Déjame un subterráneo, un laberinto

donde acudir después, cuando sin ojos,

sin tacto, en el vacío

quiera volver a ser o piedra muda

o mano de la sombra.

Yo sé, no puedes tú, nadie, ni nada,

otorgarme este sitio, este camino,

pero, qué haré de mis pobres pasiones

si no sirvieron en la superficie

de la vida evidente

y si no busco, yo, sobrevivir,

sino sobremorir, participar

de una estación metálica y dormida,

de orígenes ardientes.

Pablo Neruda

Las Piedras del Cielo (1970)