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bolero irrepetible

 

 

Hombres que amé,

los esplendentes hombres de los cines sombríos,

tormentosos o dulces,

los demonios garridos,

los de espléndidas crines,

los arcángeles tácitos

escoltando la noche,

bordeando como un sueño mi cuerpo humedecido,

hombres tiernos, nefastos,

portentosos, cobardes,

hombres castos (los tuve)

resguardando su fuego de mi pasión sin quicio,

los delgados, los altos, los altísimos,

los que tenían un dejo de avellana

en los hombros,

los feos

que tanto quise amar

como a los más hermosos,

buscando el tramo tibio detrás de sus rodillas,

el ángulo exquisito del tobillo

y sus entornos,

amores desvaídos,

amores elocuentes,

batallando exaltados al igual que San Jorge,

domeñando a mi madre,

el dragón crepitante.

Adónde fueron.

Y adónde fue mi madre.

Hombres que amé

con fe, con sed, con sinrazón,

con lucidez,

como un ciclón que encalla y es solo desatino,

hombres que amé como nunca jamás,

y esa que soy y fui

y ya no seré nunca

está bailando ahora

perdida en un bolero irrepetible,

cargada de geranios,

de besos que no vuelven

como la línea dura de un astro que se astilla.

Esto fue amor. Lo firmo

con mi saliva y puño

en un vaso de acero en el que brindo.

Hay una colegiala, en algún sitio,

que baila hasta el cansancio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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