Mónica es que se aburre, y ya ha llegado al bostezo imparable, ha alcanzado ese punto

de no retorno en que el tedio ya no admite marcha atrás ni alivio ni consuelo, sólo un enorme

bostezo.

Quizá es que vive por encima o por debajo de sus posibilidades, con esa gabardina también

cargada de puro aburrimiento, abrochada hasta las más altas solapas y con muchos botones

de más.

Hay un ambiente de tarde de domingo o de largas mañanas domésticas con toda la colada

pendiente.

Mónica está discretamente hermosa, como una niña guapa entre otras niñas guapas.

El bostezo sin retorno es, ya se sabe, contagioso como un bacilo feliz entre algodones que vive

de abrir bocas. Con el bostezo, Mónica sale humeando entre sus propios dientes, cogida con un

palito por el puño de la camisa.

El aburrimiento tiene innumerables causas, como sabemos, y viene a ser un síntoma grueso

del alma agachada o atravesada o sola, a veces torcida: es el alma que está a punto de caerse

entre los faldones del intestino, amodorrada y granate de ojeras, irrecuperable para esta partida.