la encrucijada

 

 

 

Gané peso en Navidad, luego más durante la Cuaresma. Probé la Dieta de las Nueve Ciruelas al Día,

la Dieta de la Aguja de Pino,

después Coma a su Manera hasta la Salud y la Felicidad con Virutas de Lápiz y el Programa Talco,

luego no comía nada salvo sal de carretera y plumas de gallina durante más de un mes,

pero sólo acumulaba libra tras libra.

Cada mañana, desnudo como un pez y completamente afeitado, miraba bobamente la lectura digital

en las básculas de baño, como el desconsolado amante de un perro miraría la factura del veterinario.

 

Mi novia estuvo, con mucho tacto, muda, hasta la noche de San Valentín. Después de salir a rastras de

debajo de las ruinas del sexo, me llevó de las esposas a través de la puerta del armario, y allí, entre perchas

y rieles, guió mis dedos hacia las entalladas pretinas y los cinturones hechos a mano,

hacia los hermosamente acabados cuellos y puños,

hacia el preciso cosido de las cremalleras y los botones y los broches.

Llorosa en la dura, nativa luz de la luna, ella susurró:

“Si no puedes hacerlo por mí, entonces ¿al menos por estos atractivos pantalones, caballero, o esta

elegante chaqueta, o esta espléndida camisa?”

 

 

 

 

 

the crunch

 

 

 

I put on weight at Christmas, then more during Lent. I tried the Nine Plums a Day Diet,

the  Pine Needle Diet, then the Eat Your Way to Health and Happiness with Pencil Shavings

and Talc Plan, then ate nothing but road salt and hen feathers for more than a month,

but just piled it on, pound after pound.

Each morning, as naked as a fish and fully shaved, I gawped at the digital readout on the

bathroom scales, much as a bereaved dog-lover might stare at a veterinary bill.

 

My girlfriend was tactfully mute until Valentine’s night. After crawling out from under the ruins

of sex she led me by the manacles through the wardrobe door, and there, amongst hangers

and rails, guided my fingers towards tailored waistbands and handcrafted belts,

towards beautifully finished collars and cuffs,

towards the pinpoint darning of zips and buttons and studs.

Tearful in the hard, indigenous light of the moon she whispered,

“If you can’t do it for me, then at least for these attractive trousers, mister, or this handsome

jacket, or this gorgeous shirt?”

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

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