isabel bono: una casa en bleturge: sopa

 

 

 

 

sopa

 

 

Perdón, ha dicho en voz alta llevándose la mano a la boca. Está en la cocina, de pie, delante del fregadero.

Está sola. No sola en la cocina, sola en la casa. Se ríe. Se ríe como ríen los que han bebido un poco y están

a punto de beber más. Acaba de soltar un eructo enorme como la sopa que acaba de tomarse. La ha servido

en la fuente que suele usar para la ensalada porque toda no cabía en un plato hondo. Duda si quitar la fuente

o dejarla con un poco de agua, y sentarse de nuevo en el sofá.

 

Ya no recuerda por qué llegó con ganas de un vaso de vino, con un hambre feroz. Junto a la vitrocerámica había

una botella de tinto a la que le quedaban cuatro dedos. Puso agua a hervir mientras tomaba el primer sorbo.

Uno, disolver el contenido del envase en un litro de agua caliente, sin que llegue a hervir, y llevar a ebullición

removiendo al mismo tiempo. Ahí rio por primera vez, incluso antes de que el alcohol empezara a hacer su efecto.

Más que hacer una sopa, parece que vaya a lanzar un cohete al espacio. Otro sorbo largo de vino. Dos, dejar

cocer a fuego lento durante diez minutos removiendo de vez en cuando. Eso está mejor. De vez en cuando no

significa nada. Y otro.

 

Vació el contenido del sobre cuando le vino en gana, removió solo una vez y puso el mando de la vitro al máximo.

Aprovechó para tomar un poco de queso con lo que quedaba en la botella.

 

Ave con Fideos. ¿Por qué han escrito fideos con mayúsculas? ¡Mayúsculas no!, ¡versales!, dijo, levantando el índice

y recordando a su profesor del instituto. Baja en grasa, con menos sal. Ahora sin conservantes. La palabra «ahora»

iba en una elipse blanca sobre fondo rojo. Se pregunta si, igual que los fumadores que padecen cáncer demandan

a empresas tabaqueras, ella podría denunciar a empresas soperas por haber estado tomando sopa con conservantes

durante años. También se pregunta si se lo hubiera preguntado sin haber bebido con el estómago vacío. Empresas

soperas, repite en voz alta, y se ríe.

 

La sopa está lista. Sopa de ave con fideos. Qué tristeza. La divide en dos, media a la fuente, media a un táper. Vuelve

a volcar la sopa de la fuente en la cacerola, le añade un huevo batido. Mientras el huevo forma hilos, corta en cubos

dos pepinillos en vinagre. Se ríe, se vuelve como si alguien fuera a pillarla en falta. No queda vino, duda si abrir

otra botella. El pepinillo ha dejado la sopa, hirviente, a una temperatura ideal. ¡Viva la entropía!, dice empuñando

una cuchara. Sí, mejor será no abrir otra botella.

 

Disfruta de cada cucharada. Qué narices, ¿por qué no voy a abrir otra botella si tengo toda la tarde y toda la noche

para mí? Pero no se levanta, sigue comiendo sopa como si en ello le fuera la vida. Cada cucharada resuena en su

cerebro, mira a su alrededor, quieta, expectante, ni música ni tele ni vecinos. Sigue comiendo. A veces, entre

cucharadas, se acuerda de su hija. Le dijo que hoy no vendría a dormir. En él evita pensar, pero le sale una mueca

cada vez que no piensa en él. Pero ¿qué le hizo entrar directamente a la cocina y ponerse un vaso de vino? ¿Sería

el hombre que cruzaba el semáforo y que parecía arrastrar su vida en el sobre que llevaba bajo el brazo? ¿Fue la

chica rubia que olía a peluquería? ¿Quizá la señora en toples, de su edad, que se estiraba junto a la piscina intentando

formar una curva entre la toalla y su columna vertebral, esperando, quizá, que alguien la mirara y pensara que aún

tiene un polvo? Mejor que abrir otra botella de vino acabar con ese licor que sabe a jarabe y que trajo alguien de

nosedónde.

 

En todo eso estuvo pensado justo antes de eructar, justo antes de pedir perdón en voz alta. No da crédito cuando ve

que la etiqueta trasera del licor también lleva instrucciones. Bébase a cualquier temperatura, natural o frío, nunca helado.

Masticar un fruto deshuesado en presencia de licor, sin tragarlo, es el más exquisito de los bocados.

Lo que hay que aguantar.

 

 

 

 

 

 

 

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