La luz del sol le pone oro encima del mucho oro que ya lleva espolvoreado por

toda la piel y por todo el pelo y por las cejas.

Caroline es un caos de mujer que está dando a la vida –a lo que la vida le pide- su respuesta,

la suya: la respuesta de Caroline.

No la respuesta que le han dicho o le han enseñado como la más apropiada o la mejor o la más

rentable o la más justa o la respuesta que la familia ha dado siempre, por dios.

Claro que Caroline ha pagado y está pagando un alto precio por tomarse semejante libertad.

En la infancia infantil (porque hay otras infancias, lo dice el poeta que nunca calla), Caroline

anduvo por el espacio puro donde las flores se abren interminablemente.

Pero enseguida, enseguida –fue una muchacha precocísima- sospechó o supuso que podemos

ser algo que sucede en el descanso de un espectáculo. Mamá callaba y papá se ponía nervioso.

Caroline apostó más fuerte: al rojo y al par: la vida puede ser, tal vez, una forma de estar en las

cosas (y en las personas) que no nos quieren. Mamá la llevó al médico, papá empezó a dedicarse

a la vela, en la escuela empezaron a ponerse nerviosos.

En la adolescencia, Caroline se volvió práctica y mucho más llevadera: la vida es un viaje

experimental hecho involuntariamente, se dijo. Y se buscó la vida en la vida y empezó a currar y tal.

Las sospechas más siniestras no tardaron en aparecer: en la vida hay un error cuyo ángulo y

proporciones desconocemos: quizá como ratones que volvieran de algún infinito.

Caroline, amor, duerme, descansa: no queda nada.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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