es peor al día siguiente

 

 

 

‘Vengo a cobrar mi pensión de pensionista de jubilado’,

le digo al innecesario cajero del banco Xprime

que ha prendido fuego a un billete de cien euros.

Dentro del hueso frontal lleva una tuerca que suena a dólar.

‘¿Quiere el dinero apagado o encendido?’, me pregunta.

Metalúrgico y duro como una castañera de la vida,

le respondo: ‘Démelo apagado, ya lo encenderé yo mismo’.

¿Para qué meter un caballo dentro de otro caballo?

No hay flores en el infierno y el suelo necesita del abismo.

‘Marchando ciento dos con veinticinco’, dice el innecesario,

‘como lo quiere apagado se lo doy en moneditas tiernas’.

‘¿Son todas de diez céntimos de euro?’, le pregunto alarmado,

‘y si son monedas, ¿cómo las quemaré?’, le pregunto frustrado.

El innecesario me responde, con una tranquilidad casi infinita:

‘A la primera pregunta: si el dinero no le hace feliz, devuélvalo.

A la segunda: si conoce el peligro ya no podrá vivir sin él y,

además, quemar el dinero siempre es mucho peor al día siguiente’.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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