samuel beckett

malone muere

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malone muere

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malone muere

 

 

Cuando haya hecho el inventario, si mi muerte no es inminente, escribiré mis memorias.

Vaya, he hecho un chiste.

Bien, bien. Hay un armario en el cual jamás he curioseado.

Mis pertenencias están en un rincón, revueltas.

Puedo hurgar en ellas con mi largo bastón, acercarlas a mí, devolverlas de nuevo a su lugar.

Mi cama está junto a la ventana.

Permanezco vuelto hacia ella gran parte del tiempo. Veo tejados y el cielo; si me esfuerzo

mucho, alcanzo a ver un poco de calle.

No veo campos ni montañas.

Sin embargo, están cerca.

Al fin y al cabo, yo qué sé.

Tampoco veo el mar, pero lo oigo cuando está tormentoso.

Puedo ver una habitación de la casa de enfrente.

A veces suceden cosas raras.

Las personas son raras. Quizá se trate de anormales. Ellos también deben de verme: mi

cabezota hirsuta contra el cristal.

Jamás he tenido tanto pelo como ahora, ni tan largo; lo digo sin miedo a que me contradigan.

Pero por la noche ellos no me ven, porque no enciendo la luz.

Desde que estoy aquí me he interesado un poco por las estrellas.

Pero no logro reconocerlas.

Una noche, al observarlas, me vi de repente en Londres.

¿Es posible que haya llegado hasta Londres?

¿Y qué tienen que ver las estrellas con esta ciudad?

En desquite, me he familiarizado con la Luna.

Ahora conozco bien sus cambios de fase y de órbita, sé más o menos las horas en que puedo

buscarla en el cielo y las noches en que no aparecerá.

¿Qué más? Las nubes. Son muy variadas, realmente ofrecen una gran variedad. Y toda

clase de pájaros.

Vienen hasta el alféizar de mi ventana, ¡piden comida! Es enternecedor.

Golpean el cristal con su pico. Nunca les he dado nada. Pero vuelven siempre.

¿Qué esperan? No son buitres.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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