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para nosotros, rimbaud

 

 

 

 

Antes de acercarnos a Rimbaud, quisiéramos señalar que no conservaremos ni rechazaremos ninguna de las muchas denominaciones que hasta el día de hoy persisten en torno a él (R. el vidente, R. el delincuente, etc.). Simplemente no nos interesan, sean exactas o no, conformes o no, porque un ser como Rimbaud –y unos pocos más de su especie– las contiene necesariamente a todas. Rimbaud el Poeta, eso basta, eso es infinito. El bien decisivo y para siempre desconocido de la poesía, creemos, es su invulnerabilidad. Esta es tan completa, tan fuerte que el poeta, hombre de lo cotidiano, es el tardío beneficiario de una cualidad de la que sólo fue el irresponsable portador. Desde los tribunales de la Inquisición hasta la época moderna, nada indica que el mal temporal haya finalmente acabado con Teresa de Ávila o con Boris Pasternak. Jamás nos dirán algo sobre ellos que nos los haga intolerables y que nos impida el abordaje de su genio. Al decir esto, ni siquiera pensamos en el justo juego de las compensaciones que les aplicaría su clemencia, como a cualquier otro mortal, siguiendo las oscilaciones de los hombres y el olfato del tiempo.

Recientemente nos han querido demostrar que Nerval no siempre fue puro, que Vigny fue horrible en una circunstancia tonta de su vejez. Antes que ellos, Villon, Racine… (Racine, a quien su más reciente biógrafo amonesta con una pericia que me cansé de buscar.) Quienes aman la poesía saben que no es verdad, a pesar de las apariencias y de las pruebas exhibidas. Los devotos y los ateos, los procuradores y los abogados nunca podrán acceder profesionalmente hasta ella. ¡Extraña suerte! Yo es otro. La acción de la justicia está apagada allí donde quema, donde mora la poesía, allí donde el poeta alguna tarde encontró calor. Si aparece un valiente profesor que a los cuarenta años se arrepiente, algo cómicamente, de haber admirado con demasiada vehemencia, a la edad de veinte, al autor de las Illuminations y nos restituye su antigua felicidad, mezclada con su actual congoja, bajo el rosáceo semblante de dos espesos volúmenes definitivos de archivos, esa labor de acopio no añade siquiera dos gotas de lluvia al chaparrón, dos cáscaras de naranja al rayo de sol que gobiernan nuestras lecturas. Obedecemos libremente al poder de los poemas y por la fuerza los amamos. Esa dualidad nos procura ansiedad, orgullo y alegría.

 

Cuando Rimbaud se hubo ido, cuando dio su espalda maciza a las actividades literarias y a la existencia de sus mayores del Parnaso, esa súbita evaporación apenas si sorprendió. Sólo más tarde ésta se planteó como un verdadero enigma, una vez conocidas su muerte y las divisiones de su destino, sin embargo trazadas por un único corte de serrucho. Nos atrevemos a creer que no hubo ruptura ni lucha violenta tras la última crisis, sino –recurrimos a una imagen fácil– interrupción del vínculo, cese de alimentación entre el fuego general y la boca del cráter, luego descamación de los sitios imantados y ornados por la poesía, mutismo y mutación del Verbo, fin de la energía visionaria, finalmente aparición sobre las pendientes de la realidad objetiva de otra cosa que sería por cierto vano y peligroso intentar fijar aquí. Su obra, tan rápidamente constituida, Rimbaud la olvidó, letra por letra, no parece haber sufrido por ella, ni siquiera la detestó ni sintió ya más en su muñeca morena la verde cicatriz. Entre el adolescente extremo y el hombre extremo, la distancia no se mide. ¿Existe acaso alguna prueba de que Rimbaud, después, haya intentado recuperar los poemas abandonados en manos de sus antiguos amigos? Ni una sola, que sepamos. Completa indiferencia. Perdió el recuerdo. Lo que ahora sale de la delgadez de la rama, en vez de frutos como en el tiempo en que era un joven árbol, son espinas victoriosas, pinchos que fueron anunciados por el embriagador perfume de las flores.

    

La observación y los comentarios de un poema podrán ser profundos, singulares, brillantes o verosímiles, seguirán reduciendo a una significación y a un proyecto un fenómeno cuya única razón es ser. La riqueza de un poema: si se trata de evaluarla a partir del número de interpretaciones que suscita para enseguida arruinarlas, aunque manteniéndolas en nuestras tramas, esa medida es aceptable. ¿Qué es lo que centellea, habla y no susurra, se transmite silenciosamente y luego huye en la noche, dejando sólo el vacío del amor, la promesa de la inmunidad? Ese centelleo muy personal, esa trepidación, esa hipnosis, esos latidos innombrables son tantas y más versiones, esas sí plausibles, de un acontecimiento único: el presente perpetuo en forma de rueda, como el sol y como el rostro humano antes de que el cielo y la tierra, al tirarlo cada uno hacia sí, lo estiraran cruelmente.

Ir como poeta hacia Rimbaud es una locura porque personifica, para nosotros, lo que el oro era para él: el absoluto poético. Su poema, si bien fascina y provoca al comentador, lo quiebra de inmediato. A cualquiera de ellos. Y como su unidad la obtuvo por la divergencia de cosas y de seres que lo forman, absorberá en un plano irrisorio los reflejos empobrecidos de sus propias contradicciones. Ninguna objeción al respecto, porque las contiene a todas: Quise decir lo que dice, literalmente y en todos los sentidos”. Frase que, pronunciada o no, es verdadera y se devana indefinidamente.

Hay que considerar a Rimbaud desde la sola perspectiva de la poesía. ¿Es eso tan escandaloso? Su obra y su vida se descubren entonces en su coherencia sin igual, ni a causa, ni a pesar de su originalidad. Cada movimiento de su obra y cada momento de su vida participan de una empresa que pareciera ser perfectamente conducida por Apolo y por Plutón: la revelación poética, la menos velada de las revelaciones que como ley se nos escapa pero que, bajo el nombre del fenómeno noble, nos hostiga casi familiarmente. Estamos advertidos: fuera de la poesía, entre nuestro pie y la piedra que pisa, entre nuestra mirada y el campo recorrido, el mundo es nulo. La verdadera vida, el coloso irrecusable, sólo se forma en los flancos de la poesía. Sin embargo el hombre no tiene la soberanía (o no la tiene más, o aún no la tiene) de disponer a gusto de esa verdadera vida, de fertilizarse en ella, salvo en breves relámpagos que semejan orgasmos. Y en las tinieblas que les siguen, gracias al Conocimiento que esos relámpagos han traído, el Tiempo, entre el vacío horrible que segrega y una esperanza-presentimiento que sólo depende de nosotros, y que en realidad es el próximo estado de extrema poesía y de videncia que se anuncia, el Tiempo se dividirá, pasará, pero a favor nuestro, mitad vergel, mitad desierto.

Rimbaud tiene miedo de lo que descubre; las obras actuadas en su teatro lo asustan y lo deslumbran. Teme que lo inaudito sea real y en consecuencia que los peligros que su visión le depara sean, también ellos, reales, densos aliados en busca de su pérdida. El poeta hace trampa, se esfuerza por desplazar la agresiva realidad hacia un espacio imaginario con los rasgos de un Oriente de leyenda, bíblico, donde se debilitaría, disminuiría su fabuloso instinto de muerte. ¡Para qué! La trampa es vana, el horror justificado, el peligro bien real. El Encuentro que persigue y que recela, helo aquí surgiendo como un doble cuerno, penetrando con sus dos puntas “en su alma y en su cuerpo”.

 

Cosa rara en la poesía francesa e insólita para esta segunda mitad del siglo XX: la naturaleza en Rimbaud ocupa un lugar central. Naturaleza no estática, poco apreciada por su belleza convencional o sus producciones, pero asociada al fluir del poema donde interviene a menudo como materia, fondo luminoso, fuerza creadora, soporte de actos inspirados o pesimistas, gracia. Nuevamente actúa. Es ése el avance respecto a Baudelaire. Nuevamente la palpamos, respiramos sus rarezas minúsculas. En cuanto la percibimos quieta, ya la sacude un cataclismo. Y Rimbaud va desde el suave respaldo del pasto donde la cabeza, olvidadiza de las fatigas del cuerpo, se vuelve agua de manantial, hasta alguna caza entre poseídos en la cima de un acantilado que escupe el diluvio y la tempestad. Rimbaud se apresura de un lado a otro, entre infancia e infierno. En la Edad Media la naturaleza era pugnaz, intratable, sin brecha, con grandeza indiscutible. El hombre se hacía escaso, y escasa era la herramienta, o por lo menos su ambición. Las armas la despreciaban o la ignoraban. A fines del siglo XIX, tras fortunas varias, la naturaleza, cercada por las iniciativas de los hombres cada vez más numerosos, perforada, despojada, revuelta, despedazada, desnudada, flagelada, acobardada, la naturaleza y sus queridos bosques son reducidos a una vergonzosa servidumbre, sufren una disminución terrible de sus bienes. ¿Cómo podría sublevarse, si no a través de la voz del poeta? Este siente despertarse el pasado perdido y burlado de sus ancestros, sus afinidades guardadas para sí. Por eso vuela a su auxilio, eterno pero lúcido don Quijote; identifica su desamparo con el suyo; le devuelve, con el amor y con el combate, algo de su indispensable profundidad. Conoce la vanidad de los renacimientos, pero mejor y por sobre todas las cosas, sabe que hay que estar desesperadamente del lado de la Madre de los secretos, la que impide que las arenas mortales se expandan sobre el área de nuestro corazón, esa reina perseguida.

Con Rimbaud la poesía dejó de ser un género literario, una competencia. Antes que él, Heráclito y un pintor, Georges de La Tour, habían construido y mostrado cuál Casa, entre todas, debía habitar el hombre: a la vez morada del soplo y de la meditación. Baudelaire es el genio más humano de toda la civilización cristiana. Su canto encarna esta última en su conciencia, su gloria, su remordimiento, su maldición, el instante de su decapitación, de su detestación, de su Apocalipsis. Los poetas, escribe Hölderlin, se revelan en su mayoría al principio y al final de una era. Con cantos dejan los pueblos el cielo de su infancia para entrar en la vida activa, en el reino de la civilización. Con cantos regresan a la vida primitiva. El arte es la transición de la naturaleza a la civilización, y de la civilización a la naturaleza.” Rimbaud es el primer poeta de una civilización no aparecida aún, civilización cuyos horizontes y paredes son sólo furiosos pajonales. Parafraseando a Maurice Blanchot, he aquí una experiencia de la totalidad, fundada en el futuro, expiada en el presente, que posee una única autoridad: la suya. Pero si yo supiera lo que es Rimbaud para mí, sabría lo que es la poesía frente a mí y ya no tendría que escribirla… 

 

El instrumento poético inventado por Rimbaud es quizá la única réplica posible de un Occidente saturado, satisfecho de sí mismo, bárbaro y luego sin fuerza, que ha perdido hasta el instinto de conservación y el deseo de belleza, a las tradiciones y a las prácticas sagradas del Oriente y de las religiones antiguas, así como a las magias de los pueblos primitivos. ¿Este instrumento, del que disponemos, sería nuestra última chance de recuperar los poderes perdidos? ¿De igualar a los egipcios, los cretenses, los dogones, los magdalenienses? Esta esperanza de regreso es la peor perversión de la cultura occidental, su más loca aberración. Al querer remontarse a las fuentes y regenerarse, sólo se agrava el anquilosamiento, se precipita la caída y se castiga absurdamente nuestra sangre. Rimbaud sintió y rechazó esa tentación: “Hay que ser absolutamente moderno. Mantener el terreno ganado”. La poesía moderna tiene confines cuyo cerco es lo único sombrío. Ningún pabellón flota demasiado tiempo sobre ese témpano que, según su capricho, se entrega a nosotros y vuelve a sí mismo. Pero ella le indica a nuestros ojos el Relámpago y sus recursos vírgenes. Algunos piensan: “¡Es muy poco! ¿Y cómo distinguir lo que sucede allí abajo?” ¿A esos puntillosos se les hubiera ocurrido tallar un sílex hace veinte mil años?

 

Rimbaud, al huir, sitúa indiferentemente su edad de oro en el pasado y en el futuro. No se asienta. Sólo hace surgir otro tiempo, en modo nostalgia o modo deseo, para abatirlo de inmediato y volver al presente, ese blanco cuyo centro siempre de proyectiles tiene hambre, ese puerto natural de todas las partidas. Pero del más acá al más allá, la crispación es extraordinaria. De ella Rimbaud nos procura el relato. En el movimiento de una dialéctica ultra-rápida, aunque tan perfecta que no engendra un desquicio, sino un torbellino ajustado y preciso que se lleva todo consigo insertando en un devenir su carga de tiempo puro, él nos arrastra, con nuestro consentimiento nos somete.

En Rimbaud la dicción precede por un adiós a la contradicción. Su descubrimiento, su fecha incendiaria, es la velocidad. La premura de su palabra, su extensión, desposan y cubren una superficie que el verbo, antes de él, no había ocupado ni alcanzado nunca. En poesía, sólo se habita el lugar que se deja, sólo se crea la obra que se abandona, sólo se obtiene la duración cuando se destruye el tiempo. Pero todo lo que se obtiene por ruptura, desprendimiento y negación, se obtiene para el otro. La cárcel se cierra de inmediato sobre el prófugo. El dador de libertad sólo es libre en los otros. El poeta sólo goza de la libertad de los otros.

En el interior de un poema de Rimbaud, cada estrofa, cada versículo, cada frase vive una vida poética autónoma. En el poema Génie se describió a sí mismo como en ningún otro poema. Y efectivamente concluye despidiéndose de nosotros. Como Nietzsche, como Lautréamont, tras habernos exigido todo, nos pide que lo despachemos. Última y esencial exigencia. Él, que no se satisfacía con nada, ¿cómo podría satisfacernos a nosotros? Su marcha apenas conoce un término: la muerte, que sólo es un gran tema de este lado. Ella lo acogerá, tras sufrimientos físicos tan increíbles como las iluminaciones de su adolescencia. O acaso su áspera madre no lo trajo al mundo en una cuna altanera, cercada por guardias semejantes a crías de serpientes, ávidas de calor. Se apoderaron tan fuerte de él que lo acompañaron hasta el final, para sólo largarlo sobre el suelo de su tumba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

hablar de poesía número 33

 

Traducción de Magdalena Cámpora

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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