Bords de mer

La mer jusqu’à l’approche de ses limites est une chose simple qui se répète flot par flot. Mais les choses les plus simples dans la nature

ne s’abordent pas sans y mettre beaucoup de formes, faire beaucoup de façons, les choses les plus épaisses sans subir quelque amenuisement.

C’est pourquoi l’homme, et par rancune aussi contre leur immensité qui l’assomme, se précipite aux bords ou à l’intersection des grandes

choses pour les définir. Car la raison au sein de l’uniforme dangereusement ballotte et se raréfie : un esprit en mal de notions doit d’abord

s’approvisionner d’apparences.

Tandis que l’air même tracassé soit par les variations de sa température ou par un tragique besoin d’influence et d’informations par lui-même

sur chaque chose ne feuillette pourtant et corne que superficiellement le volumineux tome marin, l’autre élément plus stable qui nous supporte

y plonge obliquement jusqu’à leur garde rocheuse de larges couteaux terreux qui séjournent dans l’épaisseur. Parfois à la rencontre d’un muscle

énergique une lame ressort peu à peu : c’est ce qu’on appelle une plage.

Dépaysée à l’air libre, mais repoussée par les profondeurs quoique jusqu’à un certain point familiarisée avec elles, cette portion de l’étendue

s’allonge entre les deux plus ou moins fauve et stérile, et ne supporte ordinairement qu’un trésor de débris inlassablement polis et ramassés

par le destructeur.

Un concert élémentaire, par sa discrétion plus délicieux et sujet à réflexion, est accordé là depuis l’éternité pour personne : depuis sa formation

par l’opération sur une platitude sans bornes de l’esprit d’insistance qui souffle parfois des cieux, le flot venu de loin sans heurts et sans reproche

enfin pour la première fois trouve à qui parler. Mais une seule et brève parole est confiée aux cailloux et aux coquillages, qui s’en montrent assez

remués, et il expire en la proférant ; et tous ceux qui suivent expireront aussi en proférant la pareille, parfois par temps à peine un peu plus fort

clamée. Chacun par-dessus l’autre parvenu à l’orchestre se hausse un peu le col, se découvre, et se nomme à qui il fut adressé. Mille homonymes

seigneurs ainsi sont admis le même jour à la présentation par la mer prolixe et prolifique en offres labiales à chacun de ses bords.

Aussi bien sur votre forum, ô galets, n’est-ce pas, pour une harangue grossière, quelque paysan du Danube qui vient se faire entendre : mais le

Danube lui-même, mêlé à tous les autres fleuves du monde après avoir perdu leur sens et leur prétention, et profondément réservés dans une

désillusion amère seulement au goût de qui aurait à conscience d’en apprécier par absorption la qualité la plus secrète, la saveur.

C’est en effet, après l’anarchie des fleuves, à leur relâchement dans le profond et copieusement habité lieu commun de la matière liquide, que l’on

a donné le nom de mer. Voilà pourquoi à ses propres bords celle-ci semblera toujours absente : profitant de l’éloignement réciproque qui leur interdit

de communiquer entre eux sinon à travers elle ou par des grands détours, elle laisse sans doute croire à chacun d’eux qu’elle se dirige spécialement

vers lui. En réalité, polie avec tout le monde, et plus que polie : capable pour chacun d’eux de tous les emportements, de toutes les convictions

successives, elle garde au fond de sa cuvette à demeure son infinie possession de courants. Elle ne sort jamais de ses bornes qu’un peu, met elle-même

un frein à la fureur des flots, et comme la méduse qu’elle abandonne aux pêcheurs pour image réduite ou échantillon d’elle-même, fait seulement

une révérence extatique par tous ses bords.

Ainsi en est-il de l’antique robe de Neptune, cet amoncellement pseudo-organique de voiles sur les trois quarts du monde uniment répandus.

Ni par l’aveugle poignard des roches, ni par la plus creusante tempête tournant des paquets de feuilles à la fois, ni par l’œil attentif de l’homme

employé avec peine et d’ailleurs sans contrôle dans un milieu interdit aux orifices débouchés des autres sens et qu’un bras plongé pour saisir

trouble plus encore, ce livre au fond n’a été lu.

Francis Ponge, «Bords de mer», dans Le parti pris des choses, Paris, Gallimard, 1942, pp. 58-60.

El mar hasta la cercanía de sus límites es una cosa sencilla que se repite ola por ola. Pero para llegar a las cosas más sencillas en la naturaleza

es necesario emplear muchas formas, muchos modales; para las cosas más profundas sutilizarlas de alguna manera.

Por eso, y también por rencor contra su inmensidad que lo abruma, el hombre se precipita a las orillas o a la intersección de las cosas grandes para definirlas.

Pues la razón en el seno de lo uniforme rebota peligrosamente y se enrarece: un espíritu necesitado de nociones debe ante todo hacer provisión de apariencias.

Mientras que el aire hasta cuando está atormentado por las variaciones de su temperatura o por una trágica necesidad de influencia y de informaciones

directas sobre cada cosa sólo superficialmente hojea y dobla las puntas del voluminoso tomo marino, el otro elemento más estable que nos sostiene hunde

en él oblicuamente hasta la empuñadura rocosa anchos cuchillos de tierra que se quedan inmóviles en su espesor.

A veces encontrándose con un músculo enérgico una hoja vuelve a salir poco a poco; es lo que se llama una playa.

Desorientada al aire libre, pero rechazada por las profundidades aunque hasta cierto punto tenga familiaridad con ellas, esta parte de la extensión se estira

entre lo uno y lo otro más o menos leonada y estéril, y por lo común no sostiene más que un tesoro de desechos incansablemente alisados y recogidos

por el destructor.

Un concierto elemental, por lo discreto más delicioso y digno de reflexión, se ha ajustado allí desde la eternidad para nadie: desde que se formó por operación

sobre una chatura sin limites del espíritu de insistencia que suele soplar de los cielos, la ola llegada de lejos sin choques y sin reproche al fin por primera vez

encuentra a quién hablar. Pero una sola y breve palabra se confía a los cantos rodados y a las conchillas, que se muestran muy conmovidas, y la ola expira

profiriéndola;

y todas las que la siguen expirarán también haciendo otro tanto, a veces quizá con fuerza algo mayor. Cada una por encima de la otra cuando llega a la orquesta

se levanta un poco el cuello, se descubre, y da su nombre al destinatario.

Mil señores homónimos son así admitidos el mismo día de la presentación por el mar prolijo y prolífico en ofrecimientos labiales a cada orilla.

Así también en vuestro foro, oh cantos rodados, no es, para una grosera arenga, algún villano del Danubio el que viene a hacerse oír: sino el Danubio mismo,

mezclado con todos los otros ríos del mundo después que han perdido su sentido y su pretensión y están profundamente reservados en una desilusión amarga

sólo al gusto de quien se cuidara mucho de apreciar por absorción su cualidad más secreta, el sabor. Porque es, en efecto, después de la anarquía de los ríos,

a su abandono en el profundo y copiosamente habitado lugar común de la materia líquida a lo que se ha dado el nombre de mar.

De ahí que éste parecerá aun a sus propias orillas siempre ausente: aprovechando el alejamiento recíproco que les impide comunicarse entre sí como no sea

a través de él o por grandes rodeos, hace creer sin duda a cada una que se dirige especialmente hacia ella.

En realidad, cortés con todo el mundo, y más que cortés: capaz para cada cual de todos los arrebatos, de todas las convicciones sucesivas, conserva en el fondo

de su permanente tazón su posesión infinita de corrientes.

Sale apenas de sus bordes, por sí mismo pone freno el furor de sus olas y, como la medusa que él abandona a los pescadores como imagen reducida o muestra

de sí propio, se limita a hacer una reverencia extática por todas sus orillas.

Eso es lo que ocurre con la antigua vestidura de Neptuno, amontonamiento pseudo-orgánico de velos unidamente extendidos sobre las tres cuartas partes del mundo.

Ni el ciego puñal de las rocas, ni la más perforadora de las tormentas que hacen girar atados de hojas al mismo tiempo, ni el ojo atento del hombre usado con dificultad

y por lo demás sin control en un medio inaccesible a los orificios destapados de los otros sentidos y trastornado más todavía por un brazo que se hunde para agarrar,

han leído ese libro.

 

 

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Francis Ponge

Orillas del mar

Traducción de J.L.Borges

Sur, Buenos Aires, Año XVI, N° 147-148-149, enero, febrero, marzo e 1947

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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