hector hugh munro [saki]

 

crónicas de clovis

 

título original:the chronicles of clovis
traducción: manuel ortuño
editorial valdemar, 1999

 

adrián

 

 

 

Aunque en su partida de nacimiento constaba que su verdadero nombre era John Henry, él había decidido olvidar aquel detalle junto con otros muchos recuerdos de su infancia, por lo que sus amigos le conocían simplemente por el nombre de Adrián. Su madre vivía en Bethnal Green, uno de los peores barrios de la ciudad, de lo cual el muchacho no tenía culpa alguna. Uno puede huir de la historia de su familia y romper con ésta, pero no siempre puede escapar del sitio en el que le toca nacer. Y es que, a decir verdad, eso es lo que solía ocurrir en Bethnal Green: cuando uno nacía y se criaba allí, lo más seguro era que no pudiese escapar nunca.

La manera en que vivía era, en gran medida, un auténtico misterio incluso para él mismo. Muy probablemente su continua lucha por sobrevivir se pareciese mucho a las historias tan fantásticas que sobre sus penurias solía contarle a sus amigos más íntimos. Sea como fuere, lo que sí era rotundamente cierto es que de vez en cuando escapaba de aquella lucha diaria para ir a cenar al Ritz o al Carlton, impecablemente vestido y dando muestras de un apetito que, sin olvidar en ningún momento la corrección, podría calificarse de francamente bueno. En tales ocasiones solía ser el invitado de honor de Mr. Lucas Croyden, un caballero amable y con mucho mundo que poseía una renta de tres mil libras anuales y que disfrutaba iniciando en la buena cocina a las personas más peculiares que conocía. Al igual que la mayoría de los hombres que combinan rentas de tres mil libras al año con digestiones pesadas, Lucas era un socialista convencido, por lo que sostenía con una firme convicción que no se puede aspirar a elevar el espíritu de las masas si a éstas no se les da antes la oportunidad de descubrir cosas tales como los huevos de codorniz, ni se les enseña a apreciar la diferencia que hay entre una copa de helado y un batido de frutas. Y aunque sus amigos opinaban que todas aquellas muestras de amabilidad resultaban altamente dudosas, que no conducían a nada, y que además resultaba absurdo recoger a un muchacho que trabajaba tras el mostrador de una mercería e iniciarlo en las maravillas de la cocina de calidad, a todo ello Lucas replicaba invariablemente lo mismo: que todas las muestras de amabilidad eran en realidad dudosas y que nunca conducían a nada. Lo cual quizá fuese cierto.

Cierto día, después de una de aquellas veladas que pasaba en compañía de Adrián, Lucas se encontró con su tía, Mrs. Mebberley, en un salón de té que se había puesto de moda por aquellos días, en cuyo interior la llama de la vida familiar aún logra mantenerse encendida y donde uno puede encontrarse siempre a parientes a los que, de no ver allí, ya hubiera olvidado hace tiempo.

—¿Quién era aquel muchacho tan guapo que estaba cenando contigo anoche? —le preguntó ella—. Parecía demasiado agradable como para estar perdiendo el tiempo contigo.

Aunque Susan Mebberley era una mujer encantadora, no por ello dejaba de ser una de esas tías que andan siempre fustigando a sus sobrinos.

—¿A qué familia pertenece? —preguntó ella una vez que Lucas le dijo el nombre de su protegido (aunque, eso sí, en su versión revisada).

—Su madre vive en Beth…

Lucas guardó silencio de golpe al darse cuenta de que había estado a punto de cometer una imperdonable indiscreción.

—¿Beth? ¿Dónde queda eso? Suena a Asia Menor. No estará metida esa mujer por casualidad en asuntos diplomáticos, ¿verdad?

—Oh, no. Lo que pasa es que trabaja con los más pobres.

Aquello no dejaba de tener parte de verdad. La madre de Adrián estaba empleada en una mísera lavandería.

—Entiendo —dijo Mrs. Mabberley—. Trabaja en una especie de misión, ¿verdad? Y mientras tanto ese chico no tiene a nadie que cuide de él, ¿eh? Pues creo que es mi deber procurar que no le pase nada malo. Tráetelo un día a casa, querido.

—Mi querida tía Susan —protestó Lucas—, debo decirte que es muy poco lo que sé de él. Quizá en el fondo no sea tan buen chico como tú crees. Ya me entiendes.

—Pero tiene un pelo tan bonito y una boca tan graciosa… ¿Quién sabe? A lo mejor acabo llevándomelo conmigo de vacaciones a Hamburgo o a El Cairo.

—Eso es lo más disparatado que he oído en toda mi vida —dijo Lucas, visiblemente enojado.

—Bueno, ya sabes que en nuestra familia hay una fuerte tendencia a cometer locuras. Si tú aún no te has percatado de ello, ve y pregúntale a tus amigos. Seguro que ellos sí se han dado cuenta.

—En Hamburgo no hay más que cotillas. Uno está siempre bajo la atenta mirada de todo el mundo. ¿Por qué no te lo llevas antes a algún otro lugar como Etretat para ir conociéndole un poco?

—¿Y estar todo el tiempo rodeada de americanos empeñados en chapurrear francés? No, muchas gracias. Me encantan los americanos, pero no cuando se empeñan en chapurrear francés. Bastante suerte tenemos con que hayan aprendido de una vez por todas a hablar inglés. Pero a lo que iba: mañana mismo a las cinco ya puedes estar trayéndote a tu amigo a casa.

Y Lucas, viendo que Susan Mebberley, además de ser su tía, era también una mujer, se dio cuenta de que no habría más remedio que dejarla hacer las cosas a su manera.

Y así fue como Adrián se vio poco después camino del extranjero bajo la protección de los Mebberley. Éstos, no obstante, después de darle muchas vueltas al asunto, tomaron la sensata decisión de descartar Hamburgo, así como otros centros turísticos de moda poco convenientes, con lo que terminaron hospedándose en el mejor hotel de Dohledorf, un pequeño pueblecito de los Alpes que quedaba en algún lugar del valle de Engadine.

Aquél era el típico centro turístico poblado por la típica clase de visitantes que uno suele encontrarse por toda Suiza durante la típica temporada de verano. Aunque, a decir verdad, para Adrián todo resultaba de lo más inusual. El aire de la montaña, la certeza de que podía comer con regularidad y abundancia, y muy en particular el ambiente social, le afectaron tanto como el acogedor interior de un invernadero llega a afectar a toda hierba que cae por casualidad dentro de sus límites. Para él, que se había criado en un mundo en el que el simple hecho de romper algo se consideraba un crimen y era castigado como tal, suponía algo completamente nuevo y tonificante encontrarse de repente con que se consideraba de lo más gracioso romper algo en pedazos siempre que se hiciese de la manera correcta y a la hora adecuada. Susan Mebberley había llegado a comentar que su intención al llevarse consigo a Adrián era enseñarle
al muchacho algo de mundo. Como contrapartida, aquel pequeño pedazo de mundo que era el pueblecito de Dohledorf empezó también a conocer una buena parte de Adrián.

 

Lucas, por su parte, pudo ir haciéndose una idea de cómo iba discurriendo aquella estancia en los Alpes. Pero no por medio de su tía ni de Adrián, sino gracias a la incansable pluma de su amigo Clovis, quien, invitado también por los Mebberley en aquel viaje, acabó convirtiéndose en su cronista más fiel. La primera carta que Lucas recibió de él decía:

«El pequeño espectáculo que tu tía Susan organizó la pasada noche terminó siendo un auténtico desastre, lo cual, si te soy sincero, ya se veía venir. El hijo de los Grobmayer, un niño de cinco años particularmente odioso, salió haciendo un pequeño papel durante la primera parte de la velada, pero cuando llegó el intermedio sus padres decidieron mandarlo a la cama. Adrián, que había estado todo el tiempo al acecho esperando su oportunidad, aprovechó que la niñera tuvo que ir un momento al piso de abajo para secuestrar al niño de su cuarto, disfrazarlo de cerdo con lo primero que encontró e introducirlo de improviso en la segunda parte del espectáculo. He de reconocer que aquel insoportable niño se parecía muchísimo a un cerdo, e incluso gruñía y babeaba como uno de verdad. Y aunque en aquel momento nadie sabía con exactitud qué era aquella cosa, todo el mundo (y muy en especial el matrimonio Grobmayer) estuvo de acuerdo en que como actuación no tenía precio. Durante el tercer acto, Adrián, para hacer que el niño gruñese con más fuerza, decidió darle un pellizco, pero al hacerlo se le fue la mano. Al instante, el niño soltó un chillido y empezó a llorar llamando a su madre. Por lo general, dicen de mí que soy muy bueno describiendo situaciones, pero no me pidas que te describa lo que dijeron e hicieron los Grobmayer en aquel momento. Baste decir que fue como las obras más apasionadas y ruidosas de Strauss. Así que, debido al escándalo que se organizó, hemos tenido que trasladarnos a otro hotel, uno que queda un poco más arriba en la ladera del valle.»

La siguiente carta de Clovis, redactada en el Hotel Steinbock, llegó sólo cinco días más tarde. Decía lo siguiente:

«Nos hemos marchado del Hotel Victoria esta misma mañana. Una pena, porque era un lugar verdaderamente tranquilo y agradable (al menos cuando nosotros llegamos). Pues bien: antes incluso de que hubieran pasado las primeras veinticuatro horas de nuestra estancia casi todo aquel ambiente de reposo y tranquilidad se había esfumado “como por arte de magia”, tal y como llegó a decir el propio Adrián. No obstante, nada excesivamente escandaloso ocurrió hasta la última noche, cuando a Adrián, que tenía un ataque de insomnio, se le ocurrió matar el tiempo quitando los números de todas las puertas de las habitaciones de su piso y dedicarse luego a intercambiarlos entre sí. Puso el letrero de los aseos en la puerta de la habitación contigua a éstos, la cual se hallaba ocupada por Frau Hofrath Schilling.

Esta mañana, desde las siete en adelante, la pobre anciana comenzó a recibir las urgentes visitas de sus apurados vecinos. La mujer, una vez superados los primeros sustos, se escandalizó tanto que decidió levantarse y echarle la llave a la puerta de su habitación. Así que aquellos que intentaban ir al aseo, al encontrar la puerta cerrada, se veían obligados a regresar urgentemente a sus habitaciones en medio de una gran confusión. Lo que ocurría entonces, como era de esperar, era que el cambio efectuado en los números de las puertas acababa llevándolos al sitio equivocado una vez más, con lo que poco a poco el pasillo fue llenándose de aterrorizados e indignados huéspedes que, vestidos en paños menores, corrían como locos por todo el pasillo como si fuesen conejos encerrados en una jaula en la que de pronto hubiesen metido a un zorro hambriento.

Transcurrió casi una hora antes de que los huéspedes se encontrasen nuevamente en el interior de sus respectivas habitaciones. El estado de nervios en que quedó la pobre Frau Hofrath todavía era preocupante cuando nos fuimos del hotel. Por lo demás, tu tía Susan comienza a dar síntomas de preocupación. Como Adrián no tiene dinero, ella no se siente con fuerzas para abandonarlo a su suerte. Por otro lado, no puede mandarlo con su familia porque nadie, ni el propio Adrián, sabe dónde está. Él dice que su madre cambia de casa constantemente, por lo que no tiene la menor idea de cuál puede ser su dirección actual. No me extrañaría nada que la verdad que se esconde tras todo eso sea que se ha peleado con su familia. Ya sabes que hoy en día hay montones de chicos que piensan que eso de pelearse con la familia, además de estar de moda, les da cierto toque de prestigio.»

La siguiente misiva que Lucas recibió de los viajeros fue un telegrama enviado por la propia Mrs. Mabberley. El telegrama, que incluía la posible respuesta pagada por adelantado, consistía tan sólo en una simple frase:

«Por lo que más quieras, ¿dónde demonios está Beth?»

 

 

 

 

 

adrian

 

 

 

His baptismal register spoke of him pessimistically
as John Henry, but he had left that behind with
the other maladies of infancy, and his friends knew him
under the front-name of Adrian. His mother lived in
Bethnal Green, which was not altogether his fault; one can
discourage too much history in one’s family, but one can-
not always prevent geography. And, after all, the Bethnal
Green habit has this virtue that it is seldom transmitted
to the next generation. Adrian lived in a roomlet which
came under the auspicious constellation of W.
How he lived was to a great extent a mystery even to
himself; his struggle for existence probably coincided in
many material details with the rather dramatic accounts
he gave of it to sympathetic acquaintances. All that is
definitely known is that he now and then emerged from
the struggle to dine at the Ritz or Carlton, correctly garbed
and with a correctly critical appetite. On these occasions
he was usually the guest of Lucas Croyden, an amiable
worldling, who had three thousand a year and a taste for
introducing impossible people to irreproachable cookery.
Like most men who combine three thousand a year with
an uncertain digestion, Lucas was a Socialist, and he
argued that you cannot hope to elevate the masses until
you have brought plovers’ eggs into their lives and taught
them to appreciate the difference between coupe Jacques
and Macedoine de fruits. His friends pointed out that it
was a doubtful kindness to initiate a boy from behind a
drapery counter into the blessedness of the higher cater-
ing, to which Lucas invariably replied that all kindnesses
were doubtful. Which was perhaps true.

 

It was after one of his Adrian evenings that Lucas met
his aunt, Mrs. Mebberley, at a fashionable tea-shop, where
the lamp of family life is still kept burning and you meet
relatives who might otherwise have slipped your memory.

«Who was that good-looking boy who was dining with
you last night?» she asked. «He looked much too nice to be
thrown away upon you.»

Susan Mebberley was a charming woman, but she was
also an aunt.

«Who are his people?» she continued, when the pro-
tégé’s name (revised version) had been given her.

«His mother lives at Beth—»

Lucas checked himself on the threshold of what was
perhaps a social indiscretion.

«Beth? Where is it? It sounds like Asia Minor. Is she
mixed up with Consular people?»

«Oh, no. Her work lies among the poor.»

This was a side-slip into truth. The mother of Adrian
was employed in a laundry.

«I see,» said Mrs. Mebberley, «mission work of some sort.
And meanwhile the boy has no one to look after him. It’s
obviously my duty to see that he doesn’t come to harm.
Bring him to call on me.»

«My dear Aunt Susan,» expostulated Lucas, «I really
know very little about him. He may not be at all nice, you
know, on further acquaintance.»

«He has delightful hair and a weak mouth. I shall take
him with me to Homburg or Cairo.»

«It’s the maddest thing I ever heard of,» said Lucas
angrily.

«Well, there is a strong strain of madness in our family.
If you haven’t noticed it yourself all your friends must
have.»

«One is so dreadfully under everybody’s eyes at Hom-
burg. At least you might give him a preliminary trial at
Etretat.»

«And be surrounded by Americans trying to talk
French? No, thank you. I love Americans, but not when
they try to talk French. What a blessing it is that they
never try to talk English. To-morrow at five you can bring
your young friend to call on me.»

And Lucas, realising that Susan Mebberley was a
woman as well as an aunt, saw that she would have to be
allowed to have her own way.

Adrian was duly carried abroad under the Mebberley
wing; but as a reluctant concession to sanity Homburg
and other inconveniently fashionable resorts were given
a wide berth, and the Mebberley establishment planted
itself down in the best hotel at Dohledorf, an Alpine
townlet somewhere at the back of the Engadine. It was
the usual kind of resort, with the usual type of visitors,
that one finds over the greater part of Switzerland during
the summer season, but to Adrian it was all unusual.
The mountain air, the certainty of regular and abundant
meals, and in particular the social atmosphere affected
him much as the indiscriminating fervour of a forcing-
house might affect a weed that had strayed within its
limits. He had been brought up in a world where break-
ages were regarded as crimes and expiated as such; it
was something new and altogether exhilarating to find
that you were considered rather amusing if you smashed
things in the right manner and at the recognised hours.
Susan Mebberley had expressed the intention of showing
Adrian a bit of the world; the particular bit of the world
represented by Dohledorf began to be shown a good deal
of Adrian.

Lucas got occasional glimpses of the Alpine sojourn, not
from his aunt or Adrian, but from the industrious pen of
Clovis, who was also moving as a satellite in the Mebber-
ley constellation.

«The entertainment which Susan got up last night
ended in disaster. I thought it would. The Grobmayer
child, a particularly loathsome five-year-old, had ap-
peared as ‘Bubbles’ during the early part of the evening,
and been put to bed during the interval. Adrian watched
his opportunity and kidnapped it when the nurse was
downstairs, and introduced it during the second half of
the entertainment, thinly disguised as a performing pig.
It certainly looked very like a pig, and grunted and slob-
bered just like the real article; no one knew exactly what
it was, but everyone said it was awfully clever, especially
the Grobmayers. At the third curtain Adrian pinched it
too hard, and it yelled 1Marmar’! I am supposed to be good
at descriptions, but don’t ask me to describe the sayings
and doings of the Grobmayers at that moment; it was like
one of the angrier Psalms set to Strauss’s music. We have
moved to an hotel higher up the valley.»

Clovis’s next letter arrived five days later, and was writ-
ten from the Hotel Steinbock.

«We left the Hotel Victoria this morning. It was fairly
comfortable and quiet—at least there was an air of repose
about it when we arrived. Before we had been in residence
twenty-four hours most of the repose had vanished ‘like a
dutiful bream,’ as Adrian expressed it. However, nothing
unduly outrageous happened till last night, when Adrian
had a fit of insomnia and amused himself by unscrewing

and transposing all the bedroom numbers on his floor. He
transferred the bathroom label to the adjoining bedroom
door, which happened to be that of Frau Hofrath Schilling,
and this morning from seven o’clock onwards the old
lady had a stream of involuntary visitors; she was too
horrified and scandalised it seems to get up and lock her
door. The would-be bathers flew back in confusion to their
rooms, and, of course, the change of numbers led them
astray again, and the corridor gradually filled with panic-
stricken, scantily robed humans, dashing wildly about
like rabbits in a ferret-infested warren. It took nearly an
hour before the guests were all sorted into their respective
rooms, and the Frau Hofrath’s condition was still causing
some anxiety when we left. Susan is beginning to look a
little worried. She can’t very well turn the boy adrift, as
he hasn’t got any money, and she can’t send him to his
people as she doesn’t know where they are. Adrian says his
mother moves about a good deal and he’s lost her address.
Probably, if the truth were known, he’s had a row at home.
So many boys nowadays seem to think that quarrelling
with one’s family is a recognised occupation.»

Lucas’s next communication from the travellers took
the form of a telegram from Mrs. Mebberley herself. It was
sent «reply prepaid,» and consisted of a single sentence:

«In Heaven’s name, where is Beth?»

 

 

 

 

 

 

 

 

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