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eloy tizón

 

 

herido leve

 

 

 

30 años de memoria lectora

1ª edición marzo 2019

editorial páginas de espuma
colección voces / ensayo 275

madrid

 

 

 

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sed de onetti

 

 

He pasado el invierno releyendo incansablemente a
Onetti. ¿Qué encuentro en estas páginas? Una geografía
arruinada, alguien que brinda con los vasos vacíos, la
forma de un revólver envuelto en trapos de colores, una
mujer con guantes verdes hasta el codo que ríe o llora sin
motivo en la turbiedad de un cabaret del mismo tono.
Igual que otros acechan bajo el microscopio mariposas
o gérmenes, yo me inclino sobre los nombres de Larsen,
Brausen, Angélica Inés, Díaz Grey y su nostalgia de arena;
toda esa gente furiosa y acorralada de quienes conozco
hasta los mínimos detalles y que para mi son más reales y
tangibles que mis vecinos del otro lado del tabique, de los
que nada sé, a excepción de la tos seca y los bostezos. Un
invierno entre fantasmas.

No es la poesía solar de Octavio Paz, como un árbol de
ojos, ni la orfebrería de Lezama Lima como una sinagoga
de signos; es más bien la rabia, el desamparo, la tranquila
desesperación del hombre emporcado en ocho horas de
oficina y un mes vacante, la cama sin hacer donde uno
duerme vestido de cara a la pared porque la otra pared es
peor todavía.

El mundo según Onetti se compone de instantes en
tránsito en los que algo está a punto de ocurrir; y por ello el
reloj de sus novelas oscila entre el final del atardecer y las
primeras estribaciones nocturnas. Maniobras crepuscula-
res. Es la hora indecisa del cierre de los comercios en que
todavía quedan pértigas de luz y ya hay farolas encendi-
das, los autobuses desaguan a una multitud de empleados,
una sombra se estaciona en la boca de bronce de los leones.
A través de las vidrieras de colores manchadas de
lluvia, una mujer estudia los restos de un embarcadero
podrido. Otra mujer, en otro clima, pero siempre en la
misma hora detenida y frágil estipulada por el gran re-
lojero Onetti, camina cada anochecer hasta el puerto de
Buenos Aires para testimoniar la llamada misteriosa de
un carguero danés procedente de Esbjerg, en la costa. Una
tercera mujer aparece en un consultorio médico tras un
biombo, en busca de recetas ilegales de morfina, adornada
con un broche entre sus pechos desnudos.

Si continuamos, si seguimos a estas tres mujeres y
otras muchas que entran y salen de edificios escritos, que
abren y cierran portezuelas de taxis y capítulos, nos vere-
mos sorprendidos por la noche y el horario único, intrans-
ferible, determinado con riguroso desdén por la tristeza
de una prosa que el propio Onetti acertó a definir «como
un día de lluvia en que me traen un abrigo empapado, para
ponérmelo».

El paso de las palabras es el paso del tiempo. Noche
cerrada. En este momento la hora es otra y otros los es-
cenarios. En el café pastoso, con sillas volcadas entre el
serrín, con un mostrador de estaño que se curva hacia
otra copa, hacia su perfecta forma esférica de paréntesis
y abandono, un desconocido con el sombrero puesto
custodia una maleta en la que se guardan las ropas de un
asesino. El canto de una mano golpea una boca llorosa. En
la página en blanco, en la noche de la prosa, es demasiado
tarde ya para acostarse y demasiado temprano aún para el
ejercicio de la amistad o la cordura. Únicamente alumbra
el enigma central del sexo, en que los cuerpos son altares
derribados.

Lleva quince años en Madrid, Onetti, y en todo este
tiempo apenas ha salido de la cama. Vive recluido en su
piso de la avenida de América 31, junto a su compañera
inseparable, la violinista argentina Dorotea Muhr (o
Dolly), resguardado en su apartamento 3 de la planta
octava, gracias a la enfermedad, del embrollo de premios
y homenajes. Solo recibe la visita semanal de una fisio-
terapeuta que le obliga a levantarse y caminar. Resulta
paradójico pensar que al hombre que detalló la imaginaria
cartografía de un litoral vencido de gaviotas y alquitrán,
solo le está permitido circunnavegar el pasillo, observando
el lento decolorarse de las alfombras, en el estrecho mar-
gen que va del papel pintado al zumbido del frigorífico.
Pero uno prefiere servirse otra taza de misterio. Tengo
sed de Onetti como de algún alcohol especial muy puro,
muy duro, que no me hace ningún bien, pero al que vuelvo
con la oscura familiaridad con que a veces recaemos en
un vicio intermitente, «como el dolor suave, conocido y
compañero de una enfermedad crónica, de la que uno en
realidad no va a morir, porque ya solo es posible morir con
ella».

Existe la poesía salvaje, las páginas capaces de empali-
decer el mundo. Me interesa, me conmueve más el regreso
de Larsen al astillero, detrás de una mujer rolliza con una
cesta y una niña dormida, que cualquier crisis de este go-
bierno o del que venga después. Entre dos irrealidades, es
lícito escoger la más justa, la más emocionante.
La literatura nos convierte en otros. Todos tenemos
la necesidad de ser otros, bien sea leyendo o escribiendo
o ambas cosas. Onetti ha explorado a fondo ese deseo de
todos de cambiar de rostro, de manos, de color de ojos,
de identidad, de perdernos en ciudades extranjeras hasta
borrarnos, no ser. Acto irreversible, puesto que la escritura
nos proyecta contra el tiempo igual que a un boxeador
contra las cuerdas. Sé que dentro de unos años, otro que no
seré yo quizá sentirá nostalgia de este supuesto Eloy Tizón
que hoy, en el transcurso de este invierno, ha decidido
confundirse entre los personajes de Onetti.
Los días son cortos y es muy difícil escribir de lo que se
ama.
En su novela El astillero, Onetti habla de un jardín
abandonado. De una muchacha lejana. De una tarde de
otoño en el recuerdo. Y escribe: «Un olor húmedo, enfriado
y profundo, un olor nocturno o para ojos cerrados, llegaba
desde el estanque».

No conozco mejor definición del poso que la lectura
deja en nuestros sentidos que esta de Onetti. La literatura
es eso: un olor nocturno o para ojos cerrados.[/ezcol_2third_end]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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