the knack

 

    

Boris was sitting in a field of bullocks above the house where he’d lived as a boy, trying to be a writer. There were many wild flowers waiting patiently to be described. But every time his pen made contact with the paper his hand skidded and jumped.

Boris had to wonder about the spasms; were they the onset of epilepsy or some terrible motor-function illness? Or variant CJD perhaps— he’d certainly eaten a lot of dubious meat dishes in his younger years, including a cow’s brain and also a cow’s heart, though not at the same meal.

However, this sudden loss of muscle control wasn’t in any way unpleasant, in fact it felt a bit trippy, and after a time he gave up fighting it and let the pen wander at will. And although arbitrary, the peaks and troughs it produced had a confidence about them, something you couldn’t argue with, like a cross-section of the Alps or a graph of Romany populations over the centuries.

Eventually Boris found himself quite detached from his notepad, gazing down at the small end-terrace, at the frosted window of the bathroom where his handsome father had handed him his first disposable razor. “The knack,” said his father, “is to …” But his advice on shaving was drowned out by the siren which blared from the roof of the village fire station, and the old man bolted from the house, racing along the road on his bicycle, jumping from bike to fire engine like a bareback rider switching horses at the circus, heading for the mushroom of black smoke mushrooming over a distant town.

And there he entered the Inferno. Boris put his hand to his throat. The flowers were still waiting. Then James Tate, a poet much admired in America, went by in an autogyro, flicking Boris the V-sign. North America, I should say, though for all I know he might be the toast of Tierra del Fuego, and a household name in Bogotá.

       

 

 

el truco

Boris estaba sentado en un campo de bueyes encima de la casa donde había vivido cuando era niño, intentando ser escritor. Había muchas flores silvestres esperando pacientemente a ser descritas. Pero cada vez que su pluma tocaba el papel su mano resbalaba y saltaba. Boris tuvo que preguntarse por los espasmos; ¿eran el comienzo de la epilepsia o alguna terrible enfermedad de la función motora? O la variante CJD quizás- ciertamente, había comido muchos platos de carne dudosos en su juventud, incluyendo el cerebro de una vaca y también el corazón de una vaca, aunque no en la misma comida.

Sin embargo, esta pérdida repentina de control muscular no era de ninguna manera desagradable, de hecho se sentía un poco flipado, y después de un tiempo renunció a pelear y dejó que la pluma vagara a voluntad. Y, aunque arbitraria, los picos y las depresiones producían una sensación, algo que no se podía argumentar, como una sección transversal de los Alpes o un gráfico de los habitantes de Rumanía a lo largo de los siglos.

Al final, Boris se encontró muy desinteresado por su bloc de notas, mirando hacia el pequeño extremo de la terraza, a la empañada ventana del cuarto de baño donde su apuesto padre le había dado su primera maquinilla desechable. “El truco,” dijo su padre, “es… ” Pero su consejo sobre el afeitado fue ahogado por la sirena que sonó desde el techo de la estación de bomberos del pueblo, y el hombre salió disparado de la casa, corriendo por el camino en su bicicleta, saltando de la bicicleta al camión de bomberos como un jinete que monta a pelo cambia de caballo en el circo, rumbo a la seta de humo negro que crecía sobre una ciudad distante.

Y allí él entró en el Infierno. Boris se llevó la mano a la garganta. Las flores todavía estaban esperando. Entonces, James Tate, un poeta muy admirado en América, pasó en un autogiro, haciendo a Boris el signo de la V. Norteamérica, debo decir, aunque por todo lo que sé él podría ser la tostada de la Tierra de Fuego, y un personaje famoso en Bogotá.

 

 

 

 

  

 

 

2010 by Simon Armitage

Seeing stars : poems / by Simon Armitage

Published in the United States by Alfred A. Knopf