viaje a wallace stevens

 

eusebio abásolo

 

 

     

Hay poetas que llegan hasta nosotros, nos rodean y piden nuestra amistad.

Wallace Stevens, que es para algunos el máximo poeta norteamericano del siglo XX, permanece atado a sus raíces y exige que, para conocerle, viajemos hacía él. Descendiente de Whitman, sólido holandés de Pensilvania, no participó en aquel regreso al viejo continente que iniciara Henry James y que arrastró a Eliot y a Pound y más tarde a la “generación perdida”. Y no sólo no visitó Europa sino que los viajes por su pals fueron breves y circunstanciales.

El hecho de que nunca tuviera automóvil, ese totem americano, es ya de por sí un símbolo. Quizá en ningún otro escritor se haya dado con mayor rigidez la separación entre su mundo literario y su mundo profesional, en una nítida fragmentación. Abogado de la “Hartford Accident and lndemnity Company”, de la que llegó a ser Vicepresidente en 1934, contestó al ‘Who’s Who” que su profesión era “la de los seguros” y una vez dijo: “Soy un hombre de Ley y vivo en Hartford. Estos hechos no son ni divertidos ni reveladores”.

Nunca dejó de ser un republicano tradicional, amante de las causas perdidas y de la América que fue, un fiel conservador que creía que Eisenhower era un peligroso radical. Stevens, que era tan atrevido en poética como reaccionario en política, no consideraba que sus dos actividades fuesen antagónicas. Podía ser jurista y poeta, corno Benjamín Franklin una de sus admiraciones, pudo ser a la vez hombre de negocios, filósofo, filólogo, impresor e inventor.

Y su torre de marfil tenía para él “singulares vistas a vertederos públicos y a los letreros luminosos de las salsas de Snider, del jabón lvory y de los automóviles Chevrolet”; pues el poeta romántico es hoy “un ermitaño que vive solo en compañía del sol y de las estrellas pero que reclama que le sirvan el infecto periódico”. Su torre de marfil, si alguna vez la tuvo, era una torre permanentemente abierta y tenia en su interior su propio laberinto.

Las fuentes de su poesía están más que en los poetas de su lengua, en Baudelaire y Laforgue, en Mallarmé, del que elogió sus “claros enigmas”. Un sobrio y elegante simbolismo, nada sentimental, atraviesa sus poemas, que sin dejar de ser específicamente yankis, empapados en la tierra de Connecticut, responden a esquemas y a ritmos de la mejor poesía francesa. Y aunque un critico ha visto en él un Coleridge moderno, le distingue del autor de “Kublai-Khan” un humor nada superficial y un dandysmo que se salva de la trivialidad por su trasfondo de desesperación; desesperación que nace de un universo que el poeta contempla vacío de dioses y en el que sólo la poesía puede asumir el papel del único Absoluto.

Se ha dicho de nuestro poeta, y no es posible mayor elogio, que escribía en una lengua existente como si fuese de su propia invención. Pues no es tarea de la poesía descubrir nuevos términos sino dar a las viejas palabras de la tribu toda su maravillosa potencia y, mediante ellas, crear realidades “ex nihilo” como por un conjuro. Y el poeta sabe, escuchando el aullido de los pavorreales, que hay trece formas de mirar a un mirlo y jirafas de tres patas; que la primavera es una mujer desvistiéndose; que se pueden divisar polillas en la puerta del cielo pero no osos entre las rosas, y que la muerte, absoluta y sin conmemoración, es la madre de la belleza.

Creyendo sin creer, más allá de la fe (“whitout belief, beyond belief’), su picassiano hombre de la guitarra azul, el poe­ta mismo, transfigura la realidad: Dijeron:

‘Tienes una guitarra azul

No tocas las cosas como son”.

El hombre replicó: “Las cosas como son

Cambian en la guitarra azul”.

No debo prescindir de una divertida anécdota que prueba que la poesía, por muy sibilina que sea, pueda influir en la sociedad, o sea inquietarla. El Secretario de la Asociación de Fabricantes de

Helados, después de haber leído el poema ‘The Emperor of lce-cream”, ese que termina con el imperial verso “The on/y emperor is the emperor of íce-cream”, escribió a Stevens preguntándole si estaba a favor o en contra de los helados.

¿Cabe mayor impacto de la poesía en la sociedad?. Me he acercado, como sencillo lector a la poesía de Stevens para observarla, después de un largo viaje, y, aproximándome a ella desde mi ángulo, sacar una simple diapositiva. El poeta de Hartford estuvo con seguridad de acuerdo en que la poesía es, como la definió Mattew Arnold, el habla más perfecta del hombre; y aunque hubiera rechazado la afirmación de Nemorov de que su propósito es provo­car a Dios para que hable, debió de parecerle más importante que el Derecho del Seguro, por más que el tenaz y prolongado cultivo de éste haya sido su “única profesión”.

Muy pocas veces los ecos del mundo jurídico penetraron, como por equivocación, en sus versos. Una de ellas, quizás la única, queda reflejada en los de “Invectiva contra los cisnes”, que dejo aquí, escribiéndolos de nuevo:

Like one who scrawls a listless testa/

ment

Of golden quirks and Paphian carica/

tures.

Dividido entre dos mundos, ¿no habrá sido para quien creyó que “poetry is form of melancholia”, la melancolía su verdadera profesión?

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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