Sara viene a ser aquella rubia increíble con la que uno se encontró de pronto en cualquier playa,

allá por la infancia tardía, y que le hizo tomar conciencia –por decirlo de algún modo- de que

realmente existen mujeres que son o parecen ser sobrenaturales.

Como semejante belleza no se puede recordar, no se retiene ni un solo instante, no es memorizable

y no se puede reproducir, uno se queda –tristemente- con la certeza de que la maravilla, en forma,

en cuerpo de mujer, existe sobre el planeta Tierra: sólo con eso.

No es que uno quiera volver a buscarla o a encontrarla –porque comprende enseguida que no se le

concederá una segunda oportunidad- pero inevitablemente se dedica a recorrer hasta la extenuación,

durante unos cuantos días, la playa donde la vio y las playas colindantes, naturalmente sin éxito.

Sin perder por completo la esperanza, uno desiste de volver a verla, y se queda con la terrible pero

reconfortante convicción de haber visto de verdad, en persona, a la mujer más hermosa del mundo,

aunque no pueda recordar ni aproximadamente ninguno de sus rasgos.

‘Esta es la historia, esta es la gloria del amor’ –dice la canción, y creo que, en efecto, historia y gloria

son las palabras apropiadas, y que aquella visión preternatural fue una forma escasa pero purísima

de amor.

 

 

 


 

 

 

 

 

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