francisco umbral

 

 

 

 

mis paraísos artificiales

 

1976

 

páginas 271-277

 

 

El pasado se descubre tarde, pero se descubre.

Para descubrir el pasado hay que tenerlo. Llega una edad —a mí me ha llegado hacia los cuarenta— en que el pasado hace las veces de futuro. Sólo que es más cómodo.

El joven no es que no tenga pasado, sino que lo desprecia, frecuentemente lo odia.
Hace poco le oía decir a un joven periodista: «Mis padres me odian.»
Lo que pasa es que tiene demasiado cerca el pasado, el mundo familiar, la infancia con sus traumas, y prefiere distanciarse de todo eso mediante un trámite de odio inventado.

Para escribir yo despreciaba mi pasado como materia literaria. Lo despreciaba durante la juventud.
Me parecía que la infancia y la adolescencia eran épocas vergonzantes, una especie de enfermedades largas, de convalecencias tontas que había que ocultar.

Uno tarda en descubrir el pasado. En descubrir que todo está en nuestra vida y que sólo a partir de ella se puede crear. La literatura, durante siglos, se ha obstinado en mirar hacia el futuro, en inventar el paraíso o el infierno que nos esperan, en imaginar el Juicio Final o el final de unos amores.

La literatura ha sido, del clasicismo al romanticismo, una prospección del futuro. Con Proust y otros autores empieza la prospección del pasado. Todo está en la memoria involuntaria. Para crear, es más fértil la memoria que la fantasía.

La musa de la inspiración existe, pero no es la fantasía, sino, más modestamente, la imaginación. «También la verdad se inventa», escribió Machado. Eso es. Inventar la verdad de la vida de uno mediante la imaginación, que es memoria involuntaria.

Ya Freud, por la misma época que Proust, descubrió que los sueños —orgía de la memoria involuntaria— no se refieren al futuro, sino al pasado.

A cierta edad (a cierta edad del sentimiento, no del calendario) el pasado empieza a importar más que el futuro,
no porque uno se vuelva reaccionario, ni porque tenga nostalgia zarzuelera de su juventud, ni porque todo tiempo pasado haya sido mejor, cosa que Manrique ponía en duda advirtiendo que eso sólo era «a nuestro parescer». O sea, que no era.

Pero lo que importa precisamente es «nuestro parescer».

El presente ha perdido magia, para mí, porque le he visto ya el truco a la vida, al universo, a la naturaleza, al hombre, a la historia. Y el futuro ha perdido interés porque no puede traerme sino una mediocre repetición de cosas, sorpresas que ya no lo son, ciudades que resultan todas iguales —«el mundo no es tan mundo como parece»— y éxitos que no son sino malentendidos.

Entonces resulta que la magia que antes tenía el futuro, ahora la tiene el pasado. Uno advierte, a cierta edad
—que tampoco tiene por qué ser mucha, si uno no es absolutamente tonto—, que el presente y el futuro le interesan con la cabeza, porque son el reino de la política, del progreso o de la catástrofe, de la revolución pendiente (de tantas revoluciones pendientes), el reino de la libertad y de la justicia, aunque se trate de un reino meramente teórico, de una hipótesis de trabajo.

 

Pero uno advierte, digo, que el corazón de uno está ya en el pasado para siempre.

La nueva cultura que puedo descubrir, los nuevos escritores, la nueva estética, me interesan, me apasionan racionalmente, culturalmente, pero los escritores y los pintores que me hicieron a mí, los que pusieron el cimiento delicado y firme de mi sensibilidad, ésos pertenecen al pasado, queramos o no.
Mi entidad cultural, esa vaga galaxia de libros y museos, de cuadros y versos, de Quevedo y viajes, de Juan Ramón y paisajes, todo eso que flota dentro de mí y me convierte en lo que llamamos con cierta cursilería «un hombre sensible», todo eso, digo, pertenece al pasado.

En cuanto a los soles, los veranos y los verdes, los tengo ante mi vista, como siempre, pero no reciben ya su hechizo del futuro, sino del pasado.

Cuando se es joven, cualquier fuente provinciana remite a una fuente futura de lirismo y libertad.
Cuando se es menos joven, cualquier lirismo remite a las fuentes provincianas de la infancia.
De modo que estamos con la cabeza en el futuro y con el corazón en el pasado.

No incondicionalmente, sino sentimentalmente, que es otra cosa. Voy a ver si escribo en seguida una novela sobre mi pasado, otro libro sobre mi infancia o mi adolescencia. Y me ilusiona la tarea. Empecé tarde a tratar todo eso como tema literario, ya digo.

Cuando uno es muy joven se avergüenza del pasado inmediato, que es la infancia, y, por otra parte, quiere uno inventar, fantasear, que es una manera de agredir al futuro, o mejor, de crear futuro. Luego resulta que me he encontrado, de pronto, sin saber cómo, con una serie de libros sobre mi vida.

¿Cuándo los he escrito y por qué? No lo sé. Palabra que no lo sé. El tirón del pasado empezó de pronto a funcionar en mí, a todos los niveles, sin que me diese mucha cuenta de ello. Es una huida, ya lo sé. Pero una huida hacia lo cierto. Porque sólo es cierto lo que he vivido, lo que ya nadie me puede quitar. El futuro hay que inventarlo y uno se siente ya sin fe ni esperanza para eso.

Se ha dicho que la novela es un género de madurez, cosa muy cierta. Pero no tan ciertas las razones que se aducen: que en la madurez el escritor está más hecho, conoce mejor el corazón humano, es dueño de su oficio. Nada de eso. Ocurre, sencillamente, que en la madurez se tiene algo que contar. (La novela es todo menos invención, contra lo que parece superficialmente.)

Y no sólo se tiene algo que contar, sino que ese algo tiene ya una pátina, un clima, un valor literario que sólo le da el tiempo al vino de la vida. Dice mi querido Delibes que la novela es «un hombre, una pasión y un paisaje».
A mí me sobran el hombre y la pasión. Me basta con el paisaje. Quiero decir el paisaje del pasado, el clima, porque una novela, ante todo, ha de ser un clima, y André Maurois —aquel novelista mediocre— acertó al titular Climas una de sus novelas.

En ese clima, en ese paisaje del pasado voy a hundirme en seguida para hacer un libro. Con el permiso de ustedes, naturalmente.

 

 

 

 

 

 

 

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