de un martillazo en la cabeza, o de un zapatazo, o con una

gran hortaliza un poco seca, como un gigantesco rábano petrificado.

 

 

— Mount Baldy, 1997

[Vieja Madre Hubbard: canción infantil inglesa del s. XVII, cuyo primer verso decía: «Había una anciana que vivía en un zapato».

El autor sugiere que «tenía un agujero en la cabeza de la medida de una bota, y tuvo que atarla con cordones»]

 

 

 

the luckiest man in the world the luckiest man in the world the luckiest man in the world

 

 

 

 

Then a lot of things happened.

I was struck on the head by an atheist. I never recovered my sense of confidence.

 

Even today I am frightened by the smallest things.

Old Mother Hubbard moved into the wound and produced her brood.

For many years my head was laced up.

I pretended to help everyone.

 

 

I sobered up. I faced my misery.

Pine trees appeared, grey mountains, misty vistas in the early morning,

people with interesting lives.

G-d, your life is interesting, I never stopped saying. I never stopped shaking my head in convivial disbelief.

 

There’s so much I want to tell you.

I’m the luckiest man in the world.

 

I learned to skin a rabbit with very few incisions and a lot of elbow grease.

Easter is my big season.

The whole thing comes off in one swoop and you stuff it with Kleenex and sell it.

 

 

 

Saturday night really is, as they say, ‘the loneliest night of the week.’

I hunker down with my radio and a few balls of twine, in case I want to tie something up.

I let the cabin get very cold and I rejoice in my good fortune.

Sometimes a spider will descend on its hideous wet thread and threaten my hard-earned disinterest.

 

My advice is highly valued.

 

For instance, don’t piss on a large pine cone. It may not be a pine cone.

If you are not clear about which spiders are poisonous, kill them all. T

he daddy longlegs is not a true spider: it actually belongs to the Seratonio crime family.

 

Although insects value their lives, and even though their relentless industry is an example for all of us,

they rarely have a thought about death, and when they do, it is not accompanied by powerful emotions,

as it is with you and me.

 

They hardly discriminate between life and death. In this sense they are like mystics, and like mystics, many are poisonous. It is difficult to make love to

an insect, especially if you are well endowed.

As for my own experience, not one single insect has ever complained.

If you are not sure which mystics are poisonous, it is best to kill the one you come across with a blow to the head using a hammer,

or a shoe, or a large old vegetable, such as a petrified giant daikon radish.

 

 

Mt. Baldy, 1997