Natasha está sentada en el capó de una ranchera de la vida, donde se puede ser feliz

porque se puede ser feliz en (casi) cualquier parte. Uno se identifica (parcialmente) con

Natasha, cómo no.

Un coche, un vehículo, tiene sus círculos viciosos y sus metales en desgracia: la inmortalidad

no forma parte de su esencia.

Natasha nos mira desde arriba como quien no comprende o no confía, quizá, simplemente,

porque es lunes o jueves en el día de su vida semanal: la actualidad seca, el tiempo que tiende

a repetirse y a parecerse a sí mismo en su transcurso, en fin, los motivos de la monotonía.

Natasha está iluminada por un sol demasiado blanco, todavía con demasiada luz, que le hace

entrecerrar los ojos y le sombrea la cara en transversal, con la oscuridad a vaivenes.

Una calle cualquiera, camino de cualquier parte, se parece demasiado a esta imagen ranchera

del mundo, de cualquier ciudad, con las mismas farolas, los mismos árboles mediocres, los mismos

coches aparcados, la misma desgana generalizada en todo.

Sólo Natasha salva el escenario donde nacemos y morimos, después de vivir cualquier vida, cuatro

calles más allá de donde está aparcada la verde ranchera.

 

 

 


 

 

 

 

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