jesús quintero y antonio gala

13 noches

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A Joana Bonet Camprubi

noche sextala soledad

 

    —¿No será que usted no conoce la terrible soledad del fracaso?

            —Yo creo que sí. Ha habido en mi vida dos ocasiones en que he sido, por una parte, casi hundido y, por otra, casi asesinado. Mi nombre ha sido peligroso en dos ocasiones, y entonces se me retiró la compañía. Tuve que tirar el listín de teléfonos de mis conocidos a la basura porque no servía para nada.

 

   —Gala, ¿usted cree que podríamos hablar durante media hora sobre la soledad? Porque, escuchándolo estas noches, me he dado cuenta de que es un buen tema sobre el que reflexionar, un tema que nos afecta a todos.

            —Yo soy un experto en soledades. Creo que he pasado por casi todas. ¿Usted sabe una cosa, Quintero? Yo recibo un término medio de ciento veinte cartas diarias. De ellas, un centenar están escritas por gente que está sola, o por gente que, estando acompañada, se siente sola. En general, basta cogerlas con una mano para que chorreen sangre. Creo que deberíamos hablar un día de la soledad.

            —¿Por qué no esta noche?… ¿Usted siente que hay mucha soledad?

            —Yo creo que si la soledad manchara, no habría suficiente agua en el mundo para quitar la mancha.

            —¿Alguna vez se ha sentido el hombre más solo del mundo?

            —No creo, siempre hay gente más sola. Creo que yo no me siento el más de nada. Creo que para lo único que sirvo, y quizá por lo único que estoy aquí, es porque soy un ser como los demás; muy parecido a ellos de estatura, de posibilidades, de sentimientos, de soledad también. Me parezco a ellos y por eso puedo ser significativo.

            —Una noche me dijo que su soledad era elegida. ¿Se siente a gusto en soledad?

            —En general, me siento a gusto siempre en soledad. Mi soledad es buscada, mi soledad es amada. No estoy solo porque se me haya ido dejando solo, sino porque amo la soledad y amo a los demás. Más todavía, la soledad para mí es un instrumento de trabajo. En la soledad trabajo para los otros. Es una soledad fértil la mía. Se trata de la solitude de los ingleses, no de la lonelinesse, que es la impuesta.

            —La humanidad le debe mucho a la soledad de los creadores, ¿no?

            —La humanidad le debe gran parte de lo que tiene a la soledad de alguien. Por supuesto que también la soledad es un dolor, también es un estigma. Pero si sacásemos las cuentas de una cosa y otra, quizá la medida del alma de un hombre la da la capacidad de soledad que tenga.

            —¿Ser libre conduce inevitablemente a la soledad?

            —No estoy seguro. Se puede ser libre en compañía. Quizá se es más independiente estando solo, porque no hay nadie que nos tire de un pie, ni de una mano, ni de una oreja. Ser más independiente sí exige más soledad, más renuncia: no pertenecer a nadie en concreto, no pertenecer a nadie en exclusiva, estar un poco por encima de las preferencias, no elegirse ni uno mismo, ser más generoso… Pero creo que la libertad es compartida y es compatible con la soledad… Aunque hay un peligro. Llega un momento en que la soledad no es ya la meta del solitario, sino su destino y su condena. Todos los respetan, pero nadie osa compartir su vida. Tiene amigos, pero nadie lo abraza; admiradores, pero ninguno estrecha lazos con él. Le rodea la atmósfera del solitario; cierta incapacidad de relacionarse, contra la que nada pueden la voluntad ni el deseo más ardiente.

            —¿Por qué se siente solo un triunfador?

            —Porque creo que el éxito y esa búsqueda del triunfo lo han ido arrastrando demasiado lejos. Él considera todo su entorno como un medio que puede utilizar para su triunfo. Entonces se hace generoso de cosas, pero no de su tiempo, no de él, y se va trazando a su alrededor una especie de muro que lo aísla. A mí me parece que el triunfador va siempre a la carrera y cae siempre en brazos de la soledad.

            —Supongo que a la gente le cuesta entender que un hombre deseado y admirado esté solo.

            —Ya, pero es que el deseo, si no es correspondido, no significa nada. El aplauso, cuando se transforma ya un poco en costumbre, no emociona. A mí me da la impresión de que ese muro de que hablaba antes sólo se puede abrir por dentro. El de fuera sólo puede llamar para que le abran.

            —¿Para usted qué es el aplauso?

            —Para mí, el aplauso es un ruido.

            —¿Molesto?

            —Quizá no el más molesto de los ruidos, pero sí un ruido. El aplauso, cuando suena a su hora, quizá sea como la muerte: uno de los nombres de Dios. Pero me parece que se puede vivir muy bien sin él, se puede vivir imaginándoselo.

            —Presiento que a usted la multitud no lo acompaña, ¿me equivoco?

            —La multitud nunca, porque la multitud masifica, despersonaliza. Ya no hay en ella comunidad, sino rebaño. Ya no hay rostros. El público es siempre el rostro de las mil cabezas, y no se ve ninguna. De uno en uno, siempre es mejor.

            —¿La soledad del poder se parece a la soledad del éxito?

            —Sí, pero quizá es más grave. En el fondo, la soledad del éxito es más continuada, porque el éxito reclama a otro éxito. La carrera del éxito es muy larga, es un reto largo, sin testigo que pasar de uno a otro y sin relevos. Pero la soledad del poder es más grave porque es congénita con el poder. El poder, al aislar, nos deja solos. No hay ya ni asesores, ni partidarios, ni amigos. Todo el que se acerca al poderoso, se acerca a él para buscar un beneficio o para manipular; es decir, se acerca a él como un arma, no como una persona, y eso hace imposible toda compañía. El poder (y me refiero a cualquier poder, no sólo el político; el político quizá sea la rama más desnuda de ese árbol del poder, pero hablo también del Papa o de un presidente de un Banco), el poder lleva consigo la necesidad de la soledad.

            —En cierto modo, estamos hablando de la soledad de los elegidos, ¿no?

            —O de la de los que se eligen a sí mismos, y abdican de sí mismos… La soledad de los elegidos es tremenda, porque, cuando se tiene conciencia de esa elección, para lo que sea, la soledad, con uñas y con dientes, se abre paso para hacer una puerta por donde el cumplimiento de ese destino tenga que pasar. En ese momento no hay alrededor, sino la torpeza y la incomprensión, que no acompañan. El elegido no tiene auxilios, por eso quizá haya sido señalado por ese dedo, que es el destino, y que no sabemos nunca exactamente qué es lo que pide de nosotros. Pero hay que obedecerlo.

            —Debió ser terrible la soledad de Jesucristo, ¿no cree?

            —Hay un momento de la vida de Jesús que a mí me parece el ápice de la Pasión. Es la oración del Huerto, el momento de Getsemaní. Ya han pasado los Tabores, han pasado las glorificaciones, han pasado las compañías, malas o buenas, y está allí, solo. Está en la víspera de la Pasión. En la Pasión ya va a ser un objeto casi, caído, llevado, golpeado, escupido, humillado… Pero, en ese momento, está siendo alguien que tiene que elegir y que tiene que elegir lo que Él sabe que es la muerte. El destino lo ha atrapado. Están allí los discípulos dormidos. Los amigos siempre roncan en esos momentos terribles. Y Él lo está previendo todo a solas. A mí no me extraña que, en ese momento, sudara sangre.

            —Hemos hablado de la soledad del éxito, pero y la soledad del fracaso…

            —Casi es menor.

            —¿Lo cree de verdad?

            —Sí, porque hay una especie de compasión por el fracasado. En este país somos muy dados a condolernos. Somos más aficionados a consolar que a aplaudir. Y al fracasado, además, siempre le queda la esperanza. Yo creo que, en el fondo, aunque sea con ese pequeño sentimiento de compasión que hace tan superior al que compadece, la soledad del fracasado es menor que la del éxito y se comprende mejor.

            —¿No será que usted no conoce la terrible soledad del fracaso?

            —Yo creo que sí. Ha habido en mi vida dos ocasiones en que he sido, por una parte, casi hundido y, por otra, casi asesinado. Mi nombre ha sido peligroso en dos ocasiones, y entonces se me retiró la compañía. Tuve que tirar el listín de teléfonos de mis conocidos a la basura porque no servía para nada. Me quedaron menos de los que se pueden contar con los dedos de una mano, y los teléfonos de ellos sí me los sabía.

            —¿Puedo saber por qué?

            —La primera ocasión fue por una moral gazmoña, provinciana y espantosa. La segunda fue por razones políticas.

            —¿Somos islas, como se ha dicho?

            —Sí, nos hemos hecho islas. El hombre tenía una gran vocación de sociabilidad, una gran vocación de continente, pero la humanidad se ha ido transformando en un confuso y lóbrego archipiélago. Por una razón: porque yo creo que se nos educa más para la exigencia que para la generosidad. Se nos educa para la reivindicación permanente mucho más que para la cooperación. Los seres humanos tenemos dos características esenciales en común: primero, que habitamos este satelitillo indeciso en medio de la galaxia; y, la segunda, que somos mortales. Junto a esas dos características esenciales, las demás no significan nada más que matices. El hecho de ser de razas diferentes, de religiones diferentes, de economías, de clases diferentes no significa casi nada. Y, sin embargo, le damos todo el énfasis, como si fuesen lo sustancial. Entonces, el hombre tiene pequeños sentimientos de amor, de familiaridad, pero muy privados, no contagiosos. Y, cuando obra en público o para el público, habla de grandes palabras: democracia, libertad, amor, solidaridad…, pero es mentira. Es mentira, y es ese olvido, ese apartarse de los demás lo que va dejando al hombre aislado, convertido en isla. En una isla a la deriva, que es una postura muy rara para una isla.

            —Y, a medida que nos vamos haciendo mayores, a medida que vamos creciendo y envejeciendo, nos vamos aislando más, ¿no?

            —No en todo caso. Hay gente que va comprendiendo que el hombre debe abrirse, que debe entregarse a los demás, y se va haciendo más generoso y, por tanto, más acompañado, menos aislado. Pero lo normal quizá sea lo que usted dice.

            —Porque no me negará que la vejez es, entre otras cosas, una etapa de soledad.

            —La vejez no se improvisa. Creemos que, de la noche a la mañana, un señor o una señora se ponen viejos. No es así. Nos vamos haciendo viejos, y hay que prepararse para eso, hay que tener recuerdos imborrables, curiosidad, admiraciones guardadas. Cada edad tiene su propia juventud: incluso la vejez. Preparémonos, señor Quintero.

            —Sí, pero ¿quién quiere escuchar esos recuerdos o compartir esas curiosidades y esas admiraciones a las que usted se refiere? Nadie tiene tiempo para escuchar a los viejos.

            —Hemos transformado la vejez en una especie de enfermedad incurable cuyo costo es altísimo de mantener, y todo el mundo quiere sacarse a los viejos de encima: las familias delegan en la sociedad, la sociedad delega en el Estado, al Estado un viejo no le sirve o sólo le sirve para utilizar su voto. Y los dejan, como trastos inútiles, en esos asilos en que el viejo yace descuidado, temeroso, porque no quiere denunciar por temor, en que tiene una soledad maniatada y amordazada, y está esperando allí la muerte. Y se pregunta dónde están los que estuvieron con él, sus amigos, los que hicieron con él la vida y ya no están. Y llega un momento en que casi anhelan tirar de una vez la toalla. La ciencia ha agregado años a la vida, pero nadie agrega vida a esos años. Porque la vida, Quintero, es como una extraña partida de ajedrez. Sobre ese tablero nos han colocado a nosotros, y no sabemos quién juega la partida ni quién la gana. Sabemos sólo que la perdemos nosotros en el momento en que empiezan a retirarnos del tablero. La vida es como un vaivén entre el recuerdo y la esperanza, pero cuando queda poca esperanza y los recuerdos ya no son compartidos, ya no son una pértiga desde la que saltar a la esperanza, mala cosa.

            —Pero ¿se puede vivir de recuerdos?

            —No, pero se puede vivir con los recuerdos, se puede vivir entre recuerdos. Naturalmente, cuando una persona tiene la mayor parte de su vida a la espalda, es lógico que mire más atrás.

            —Supongo que hay miles de maneras de estar solo.

            —Yo creo que tantas como personas. Van desde la soledad del tonto, que por tonto se ha ido quedando poco a poco solo; o desde la soledad del malvado que, por malo, es rehuido y temido por los demás, hasta la soledad del que verdaderamente quiere estar solo, la soledad voluntariamente escogida, que es la que en verdad puede ser más fructífera.

            —La más dura supongo que debe de ser la soledad de un condenado a muerte.

            —Sí, yo creo que ésa, si él es consciente, será la más parecida a la soledad del Cristo en el Huerto de los Olivos. Pero no olvidemos que, en realidad, todos estamos condenados a muerte, y con el agravante de que nadie nos dice el día ni la hora.

            —A mí la que quizá más desgarro me produce es la soledad de dos personas que viven juntas y que ya no tienen nada que darse ni nada que decirse.

            —Sí, pero se lo produce por una razón: porque están esas dos personas viviendo en la casa que soñaron para vivir juntos, sobre la almohada común, entre recuerdos comunes, con hijos comunes… Y, sin embargo, la púa esa de la soledad se ha injertado en el hermosísimo tronco del árbol del amor, y ese amor ya va a dar los frutos más amargos que puede imaginarse. Yo estoy seguro de que si alguien ha sentido la amargura de esos frutos y nos oye, me entenderá; quien no, no.

            —Pero, Gala, ¿no será la soledad una típica enfermedad burguesa, como la depresión?

            —¿Por qué burguesa? ¿Hay tanta diferencia entre un burgués, un proletario o un aristócrata? Yo no veo más que pequeñísimas diferencias, y todas accesorias. La soledad es inmanente en el corazón del hombre. El hombre no quiere estar solo. Es por eso por lo que se ha buscado compañía, por lo que se ha hecho politicón, por lo que se ha hecho urbano, por lo que se ha hecho sociable. Un hombre solo no es un hombre. Un hombre necesita poder contarle a alguien… Mire usted, por ejemplo, Robinson Crusoe, el gran solo. ¿Por qué se afeita, por qué se cuida, por qué escribe? Porque está acompañado por la ilusión de poder contar todo lo que le ha sucedido; porque está acechando la huella de un pie humano en la arena, sea el que sea, de otra raza, de otra educación… No sabe su idioma. Se llamará Viernes. Pero, aunque se llame Viernes de Dolores, el hombre no quiere estar solo. Y eso les pasa a todos los hombres: a los burgueses, que se deprimen porque tienen una vida especial, o un trabajo especial; a los proletarios porque no pueden de verdad sacar adelante a toda su familia; a los aristócratas, que están decaídos y que tampoco se encuentran ya a gusto en un mundo que ha dejado de ser el suyo. La soledad es un poco la primera dama de esta compañía.

            —Decía lo de los burgueses porque parece que en los países más desarrollados, esos países en los que la gente se pasa la vida trabajando y comprando cosas, se resiste menos la soledad y hay un mayor número de suicidios.

            —Porque probablemente también la soledad es mayor. El desarrollo lleva consigo otro desarrollo: el de todos los defectos que ya tenemos en nuestra propia sociedad: el aislamiento, la desazón, la desconfianza, los temores… Al subrayarse eso, se subraya la incapacidad del hombre para luchar en contra, y hay quien prefiere salir de esta vida que es un juego cuyo reglamento desconoce. Se siente aterrado por ella, humillado por ella, pisado por ella, inútil ya, y se quita de en medio. Pero la soledad la siente todo el mundo, hasta la gente que aparentemente está más rodeada por seres queridos… Hay una soledad, por ejemplo, que yo he estudiado y que quiero profundamente, porque parece increíble, que es la soledad de las amas de casa.

            —Sí, es verdad, uno no se imagina sola a su madre.

            —¿Cómo es posible que un ama de casa se sienta sola entre el fragor de la casa, de la casa sin hacer, de la casa recién hecha, de la casa deshecha, de los niños, del marido que llega, de las exigencias, de la cocina, de poner y retirar los platos…? Continuamente haciendo igual, como una abejita laboriosa. ¿Cómo puede sentirse sola? Y se siente. No se lo quiere confesar ni a ella misma, pero hay ahí como un diagnóstico de una enfermedad que ella misma desconoce, que le quita las ganas, que le quita las fuerzas. Y cuando los hijos van creciendo y el marido va menguando, ella ya se lo confiesa de una manera clara: está sencillamente sola. Y eso es terrible, porque oficialmente debía ser la mujer más acompañada.

            —Y un día, inesperadamente, a lo mejor decide que quiere vivir para ella, porque sólo ha vivido para los demás, o algo peor, que no quiere seguir viviendo, ¿no?

            —A mí no me extraña, ni sé cómo puede extrañarle a nadie, que un día esa buena, perfecta ama de casa se tire por una ventana o se vaya con el primero que le diga vente conmigo. Para empezar otra vez un largo camino de desilusiones, pero para empezar algo. Porque tiene la sensación de que ha perdido su vida en función de otras vidas. Y ya ni el éxito del marido, ni el éxito de los hijos la consuelan, porque ha perdido lo único que tenía: se ha perdido a sí misma al no tener ya ni a quién servir.

            —Gala, el dolor aísla, ¿no? El que sufre está solo en su sufrimiento.

            —Hay un dolor moral que es más participable, que admite más la condolencia. Pero hay un dolor físico que es como un destierro, como un confinamiento que te deja extramuros de todo. Tú no puedes contarle a nadie lo que te duele. Se necesita que le duela a él. La gente que viene a visitar, quizá por cumplir una hermosa obra de misericordia, se cansa de los enfermos crónicos… Y ese dolor va dejándonos desnudos, enfrentados sólo con él y con la amenaza que representa, y se trata de un sufrimiento un poco inútil. Porque si el sufrimiento no es asimilado, no ennoblece, no dignifica. La vida sólo empieza a hacer de oro lo que toca cuando esa soledad del doliente ya se ha hecho generosa y se ha transformado en algo superior. Todos los gestos humanos tienen como una soledad que los acompaña. Cada profesión, cada oficio, cada actitud humana está amenazada por una soledad. La soledad es un patrimonio común, un patrimonio compartido. Y de ella se puede sacar también un partido tremendo. Porque la soledad es, como casi todo, una posibilidad.

            —La elegida, no la impuesta.

            —La impuesta, también. La soledad impuesta puede ser amada, puede transformarse en un huésped no molesto, que no acabe por echarnos de casa, sino un huésped que nos acostumbre a hacer las labores y al que nosotros pongamos un poquito a trabajar. Me parece que se puede hacer una soledad fructífera aún de la soledad impuesta, de esa soledad que ya se ha instalado a nuestro lado y casi se ha transformado en compañera.

            —Hemos hablado de la soledad de los viejos, pero también los jóvenes se sienten solos, y mucho más quizá los adolescentes.

            —Sí, la adolescencia es una edad por la que casi nadie siente ternura. El adolescente es tan poco comprensivo… Los demás, para él, están en un planeta aparte, ininteligible, que lo malentiende siempre. No sólo es poco comprensivo, sino poco comprensible. Porque resulta que a él le sucede algo terrible: ha descubierto su cuerpo en el peor momento para el cuerpo; un cuerpo desgalichado, lleno de acné, de espinillas, de huesos largos y raros, de poca carne; y ha descubierto el sexo en un instante en que él, por una parte, no puede ya vivir sin él y, por otra, lo rechaza. Está perdido en su laberinto, en la adolescencia sola de su laberinto, este ser, que todavía es un proyecto, que no tiene el encanto del niño ni la madurez del adulto.

            —Son como un poco siniestros los adolescentes, ¿no?

            —Yo creo que la adolescencia está protagonizada por dos personajes extraordinariamente graves: un sexo que lo llena todo, pero que es incipiente, y una ensordecedora soledad. Creo que habría que ayudar a los adolescentes, siempre que ellos se dejasen ayudar.

            —¿Se imagina la soledad de un mendigo?

            —No necesariamente. ¿Por qué va a estar solo un mendigo?

            —Bueno, una de las imágenes tópicas de la soledad es un mendigo en Navidad.

            —No, lo del mendigo es otra cosa. No creo que sea la soledad lo más duro de él. Hay momentos del hombre extraordinariamente peores, de los que el mendigo sí forma parte. Porque hay una marginalidad voluntaria del independiente que sencillamente ha roto la baraja y se ha ido y ha hecho de la independencia la norma de su vida. Y luego hay otra marginalidad involuntaria. Los mendigos forman parte de ella, como lo forman la gente diferente por alguna razón, los que se esconden en los guetos, cualquiera que sea la causa, y forman parte de esa marginalidad: los adictos a algo, los que tienen una pena secreta e inconfesable que los va royendo como un cáncer o los de otra raza que vienen a trabajar con nosotros y son humillados y perseguidos por los que debiéramos ser sus anfitriones… Todos ésos entran en ese mismo saco de la soledad acosada. Porque, claro, la marginalidad se produce en cuanto que hay una soledad previa, y esa soledad previa se produce en cuanto que hay una hostilidad previa. Es la decadencia de unas vidas que nosotros no consideramos fraternales. A mí me da vergüenza que suceda eso, me avergüenza de todo corazón.

            —¿Y no es para avergonzarnos también que el hombre se sienta solo con tanta gente alrededor?

            —Sí, sí. Pero yo creo que la multitud no acompaña. No creo que nos dejemos tampoco acompañar. Hay como una especie de campana neumática que construimos a nuestro alrededor para nuestra propia defensa. Y sucede que esa campana que nos defiende también nos aísla. No es sólo la multitud la culpable. La multitud está hecha de unidades, y nosotros somos una de las unidades de esa multitud. Es decir, todos estamos siendo culpables de que esa soledad se produzca. Cada uno va a lo suyo, y, si cada uno va a lo suyo, está solo en lo suyo. ¿No hay nada en común? ¿No hay nada por lo que se pueda ir del brazo con los otros, pasar una mano por encima de un hombro, cruzar una mirada? ¿No existe ningún fin común?… Pues si no existe ninguno, la multitud será inútil, estaremos solos de uno en uno, y será nuestro castigo. ¿Qué vida hemos organizado, qué modo de vida es este que tenemos?

            —¿Qué modelo?

            —¿Modelo?… ¡Llamar modelo a eso!… Una vida llena de competitividad, de rivalidad, de transformar en enemigos a los que van a nuestro alrededor persiguiendo, a lo mejor, nuestro mismo fin. Una vida de desarraigos, de emigraciones, de dificultades de hacer amistades, de no tener ya más amistades que las que se hicieron al principio, de niños o de jóvenes, cuando todavía éramos decentes. Una vida llena de urgencias, de falta de tiempo para dedicarlo a los sentimientos sencillos, a tomar copas con algún amigo, a los sentimientos familiares, a los sentimientos amorosos, a la sonrisa, al enamoramiento… ¡Muy bien, pues en el pecado estamos teniendo la penitencia!

            —¿Pero qué podemos hacer? Porque yo no creo que nadie quiera vivir así, no creo que nadie quiera esta vida de rivalidades, de desarraigos, de urgencias, de falta de tiempo para uno mismo y para sus sentimientos…

            —Yo creo de verdad que el que quiera salirse de esa norma de vida, de esa estúpida norma de vida, puede salirse. Yo lo he hecho, e invito a quien quiera que me siga. Como dice la letra: «El que quiera que me siga / y el que no, con Dios se quede. / El que me siga, fatigas; que otra cosita no espere».

            —¡Qué hermoso!… Pero ¿usted cree, Gala, que hay alguien que de verdad quiera estar solo?

            —Lo que quiero creer es que todo el mundo querría estar acompañado, pero tampoco es eso cierto. Fíjese usted que nos vamos de los sitios pequeños en que vivíamos (ya que hablé antes del desarraigo) a las grandes ciudades. ¿Y qué sucede en las grandes ciudades, las que nos prometían la exaltación del amor, la fortuna…? Nos dejan luego en la estacada. Las grandes ciudades, que nos prometían que seríamos más libres, nos encarcelan en unos minúsculos apartamentos, y nos sentimos absolutamente amenazados en ellas. Pero ¿por qué? Porque nosotros mismos nos hemos puesto una coraza de egoísmo, porque nosotros mismos estamos hiriendo a los demás con nuestro escudo; es decir, atacándolos con nuestra defensa de ellos. Era el hombre un lobo solitario que, por no estar solitario, se agrupa y, de repente, desde esa agrupación, empieza a sentirse mucho más solitario: un lobo aullando a la luna y echando de menos aquella soledad primera que tenía, porque al fin y al cabo era menos ofensiva que la que tiene ahora. ¿Cómo no va a querer la gente estar sola? Habrá gente que quiera de verdad separarse de la manada de una vez. Como en la fábula de los puercoespines en invierno: quieren acercarse y calentarse, pero se hieren con lo más suyo que tienen, con las púas.

            —A veces, la soledad se la busca uno mismo, ¿no?, por miedo al rechazo, por timidez… ¿Usted es tímido?

            —Yo creo que un poco, pero he procurado luchar contra la timidez porque me parece que la soledad del tímido sí puede ser grave. El tímido siempre entiende que no gusta porque no se gusta; que, si se abre, es para que lo examinen y para que lo suspendan, para que lo pongan a prueba. Contra esa soledad yo creo que hay un remedio. Porque el tímido tiene una especie de mayor precisión en la percepción. El sabe cuándo tropiezan sus ojos con los ojos de alguien que lo respeta, que lo ve bien, que lo aprueba. Y entonces yo creo que el tímido, por esa otra persona, siente el amor del cachorro, ese amor fiel, continuo y ejemplarísimo.

            —¿Su timidez era miedo a los otros, a que lo examinaran y lo suspendieran?

            —A mí el miedo no me gusta. El miedo lo sentí de muy pequeño, hasta los seis años, y se me quitó. Me parece que es una perturbación grave. El miedo es quizá lo que más soledad origina: el miedo a los otros, el miedo a la gente que nos encontramos en una acera, en un ascensor, delante de un semáforo… El miedo es grave. Quizá es ese impermeable invisible que hace que los demás no nos penetren. Pero yo creo que hay soledades más iniciales. El hombre nace ya en la soledad. Hablamos, por ejemplo, de la infancia como de un paraíso: el paraíso de la infancia, quién volviera… ¡Mentira! El paraíso no es la infancia; el paraíso es probablemente la madre. No se sale del paraíso cuando se crece, se sale del paraíso cuando se nace.

            —Quizá por eso los niños lloran al nacer.

            —El niño es el ser más débil, como una flor, y, al mismo tiempo, como una centolla, erizado; porque está todo acechándolo, todo es peligro para él, todo es necesidad. El niño depende de un dios y de un todo, que es su madre. Y la madre, de pronto, se aleja de él, se va con el padre, tiene otros hijos, lo manda a la escuela, le niega los caprichos… Y el niño entra en esa terrible soledad de que su dios se va y de que él ya no es el dios de su dios, es como un rey destronado. Eso es muy duro. Yo estoy completamente convencido de que si el niño tuviera una conciencia de su desolación, de que si supiese lo que es la muerte y cómo conseguirla, se podría suicidan Menos mal que el hombre es un ser dotado divinamente para el consuelo y para el autoengaño. Pero yo, de verdad, no querría volver a la infancia. Si lo pensamos, nadie querría volver. El niño se salva por la esperanza y el olvido: como todos.

            —¿Cuántos de los que nos escuchan esta noche estarán o se sentirán solos?

            —En algún momento, quizá todos. Hay horas más propicias para la soledad, depende del trabajo, depende de la gente con quien se convive; pero hay horas crepusculares, cuando se va el sol, cuando el día se apaga, cuando tendría que encenderse el fuego, cuando todos tendríamos que volver para la confidencia, para la naturalidad, para el sosiego, en que la soledad se hace más profunda. Yo querría que esos solos hoy se sintiesen un poco menos solos, con una carga un poco más llevadera por más compartida.

            —¿Qué le dice al joven solitario que se siente incomprendido, diferente, y que no encuentra el camino para comunicarse con los demás?

            —Ningún corazón es del todo comprendido y todos somos diferentes, más o menos. Yo le diría que mirara bien a su alrededor, porque probablemente encontrará enseguida alguien igualmente incomprendido, diferente con la misma diferencia. Me parece que saltará ese pájaro súbito de una mirada en otra. Que confíe y espere.

            —¿Qué dice a esa muchacha solitaria, con una soledad insoportable?

            —La comprendo muy bien, pero el tiempo y la esperanza tienen suaves los dedos para cerrar las llagas; unas llagas que creemos que no se van a cerrar nunca, que va a crecer hierba sobre ellas. Yo le diría quizá que la parte más oscura de la noche es precisamente la que precede al amanecer. Que confíe también y que tenga misericordia con ella misma.

            —¿Y al ama de casa, a la que antes se ha referido, a esa mujer extrañamente sola?

            —A ésa le diría que confirme de verdad que es el ama de la casa, que es la gran reina; que, si no se lo cree, pruebe a ponerse enferma un par de días y verá cómo a su alrededor todo es desbarajuste y desconcierto; que comprenda que su misión está cumpliéndose y que su vida probablemente sea ser generosa con las demás vidas. Me parece que el interés y la paciencia son justamente sus armas. Ella no debe creerse que está sola. Lo que sucede es que está un poco rodeada de amantes sordomudos. Ya la echarán de menos.

            —¿Qué le dice a ese hombre y a esa mujer, a esa pareja que vive la soledad en compañía?

            —Que no dejen de ejercer la capacidad, que no desaparece nunca, del perdón, de anudar y de reanudar, de confiar y de confiarse, de desenmascararse uno delante del otro, quedándose en el puro hueso si es preciso. Y que, en último término, eleven juntos un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional del Amor, que siempre es un poco más piadoso que los otros tribunales.

            —¿Y qué le dice al que huye de la soledad desesperadamente?

            —Que cuando se muda uno a caballo, para huir de sí mismo, lleva toda la soledad, todas las virtudes, todas las cualidades y todos los defectos en el anca del caballo. Que es inútil huir de la soledad, porque la soledad va dentro de nosotros, estamos inmersos en ella. La soledad es inmanente en el alma del hombre y es un germen interior. No se puede huir de ella. Que se baje del caballo y la afronte.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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