el bueno de Antonio Gamoneda nos adelantó un extracto de La pobreza, es cierto,
pero lo que realmente nos adelantó fue un extracto del capítulo previo, con el que
se inicia el libro La pobreza, y que se titula La escritura; el capítulo de La pobreza
comienza en la página 240 y llega hasta la página 707, donde añade un apéndice:

textos referibles a hechos y nociones
que figuran en el literal
de la pobreza

Así que vamos a ver qué tal nos cuenta el bueno de Gamoneda la pobreza de
su vida.

 

 

esta obra ha recibido una ayuda a la edición
del ministerio de cultura y deporte
 

edición al cuidado de jordi doce
 

publicado por:
galaxia gutenberg, s.l.
barcelona
febrero de 2020

 

imagen de portada:
enrique laurín rozas en su darracq,
primer vehículo matriculado en león, 1908.
foto de germán gracia.

 

 

 

la pobreza

 

 

páginas 240-272

extracto

 

¿Qué era aquello, que era?
A. G., «Últimos poemas», Esta luz (2019)

 

 

 

 

El uno de junio de mil novecientos cuarenta y cinco, a las nueve de la mañana, cumplidos catorce años y entrado un día en la edad laboral, fui al Banco Mercantil para presentarme a su director, don Nicolás Revenga. El banco ocupaba la planta baja del número ocho de la calle Ordoño Segundo, que era la casa matriz de Textiles Lubén. El edificio tiene cuatro pisos; es una construcción gris y blanca, imprecisamente modernista, rematada por una cúpula sobre la que, en grandes letras metálicas, aún se lee la firma extinguida.

Cipriano García-Lubén, dueño de la empresa, era consejero del Mercantil. Cuando entraba en el banco, se sabía sin volver la cabeza por el aroma de sus cohibas. Al día siguiente de su entierro, a la puerta del almacén principal, vi a su hijo, ya también don Cipriano, cuadrado y bajo, con el gesto cerrado, semejante en todo a su padre, fumar uno de aquellos habanos.

Me acerqué a una de las ventanillas y fui atendido por un empleado al que pronto conocería. Yo iba aceptablemente vestido con mi primer traje largo; un traje viejo que alguien regalaría a mi madre y al que una sastra había dado la vuelta. El empleado me pidió que esperase.

Esperé repasando aspectos del patio del público. El mostrador tenía un enrejado de bronce demasiado alto, recorrido en sortijas y fustes. Pasado algún tiempo, supe que era de caoba. Más adelante, con motivo de una reforma, el bronce y la caoba fueron vendidos a Silvino Inyesto, chatarrero y propietario de la casa de Sergia. La tasación fue la habitual en los restos de obra: materiales diversos y recortes.

Don Nicolás me hizo recomendaciones sobre la que había de ser mi conducta, llamó al timbre y me entregó a un ordenanza que me llevó a la oficina.
El ordenanza era José Tascón, un hombre de pequeña estatura, más avejentado que viejo. Hablaba en susurros. Supe pronto que era muy piadoso y que las prácticas religiosas le creaban dificultades: los horarios del trabajo le impedían hacer con regularidad los primeros turnos de la adoración nocturna y tenía que asistir a los peores, que finalizaban al amanecer.
Mi ingreso en el Mercantil fue como recadero –⁠«botones», en la jerga ciudadana⁠– con la categoría añadida de meritorio. Este empleo fue el último favor que hizo a mi madre su primo Adolfo, el comandante y juez instructor del penal de San Marcos. Más directamente, el favor sería de Nice, la mujer de Adolfo, ya que era su madre, doña Nicéfora, la que tenía probada influencia en los despachos financieros.

Conocí pronto dos datos fijos de mi trabajo: el sueldo mensual líquido era de ochenta y nueve pesetas y la jornada indefinida.

El Mercantil estaba a punto de jubilar a Germán, un ordenanza viejo del que yo heredaría las funciones que no desempeñaba. Grueso y flatulento, derramado en una silla, no hacía otra cosa que, veinte o treinta veces cada mañana, extender el brazo por encima de una gran lámina roja de papel secante y retirar la numeración de las llamadas que aparecían en un casillero eléctrico. Fuera de las llamadas y por la tarde, dormía.

Mi recuerdo más preciso del uno de junio es una conversación con Roberto Revenga, hijo del director. Lo conocía por su noviazgo con Piedad, vecina en el entresuelo izquierda frontera al mío, con la que se casó tras el suicidio de Amparo, hermana mayor y tutora de Piedad. Amparo se suicidó mal; con un cuchillo de cocina que hubo de utilizar tres veces. La causa fue la desaparición de un hombre muy peinado que la visitaba un día de cada semana. A mi madre le afectó especialmente el suicidio. Fue la primera que vio a Amparo (expirando, con los ojos fuera de las órbitas), que había gritado y tenía abierta la puerta de su entresuelo. Doce horas antes, Amparo le había pasado la capilla de la Virgen del Carmen en visita domiciliaria. Mi madre debía llevársela por la tarde a una señora mayor, inválida, vecina en la casa contigua, muy inquisitiva y áspera. Temía su interrogatorio.

Roberto Revenga me instruyó. Todos los días, a las once, habría de ir a la confitería de la viuda de Gago y comprar las galletas o las almendras que me encargasen los empleados, él mismo entre ellos. No se refirió a ninguna otra obligación.

Roberto era alto, delgado y oligofrénico; tenía unas manos, largas y muy bellas, y una gracia natural y afectuosa. Su padre, rogando en los servicios centrales, había logrado que ingresase en la plantilla. Sus tareas se reducían a descolgar el teléfono, pasar las llamadas y mecanografiar sobres. Se daba en él una sorprendente habilidad: aunque únicamente tararease, tenía buen oído y una desinformada pero sensible afición musical; tarareaba particularmente bien a Mozart. Los empleados se burlaban de Roberto. El oficial de segunda Alonso Sanjuán Mantilla le sacaba dinero, supuestamente para ayudar a una prostituta gallega a la que había adjudicado una tuberculosis. Al director que sucedió a su padre, Roberto le decía «el Marrano». Cada vez que lo nombraba así, que era siempre, fingía un gancho con el dedo pulgar de su mano derecha y lo hincaba en la sotabarba colgante. Dejaba dicho con perfecta eficacia que había que colgar «al Marrano». Ya diré quién era Alonso Sanjuán y, en su momento, quién era «el Marrano». He olvidado el nombre de este director.

Dentro de la primera mañana, supe que habría de acudir muchas veces a los timbres pulsados desde los pupitres (Germán atendía sólo las llamadas del director, el interventor y el cajero). Los pupitres, con una mesetilla central para tinteros y demás escribanías, tenían, cubiertos de linóleo verde, dos vertientes, dos planos inclinados, que debían facilitar la colaboración (y la relación enconada) de dos escribientes. Los timbrazos partían casi siempre de los negociados de cuentas corrientes y de ahorro, donde me entregaban cheques y justificantes de reintegros que había de llevar al interventor para el visado y luego al ventanillo interior de caja. También llamaban de «impagados» para hacer el mismo recorrido con letras de cambio cuyo cobro se había demorado.

A media mañana del primer día, Tascón, haciéndomelo repasar para que conociese el orden callejero, me entregó un lote de cartas –⁠medio centenar, más o menos⁠– para repartir a clientes, y me advirtió que, desde el día siguiente, habría de ordenarlo yo mismo. Hice el reparto y regresé en hora y media. Muy pronto, me pareció que se comentaba.

Me inicié también en el manejo de los copiadores; grandes libros legalizados, cada uno con quinientas hojas de papel de seda. No tardé en darme cuenta (nunca dije nada a nadie) de que el oficial mayor del juzgado hacía un doble uso del papel de pagos al Estado (cien pesetas) que se incorporaba a estos libros. Las manipulaciones, mal conducidas por su incontinencia alcohólica, lo llevaron a una benévola estancia en el manicomio.

En los libros copiadores había que colocar, hoja por hoja y cuatro de igual tamaño en cada hoja, las cartas, escritas con tinta o lápiz copiativo, que representasen movimiento contable o alguna particularidad con posible valor financiero o jurídico. Se superponía un paño húmedo a cada hoja y el volumen que resultaba se comprimía en un tórculo (quebré el tórculo en una de estas operaciones y me pareció que la mayor parte del personal lo celebraba). Lo difícil era, tras retirar los paños y las cartas ya copiadas, pasar las páginas húmedas. Antes de una semana, lo hice con agilidad: en un solo golpe, la página volaba hasta alcanzar sobre las anteriores su lugar numerado y sellado.

Don Nicolás Revenga era sexagenario avanzado. Calzaba botines y paseaba a su hijo menor, Fernando, también oligofrénico, que se escapaba de su padre para dirigir el tráfico en la cercana plaza de Santo Domingo. Fernando aprendió mi nombre y, cada vez que nos encontrábamos, lo repetía cinco o seis veces muy veloz. Ésta era su manera de manifestarse cariñoso.

El amigo más evidente de don Nicolás era don Roberto Gavioli, cónsul italiano (vinculado, tengo que suponer, a la monarquía superviviente de la obediencia a Mussolini). Don Roberto estaba barbado con diseñada pulcritud y era dueño de una mina de talco y de otros negocios que se entendían secretos y ligados a la diplomacia. Tenía criadas muy hermosas. Su esposa, enferma de asma, permanecía lujosamente recluida en las habitaciones altas de un chalet en el paseo de Papalaguinda. Don Roberto le hacía llegar grandes ramos de flores con expresivas tarjetas, y las flores se concertaban con el asma hasta que el rostro de la señora Gavioli azuleaba. Supe estos detalles de una de las criadas que se entretenía charlando conmigo a la puerta del jardín cuando iba a entregar alguna carta.

Otro amigo en asiduidad era don Miguel Eguizabal, barbado también, aunque “con algún descuido, propietario de un importante almacén de coloniales en el que se practicaba un doble mercado: suministraba a los comerciantes menores que distribuían el racionamiento y el grueso de las existencias lo orientaba al estraperlo. Alguna vez regaló o vendió a bajo precio medio saco de lentejas, no muy buenas, a los empleados del Mercantil. Don Miguel alcanzó notoriedad a causa de una anécdota lamentable: asistió a una comida de empresarios inadvertido de que tenía la bragueta cubierta de fideos. Soltero o viudo, tocaba discretamente el piano –⁠polkas, preferentemente⁠– y coleccionaba cuadros de Cecilio Burgo Gar, un pintor joven que tenía su casa y su estudio semiderruidos en Palanquinos, cuna del Maestro de Palanquinos, otro pintor, éste clásico, renacentista y famoso. El hambre y la tisis de la posguerra arruinaron la vida y la obra de Burgo Gar. Eguizabal le compraba los cuadros al precio fijo de cien pesetas.

Otro compañero de los paseos de don Nicolás era don Francisco Alfageme. Éste era conocido y respetado a causa de su chalet, muy céntrico, a doce metros del edificio Lubén, rodeado de un pequeño bosque de tilos. Los sobrinos vendieron la propiedad para dividir la herencia y, donde había tilos, hay ahora una repulsiva construcción laminar, oficina de la Caja de Ahorros primero y sede del ayuntamiento en la actualidad.

En uno de los años cuarenta finales, le llegó la jubilación a don Nicolás. Su último día de dirección lo comenzó paseando con nerviosa lentitud por el patio del público. Cuando entró en su despacho, uno a uno, fuimos todos a despedirnos. Estaba muy abatido. Privado de sus firmas bellamente dibujadas, de la tramitación de solicitudes de crédito y del secretariado de los consejos, no iba a tener otra ocupación ni finalidad en su vida que pasear a Fernando. Sin apenas mirarme, me dijo en voz muy baja: «Trabaja como hasta ahora; tienes una carrera por delante». Desapareció antes de terminar el horario de la mañana. En el plazo de diez días, tuvo que abandonar la vivienda del tercer piso que, en razón de su cargo, ocupaba en el edificio Lubén.

Ramón Adiego Artal, el interventor, flaco y espinoso, con algún año más de cincuenta, era constantemente áspero con los empleados. La aspereza se correspondía con ocultos aunque sabidos sufrimientos: tenía miedo. Temía ser trasladado; temía que los servicios centrales considerasen insuficiente el rendimiento de los empleados; temía firmar una clave telegráfica errónea o visar un cheque sin fondos; temía, sobre todo, que, repentino, entrase un equipo de Madrid diciendo: «Inspección. Permanezcan de pie en sus puestos sin tocar nada».

Francisco Palau Villar, el cajero, entrecano y sexagenario, tenía el rostro enrojecido y los ojos vidriosos y también enrojecidos. Su ira frecuente, que alternaba con bromas sin gracia, llegó a ser crueldad con uno de sus subordinados directos, con José Paniagua. Siendo yo el auxiliar administrativo de caja, se dio una de sus contadas amabilidades: nos invitó, a los cajeros de ventanilla y a mí, a la prueba de un queso movedizo, poblado por gusanos vivos y blancos; un buen queso para catadores muy graduados. La invitación fue en el saloncillo de acceso a las cajas de alquiler, en las que guardaban sus joyas algunas señoras de la burguesía local. Supongo que también se custodiaban documentos necesariamente secretos. El contenido de las cajas no se declaraba. Los militares sublevados en 1936 habían respetado este recaudo.

Los oficiales de primera eran dos, Julián Posada y José Ramón Santocildes. Posada era un viejo de pocas palabras, intocable en sus siestas matinales incluso por Adiego. Gargajeaba con estrépito y cerraba el gargajeo con una especie de alarido. Santocildes, como el director, calzaba con frecuencia botines. Tenía licencia para impartir dos clases semanales de caligrafía en la Escuela de Comercio. Meses atrás, yo había asistido tres veces a otras clases suyas, estas de contabilidad, gratuitas y nocturnas, en las escuelas que Amigos del País tenía en el Corral de San Guisán (un edificio medieval ahora derribado en cuyo interior asomaba el arranque de nervaduras y canecillos). El contenido didáctico de las clases de Santocildes consistía en explicarnos que él no percibía retribución alguna por ellas, pero compartía la finalidad benéfica de Amigos del País y colaboraba gustosamente, confiando en que serviría para convertirnos en hombres de provecho. Santocildes no sabía absolutamente nada de contabilidad.

Los oficiales de segunda eran tres: Carniago, del que no recuerdo nada salvo que compraba las galletas en días alternos, Carlos Trueba y Alonso Sanjuán. Trueba era hijo del anterior director del Mercantil. Había sido miembro de la División Azul y cojeaba a causa de un balazo. La primera inspección que, siendo yo recadero, llegó al banco, aclaró el sustento de su tren de vida: hacía traspasos internos de las cuentas de ahorro paralizadas (casi todas de emigrantes a Venezuela) a su propia cuenta. Fue despedido, pero no pasó por la cárcel. Todos los días me encargaba las mejores galletas y me dejaba la vuelta. Sanjuán era un negociante sinuoso, calvo y pequeño, muy atento a las oportunidades y muy convencido de su simpatía. Aprovechaba la relación con los clientes del banco para colocar su mercancía (apeas de roble o de pino para entibar minas de carbón, en realidad, viejas traviesas de ferrocarril cepilladas). Ventajosamente casado, llegó a tener unas rentas que gastaba con mesura en dos prostíbulos relativamente distinguidos.

Auxiliares en el Mercantil, aparte de Roberto, no había más que uno, Asacio San Martín, que trabajaba angustiado y veloz y requería bruscamente a los subalternos. Era un hombre maltratado que se resarcía de esta manera. Los domingos hacía las tareas contables del Recreo Industrial, un casino de carniceros y minoristas de coloniales. En alguno de los primeros años cincuenta, me proporcionó un pequeño sobresueldo recomendándome a Gratiniano, responsable familiar de un sucio obrador y de una pastelería algo menos sucia, al que llevé la contabilidad algún tiempo (combinaba horarios para hacer también estudios de cálculo mercantil con María, una muy sorda y muy eficaz profesora). Gratiniano no superaba mucho el analfabetismo, pero localizaba en la facturación errores míos, siempre perjudiciales para él. A estos hallazgos seguían discretas recriminaciones y recortadas amenazas de despido. Supongo que la discreción y los recortes estaban relacionados con mi retribución: treinta pesetas mensuales.

Están aún sin mencionar los Torices: Froilán Torices, ventanillero (éste fue quien me atendió en mi llegada al banco), y su padre que, como Germán, estaba a punto de jubilarse. Torices padre era cobrador de letras y hombre cerradamente inexpresivo. Froilán hablaba en caló con algunos empleados de rango inferior –⁠Carniago, Roberto, yo mismo⁠–⁠, vivía en Santa Marina, un barrio de gitanos. Algún caló aprendí de él y éste fue el único de mis aprendizajes en la banca que intenté conservar: «manró», «balichó», «abiyela los jalleres», «diquela el bato…». También me proporcionó conocimientos sobre distintas maneras de acoplarse sexualmente: «a las veinte uñas» y «al sesenta y nueve», por ejemplo.

A las mujeres de la limpieza apenas las conocí hasta entrado octubre. Eran dos, madre e hija, las dos Josefas. En los meses anteriores a octubre, me encontraba con ellas sólo unos minutos. Yo entraba a las ocho para rellenar tinteros, afilar raspadores y colocar papel nuevo en los secantes, y ellas ya estaban recogiendo para irse. Antes de las nueve llegaba Adiego y abría un armario metálico en el que se guardaban veinte o más libros grandes, forrados de pana gris y atravesados por largos tornillos –⁠para retirar hojas agotadas y para incluir hojas nuevas. Eran los libros de cuentas corrientes y de ahorro. Tenía que llevarlos a mesillas añadidas lateralmente a los pupitres. Empecé llevándolos de dos en dos y al cabo de un mes cargaba tres y hasta cuatro. Más de medio metro levantaban en mis brazos. Yo era fuerte, más alto de lo que ahora soy, y me movía una infantil vanidad. Adiego me miraba con disimulado asombro por encima de las gafas.

La jornada oficial –⁠ocho horas de lunes a sábado⁠– comenzaba a las nueve, se interrumpía a las dos, recomenzaba a las cuatro y terminaba a las siete. Casi nadie –⁠quizá Posada y Trueba, aunque no siempre⁠– podía limitarse a este horario. Después de las siete se continuaba hasta que el cometido de cada uno se entendía terminado. Cuando alguien se levantaba para irse, Adiego le miraba con una severidad cargada de sospechas. Los domingos, por silencioso convenio, eran tres o cuatro horas de la mañana las que hacíamos gratuitas. La política de «horarios reales» estaba regulada, tanto en el Mercantil como en el Banesto –⁠pasado algún tiempo pude comprobarlo, llegué a ver alguna⁠–⁠, por circulares secretas que, en el Banesto, tenían un epígrafe: Contratación y seguimiento de personal y servicios.

Yo, como ya he dicho, iniciaba el trabajo a las ocho, tenía que abreviar la interrupción del mediodía, y por la tarde no podía marcharme hasta que Adiego me dijese: «Si has terminado, puedes irte». Siempre incluyó la condición y siempre se retrasaba en decírmelo. Los domingos, esperándole para entrar y para salir, mi horario también se prolongaba. Había una justificación: además de recadero, yo era meritorio; hacía un aprendizaje que comportaba méritos y capacitación para, en un indeterminado futuro, nunca anterior al cumplimiento de los dieciséis años y si la superioridad lo consideraba oportuno, pasase a la categoría de auxiliar. Si no era así, ingresaría en la clase subalterna como ordenanza, una cualificación cerrada a todo ascenso.

Estoy escribiendo de un tiempo y de una pobreza. Lo hago relatando mi experiencia y anotando hechos aparentemente menores. Fueron, casi con valor de estructura, básicos en un sistema programado. Las menudencias «forzadas» eran el verdadero régimen del trabajo en la banca y en cualquier otro empleo; se entendían una prestación necesaria. Lo estableció el triunfo de los militares fascistas y lo formalizó el status de la posguerra. Es una peculiaridad española, ligada a la posguerra, de la administración de los medios de producción y del trabajo. Un «régimen» silencioso equivalente a un poder sin fisuras. Valga recordar que nadie pensaba en una huelga que, naturalmente, era un delito.

Aquellas formas de sometimiento vaciaron nuestra juventud –⁠la mía y la de los trabajadores españoles, muy señaladamente en la banca⁠– en una posguerra cuya duración todavía no está claramente determinada. Ahora las operaciones de sometimiento y explotación se realizan con otras estrategias que nosotros reconocemos con facilidad: la falsificación del mercado del trabajo, el desempleo, los contratos precarios, el tratamiento de la emigración y la inmigración, el consumismo (una «intoxicación» instrumentalizada para el retorno de las retribuciones) son algunas de estas estrategias. La única diferencia “notable consiste en que entonces aún se oía –⁠eran los años cuarenta y cincuenta⁠– «el rumor de los fusilamientos».

 

Los de Fernández, amigos de la infancia y vecinos en la casa de la calle Particular, eran hijos de Julián Fernández, fotógrafo y dueño de la casa, hombre viudo y ávidamente rijoso. Los hijos eran cuatro; cinco si cuento a uno, tardío, que se sumó cuando el fotógrafo embarazó a una sobrina. El mayor, Julián como el padre, no era amigo y no coincidía con sus hermanos fuera del trabajo. El segundo, Rufino, el más sensible, se hizo veterinario, pero nunca ejerció. El tercero, Antonio, trabajó desde los doce años en reparaciones de albañilería y retocando negativos, rozando muchas horas con las cejas un atril iluminado. Ventura, el cuarto, tuvo pronto un trato atrevido con chicas, se casó con una ciertamente muy guapa, tuvo dos hijos y, cumplidos cuarenta años, murió diabético; ciego y con las dos piernas amputa-das. Los cuatro trabajaban con su padre en la fotografía. Julián hijo tenía las manos amarillas a causa de la hidroquinona. Todos han muerto.

 

De mis primeras tareas no recuerdo ahora otras que las que ya he dicho. Habrá olvidos que “arreglaré. Voy a escribir de tres sucesos. Los dos primeros son menores en importancia, pero informan del uso y de la calidad de las personas en los espacios de trabajo. Los tres se dieron en mi primer año bancario, es decir, cuando yo tenía catorce.

Una mañana terminé muy pronto el reparto de las cartas y Adiego me mandó subir a un altillo sobre los servicios higiénicos para poner orden en paquetes de vieja documentación y objetos retirados del uso. Lo hice lo mejor que supe. Me interesó (tuve la tentación de quedármelo) un antiguo teléfono con base de madera incrustada en nácar, mejor que el que utilicé para la galena que regalé al «Negus», el maquis escondido en el taller de Servando. (Servando González era concesionario de Chevrolet; los Estados Unidos negociaban fluidamente con la España fascista en mil novecientos cuarenta y cuatro).

Al bajar del altillo, la escalera resbaló y la escalera y yo caímos desde casi cuatro metros. Acudieron varios empleados. Quedé magullado sin más consecuencias. Adiego no se interesó por mis magulladuras: comentó mi torpeza.

El segundo recuerdo es de la ocasión en que fui a casa de don Sotero Rico Robles para recoger su firma en una letra de cambio (en realidad un préstamo encubierto). Don Sotero (la anotación está tomada literalmente de su ficha bancaria confidencial; la copié y la conservo) era «Oficial Excombatiente Condecorado, Gastrónomo Mayor en Realengo de Camponaraya, Abad de la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno. Solvencia económica: excelente. Moralidad: excelente. Capital estimado: 750.000 pesetas». Recogida la firma, quiso gratificarme con una peseta. Yo tenía prohibido aceptar propinas y la peseta no era muy codiciable. Inicié la retirada diciendo «Muchas gracias, don Sotero, pero no». Cuando bajaba, don Sotero permanecía indignado en su rellano, daba grandes voces. Recuerdo muy bien las últimas: «Sube por la peseta, “hijoputa”, sube por la peseta».

El tercer recuerdo (lo anticipé incompleto “en Un armario…) tiene más importancia. Se trataba, esta vez en el local del archivo, de recolocar por mensualidades grandes envoltorios de cartas (una mensualidad de cartas recibidas y registradas en cada paquete numerado y fechado). Tuve que mover todos los paquetes, más de un centenar, difícilmente accesibles en bastantes casos. En la profundidad de una de las estanterías más altas hice un hallazgo: cinco libros encuadernados en tela negra y, envuelta en un doble pliego de periódico y sujeta con gomas, una pistola. En cada uno de los libros se recogían tres o cuatro novelas. Me acuerdo de dos títulos, Crimen y castigo y El judío errante, pero no de los de otros autores (Balzac, Zola, Gorki…). En algunas páginas aparecía, estampado en rojo, el sello de un ateneo libertario.

Salí a la oficina con los libros y la pistola preguntando qué debía hacer con aquello. Nadie me contestó. Se hizo sentir el silencio. Eludían mirarme. Cercano a la mesa de Adiego, permanecí de pie con la carga, quizá divertido, hasta que Adiego, sin levantar la vista, con un hilo de voz, me dijo: «Quita eso de en medio». Volví a poner la pistola donde la había encontrado y los libros, uno a uno, me los fui llevando. Supongo que Adiego se daba cuenta, pero no me dijo nunca nada. Los libros ampliaron de manera importante mi dotación de lecturas. Mi madre me los dejó leer y los destruía cuando acababa de leerlos.

 

 

 

páginas 240-272

 

 

 

 

 

 

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