Pero aún no hemos caído en la cuenta de que los días están más allá de los relojes,

de que el tiempo del reloj es solamente el ahora.

Las saetas giran y giran atadas a nuestra muñeca para ocultarnos el transcurso del tiempo,

para mantenernos perpetuamente en la actualidad.

Lo terrible del reloj es que nos detiene en un ahora fijo, que las saetas se mueven para que

el tiempo no pase para nosotros.

Esa maquinita estupenda nos mantiene inmóviles a través del tiempo que transcurre:

nos escamotea el paso real del tiempo y nos encierra en el ahora, que es un solo abstracto,

siempre el mismo, único, constante, ajeno al transcurso real de la vida: nos aísla de la hermosa

luz del sol que hace reales los días y las noches.

Y el antes es el antes del ahora, no del tiempo real, de la realidad del tiempo.

Y el después es el después del ahora: un ahora que tiene que llegar.

La actualidad, el ahora, el presente del reloj nos da un antes que se pierde, que no está

separado del ahora, que no retiene el tiempo real que transcurre: es sólo el ahora ya usado

que se cae dentro del ahora, del mismo ahora que usa el después, el ahora —no nuevo, no otro,

sino el mismo— que cuando llega es usado y se cae en el ahora único, que es el que llena nuestro

precioso reloj de un tiempo abstracto, prefabricado, terrible, muerto.