merodeando a la música
La mayor evidencia para mí de que algún Dios existe es la música. Porque no todos conocen la música.
La inserción en el pensamiento de una melodía en presente que es interpretada, cambiante, es la mejor prueba
de esa conexión con una divinidad que seguramente está tocando jazz en sus ratos libres, y nos deja escuchar
un poco de vez en cuando.
La verdadera música es el GEO de la vida, de rigor honesto y una disciplina disciplinada
que parece sacada de un monasterio shaolin.
Al poeta lo que más le gustaría es convertirse en música. Imaginad en silencio, poned una canción
que os guste y cerrad los ojos.
Vuestro cuerpo se vuelve, languidece, pesa blandamente sobre el sofá (o el suelo, o la cama).
Todo el resto se disipa. No queda nada más que ese sonido. Su aceptación voluntaria es inútil
y hasta nefasta.
La música, sola, que no te invade sino que eres tú el que va a disolverse, hace que esperes
a ese momento sin frases del que ni siquiera se podría decir que flota en música.
No queda más que materia sonora, absolutamente sola, pulsación pura, y tú te has convertido en ella.
En esa música que desde fuera, como cuerpo inerte que es, mira desde lejos sin preocuparse
de que seas tú el que la oye.
La música son inconsistentes ecos reiterados desde un reino de paz. Sonidos refulgentes como piedras preciosas.
Y los oímos rodar por el aire como un milagro abombado y azul, como esa gota tenue por el cabello rubio hacia la espalda.
La música tiene el privilegio de ser escuchada sin ningún eco. Transcurre ágil, estática y dinámica,
sobre un fondo de calma —reloj pausado y constante.
Su ritmo es el de la naturaleza que es sin querer ser, sin querer no ser. Sin vanidades. Una con el todo.
Su sonido sostiene mi oído y el oído a mi ser. Y mi ser a mi existir, y mi existir a una parte de esta vida.
ángel ferrer
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