V    

 

 

J’aime le souvenir de ces époques nues,
Dont Phœbus se plaisait à dorer les statues.
Alors l’homme et la femme en leur agilité
Jouissaient sans mensonge et sans anxiété,
Et, le ciel amoureux leur caressant l’échine,
Exerçaient la santé de leur noble machine.
Cybèle alors, fertile en produits généreux,
Ne trouvait point ses fils un poids trop onéreux,
Mais, louve au cœur gonflé de tendresses communes,
Abreuvait l’univers à ses tetines brunes.
L’homme, élégant, robuste et fort, avait le droit
D’être fier des beautés qui le nommaient leur roi ;
Fruits purs de tout outrage et vierges de gerçures,
Dont la chair lisse et ferme appelait les morsures !

Le Poëte aujourd’hui, quand il veut concevoir
Ces natives grandeurs, aux lieux où se font voir
La nudité de l’homme et celle de la femme,
Sent un froid ténébreux envelopper son âme
Devant ce noir tableau plein d’épouvantement.
Ô monstruosités pleurant leur vêtement !
Ô ridicules troncs ! torses dignes des masques !
Ô pauvres corps tordus, maigres, ventrus ou flasques,
Que le dieu de l’Utile, implacable et serein,
Enfants, emmaillota dans ses langes d’airain !
Et vous, femmes, hélas ! pâles comme des cierges,
Que ronge et que nourrit la débauche, et vous, vierges,
Du vice maternel traînant l’hérédité
Et toutes les hideurs de la fécondité !

Nous avons, il est vrai, nations corrompues,
Aux peuples anciens des beautés inconnues :
Des visages rongés par les chancres du cœur,
Et comme qui dirait des beautés de langueur ;
Mais ces inventions de nos muses tardives
N’empêcheront jamais les races maladives
De rendre à la jeunesse un hommage profond,
— À la sainte jeunesse, à l’air simple, au doux front,
À l’œil limpide et clair ainsi qu’une eau courante,
Et qui va répandant sur tout, insouciante
Comme l’azur du ciel, les oiseaux et les fleurs,
Ses parfums, ses chansons et ses douces chaleurs !

 

   

     

 

 

V

 

 

Adoro el recuerdo de esas épocas desnudas,
incluso Febo se divertía cuando cubría de oro las estátuas.
Entonces, el hombre y la mujer mediante su agilidad
gozaban sin mentiras ni preocupación,
y el cielo amante les acariciaba la espalda,
ejercitándose a la salud de su noble maquinaria.
Cibeles, por eso, fértil en bienes, generosa
no pensaba en sus hijos como una carga demasiado onerosa,
pero, loba hasta la médula, hinchada con afectos mutuos,
colmaba el mundo con sus oscuros pezones.
El hombre, apuesto, robusto y firme, tenía el derecho
a estar orgulloso de las hermosas mujeres que le llamaban su rey,
fruto limpio de toda ofensa y virgen de estrías,
cuya suave y firme carne requería esos mordiscos.

El poeta, hoy en día, cuando quiere desarrollar
estas nativas grandezas, en lugares donde se dejan ver
la desnudez del hombre con la de la mujer,
siente un frío tenebroso envolviendo su alma
ante el negro panorama lleno de espanto
¡Oh monstruosidades llorando su vestidura!
¡Oh ridículos torsos, pechos dignos de ocultarse!
¡Oh pobres cuerpos retorcidos, flacos, barrigones o flácidos!
¡Por el dios de lo Útil, implacable y sereno
Niños envueltos en sus pañales, descarados!
¡Y vosotras, mujeres, por desgracia! pálidas como velas
que se consumen y que alimentan la depravación, y vosotras, vírgenes,
del vicio materno arrastráis el legado
¡y todos los horrores de la fecundidad!

Tenemos, es verdad, naciones corrompidas
pueblos viejos, algunas bellezas desconocidas:
Caras carcomidas por las úlceras del corazón,
así como las maravillas de la lentitud;
pero estas invenciones de nuestras musas tardías
no impedirán nunca a las razas enfermizas
rendir a la juventud, un homenaje profundo,
_ ¡A la Santa juventud, al mero aire, a la dulce frente,
a la mirada limpia y clara como un agua corriente
que va derramándose sobre todo, despreocupada
como el azul del cielo, los pájaros y las flores,
sus perfumes, sus canciones y sus tibias temperaturas!

 

     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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